domingo, 21 de marzo de 2010

LA PIEDRA DEL DESTINO 3

EL CASTILLO DE PEÑAFIEL


Podemos situar los orígenes del castillo de Peñafiel aproximadamente en el siglo IX, durante la dominación musulmana. No fue en un principio una fortaleza muy importante, albergaba una guarnición de soldados y unos pocos campesinos que trabajaban los campos cercanos a la torre. Respondía por aquel entonces al nombre de Castillo de Racha Rachel.

El castillo se levanta en una enorme peña sobre el desfiladero del río Erjas, frontera natural entre España y Portugal, a unos 3 kilómetros de Zarza La Mayor, municipio de la provincia de Cáceres.

Es a partir del siglo XI, cuando Racha Rachel empieza a tomar fuerza y a adquirir importancia. En 1166 pasa a formar parte de una cadena de castillos que controlaban la frontera entre los reinos árabe y cristiano.


En el año 1212, aprovechando la confusión reinante entre los musulmanes a causa de su derrota en la batalla de las Navas de Tolosa, las tropas del monarca leonés Alfonso IX ocuparon definitivamente la mayor parte del norte de Extremadura. La zona occidental es entregada a los monjes soldados de la Orden Militar de Alcántara, tras lo cual comienzan a llegar colonos que construyen gran número de poblados sustituyendo a las antiguas alquerías árabes. Uno de estos poblados recibe el nombre de La Zarza, un viejo caserío de pastores que, a medida que llegaban más gentes, fue creciendo en importancia. Racha-Rachel, con el nuevo apelativo de Peñafiel, se va a convertir en la cabeza administrativa de toda la comarca. Zarza y Peñafiel serán los lugares de referencia durante toda la Edad Media, siendo éste último cabecera de una de las encomiendas alcantarinas bajo el nombre de Peñafiel y la Çarça.

Después de esta breve reseña histórica podemos preguntarnos quienes fueron los primeros habitantes de aquella zona, cosa sin duda complicada, pues caeremos en el galimatías de pueblos y culturas que se entrecruzan sin que los estudios historiográficos nos logren sacar de dudas, aunque parece ser que la cultura vetona tiene muchos números para ser protagonista en estas tierras regadas por el río Erjas.

Lo que sí estaba claro es que había que visitar el castillo, mimetizarnos en sus piedras, embriagarnos con su entorno y vivir su pasado y sus leyendas, al menos desde una distancia que no fuera la geográfica.

Y ya lo creo que lo visitamos, no una, ni dos, sino en tres ocasiones y actualmente preparamos la cuarta.

No es demasiado complicado el acceso al castillo, desde Zarza a través de veredas, de pasos de ganados es obligada la marcha a pié, unos 3’9 Km. El castillo no es visible hasta que está relativamente cerca, entonces vislumbras su imponente mole, su torre del homenaje coronando un desfiladero, al fondo del cual se desliza el río Erjas.


La torre del homenaje está dividida en tres alturas más terraza, conserva ventanas y aspilleras, y una majestuosa ventana geminada abierta en su flanco oeste. La puerta de acceso a la torre está adornada en el lado derecho por una flor de lis. En el Patio de Armas aún se pueden apreciar restos de lo que fueron las caballerizas, dependencias domésticas, horno y, sobre todo, el aljibe, convertido todo el conjunto en hábitat de ejércitos de murciélagos.

El castillo presenta doble perímetro amurallado: el primero y más cercano al Patio de Armas, el segundo rodea todo el perímetro de la fortaleza, donde destaca la entrada principal, flanqueada por dos torres semicilíndricas.

Evidentemente no encontramos, como era de esperar, ningún rastro ni prueba de que la piedra del destino hubiera estado en aquel lugar, aunque sí que se nos abrió una puerta a una realidad diferente, una puerta donde coexistía nuestro presente con un pasado espectral ya olvidado.

Tumbados en la roca viva en el patio de armas observamos una maravillosa panorámica de la vía láctea, un verdadero festival de luces entre las que no faltaban numerosas estrellas fugaces.

La noche era tranquila, extremadamente tranquila hasta que unos pasos nos alertaron, muy cerca nuestra sentíamos crujir la tierra, en lo que era claramente alguien que se acercaba, con la salvedad de que ningún cuerpo físico acompañaba aquellos pasos, mientras una de nuestras compañeras nos alertaba sobre dos sombras que en la parte alta de la muralla, sobre la puerta principal, dos sombras perfectamente definidas y que vimos claramente tres de las cuatro personas que allí nos encontrábamos; hacían un turno de ronda cronológicamente perfecto cruzándose periódicamente de manera inexorable, observamos aquella escena durante bastante tiempo, sin atrevernos casi a respirar, hasta que nos dimos cuenta de otra figura que desde la terraza de la torre nos observaba acompañada de la silueta de un gato. Debo señalar que el acceso a la torre es imposible al carecer de escalera.

Comprenderá el amable lector que está historia está por terminar y vamos a seguir investigando.

Pensamos que la piedra del destino estuvo en un momento de la historia sobre las rocas de Racha Rachel, aunque posteriormente viajara hacia otros lares.

En el año 700 de nuestra era un extraño mensajero vino desde Irlanda buscando sus orígenes cerca de Cella Vinaria y tras informarse adecuadamente marchó a Toledo, para coger de la Cima del Cerro del Bú, una piedra rectangular de arenisca, de color rojizo, con un peso aproximado de unos 200 kilos llevándosela a Irlanda, y colocándola en la cima del Monte de Tara. Y sobre ella fueron investidos varios reyes irlandeses.

Cuenta la leyenda que en el Cerro del Bú vivió hace mucho tiempo un pueblo aguerrido que contaba con la protección de un dios de carácter infernal al que en las noches de luna llena se le ofrecía el sacrifico de una joven virgen.

El Cerro del BÚ un lugar donde los antiguos dioses, procedentes de la antigua Babilonia, duermen un sueño eterno, pero esa es otra historia.