viernes, 30 de julio de 2010

MANOS QUE CURAN

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El nombre magnetismo proviene de los griegos, que dieron a la atracción natural de ciertos metales el nombres de “Magnes Lithos” en honor de Magnesia, ciudad Lydia situada en el oeste de Asia menor, y en cuyos alrededores se encontraban grandes cantidades de óxido de hierro.

Unos 2000 años más tarde, hacia 1520 Paracelso calificó la atracción misteriosa que unas personas ejercían sobre otras con el nombre de Magnetismo Animal. Al igual que todas las fuerzas de orden oculto, esto continuó siendo una idea vaga, a pesar de que se vislumbrara en ella unas cualidades curativas.

En el año 1636 Van Helmont recogió todas estas ideas y publicó un tratado con el nombre de “De magnética vulnerum curatione” a consecuencia de ello fue detenido acusado de subversión mística.

En el siglo XVIII se produjo un renacer de las terapias ocultas con el descubrimiento de la electricidad, aunque hay que reconocer que los antiguos griegos ya conocían la capacidad terapéutica de los remedios eléctricos que son mencionados por Aristóteles, Plinio o Galeno; remedios que también fueron conocidos y usados por los árabes.

Este renacer de ideas y terapias ocultas tuvo como destacado protagonista a Frank Antón Mesmer.

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Sus trabajos, su gran difusión y las controversias que creaba indujeron a Luís XVI, que por otra parte sentía fascinación por los trabajos de Mesmer, a ordenar que la Academia de Ciencias y la Real Sociedad de Medicina investigaran el “fluido animal”, misión que fue encomendada a eminentes sabios entre los que figuraban: Bailly, Franklin, Lavoisier, Guillotín, etc.

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Por aquel entonces ya había caído Mesmer en una etapa de descrédito, la teatralidad que empleaba y algunas prácticas un tanto estrambóticas, como magnetizar una cama y asegurar que copular en ellas garantizaba a los matrimonios estériles la fecundación, y todo ello a cambio de grandes sumas de dinero.

 

No es de extrañar pues, que las conclusiones a que llegó esta comisión fueron desfavorables ya que estimaron que la imaginación podía producir fenómenos semejantes, y por tanto, consideraron que ésta era la causa del fenómeno.

Al conocer este resultado Mesmer abandonó Francia perseguido por el descrédito.

Sin embargo, los trabajos de Mesmer habían abierto una puerta que su discípulo el Marques de Puysegur se apresuró a seguir.

 

De ello hablaremos la próxima semana.