sábado, 20 de febrero de 2010

LA CAPILLA DE LOS HUESOS



Las ciudades fronterizas, rayanas, que dicen en la noble Extremadura, suelen ser escenarios de épicas batallas, de luchas sin cuartel por engrandecer unos metros uno u otro territorio. Grandes gestas que recogen los cronistas de la historia.

Una de estas ciudades es sin duda Campo Mayor en el Alentejo potugues.

El inicio de la guerra con Castilla en 1640, hizo de Campomaior el segundo centro militar más importante del Alentejo, ingenieros militares, soldados, mercenarios, municiones y pólvora aprovisionaban a esta población fronteriza para contener el ataque de las tropas españolas que incesantemente asediaban la población.

En 1811 aguantaron durante 11 días el cerco de 4.000 franceses hasta que fueron liberados por las tropas inglesas de Beresford. En 1712 rechazaron a 90.000 soldados del general Bay, que se retiraron dejando en el campo de batalla 20.000 cadáveres, y en 1801 aguantaron un sitio francés de 18 días.
Y como testigo mudo de esa historia es sin duda su Castillo, el “Castelo de Campo Mayor”, se encuentra ubicado en plenas tierras de la Raya, a tan sólo 20 kilómetros de la localidad extremeña de Badajoz.

Se trata de una fortificación abaluartada de arquitectura militar medieval moderna que aún conserva dos de las seis torres de planta rectangular que algún día conformaron la defensa de la ciudad.

La fortaleza posee una gran extensión y un alto número de edificios militares, siendo la más importante del distrito después de la de Elvas.

Testigo mudo también de una gran tragedia que se gestó en sus propias instalaciones. En septiembre de 1732 una fuerte tormenta provoca que un rayo caiga sobre una de las torres del castillo, eran las tres de la mañana, aquella torre era utilizada como polvorín, y en aquellos momentos en la serena protección de aquellas piedras dormitaban 6.000 arrobas de pólvora e 5.000 “munições”. La explosión fue brutal, seguida de un pavoroso incendio las pérdidas de vidas humanas fueron cuantiosas, sucumbiendo en la tragedia las 2/3 partes de la población (1.500 víctimas) y destruyendo 836 de las 1.076 casas del pueblo,
34 años más tarde, se construyó una capilla en memoria de los que murieron en la explosión, pero no una capilla cualquiera, cuando uno entra en ella los calificativos se vuelven pequeños pues se trata de una macabra obra religiosa donde se emplearon los huesos y las calaveras de los muertos de la tragedia, el artesonado, las bóvedas, las paredes todo huesos y cráneos hasta un total de 800 cadáveres, y presidiéndolo todo un pequeño crucifijo que da la impresión de permanecer ajeno a la presencia de sus blancos vecinos.

Un anciano del lugar, en ese idioma mestizo que por aquí llaman “portuñol”, me refirió la tragedia:

.- Fue hace mucho tiempo, en un día que amaneció soleado pero a medida que avanzaba el día se fueron formando nubarrones de esos que presagian la tormenta. Fue a las 3 de la mañana y todos dormían. Se desató una terrible tormenta y la mala suerte quiso que un rayo cayese sobre la torre del castillo donde se almacenaban las “bombas”. Y mire Vd., allí están todos en la Capilla de las Ánimas.

La Capilla de las Ánimas o la Capilla de los Huesos, donde el visitante es recibido con una leyenda, que cuanto menos es inquietante:



«Nós ossos que aquí estamos pelos vossos esperamos.»
¿Es necesaria la traducción?