martes, 17 de enero de 2012

ARTE Y ALQUÍMIA I (EL CRISTO VELADO)



Sin duda alguna la ciudad de Nápoles es un lugar especial para cualquier amante del arte, pero si visitamos Santa Maria della Pietà, conocida como Capilla San Severo o Pietatella nuestra admiración por el arte se transformará en asombro.  La capilla se halla  y en medio de un jardín  y en su interior una escultura hecha de una sola pieza de mármol que nos muestra a un Jesús yacente es la causa de nuestro asombro, el cadáver reposa sobre un catafalco y dos cojines sostienen la cabeza de Cristo, cuyo cuerpo aparece enteramente cubierto por un velo, desde la cabeza a los pies, junto a los cuales encontramos esculpidos la corona de espinas, los clavos y unas tenazas.

El velo confiere a la estatua un extraordinario dramatismo: la cabeza caída hacia el lado derecho, el cuerpo exánime, las piernas ligeramente arqueadas y ese rostro sin vida que el velo transparente deja ver, pese a su consistencia marmórea. La muerte humana, en definitiva, extraordinariamente representada de la mano de una artista.

A esta obra se la conoce como El Cristo Velado, y eso es lo que más nos sorprende, el velo, esa transparencia etérea que cubriendo todo el cuerpo nos permite verlo al detalle como si una liviana seda se hubiera posado casi ingrávida sobre el desnudo cuerpo. Lo asombroso, lo extraordinario, es que el velo etéreo, ingrávido, sutil ¡es mármol!, duro mármol blanco, y es cuando nos preguntamos ¿Cómo es posible? ¿Cómo una estatua de mármol puede concebirse y realizarse con transparencias?

Ante semejante visión artística quedamos desarmados sin creernos que algo semejante fuera posible, de inmediato nos interesamos por el escultor de tan sorprendente obra maestra pensando que sin duda se trata de uno de los grandes del arte rococó y nos viene a la mente Antonio Cánovas como único representante de este arte capaz de una genialidad semejante, pero nos equivocamos de medio a medio, el autor de esta maravilla es un artista prácticamente desconocido, Giuseppe Sanmartino, el artista realizó esta obra en el año 1753 cuando contaba 33 años de edad y el propio Antonio Cánovas mostró su admiración por aquella obra  que trató de adquirir afirmando que estaba dispuesto a dar diez años de su vida por ser el autor de semejante obra maestra.

Lo extraordinario de esta maravillosa obra desencadenó la leyenda de que el alquimista Raimondo di Sangro había enseñado al escultor, la calcificación de los tejidos en cristales de mármol, es decir una transmutación alquímica en toda regla que ¿cómo no? Es necesario analizar y estudiar.





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