martes, 29 de enero de 2013

¿ESTUVO CASADO JESÚS DE NAZARET?




(PRIMERA ENTREGA) 
En el Congreso Internacional de Estudios Coptos de Roma la profesora Karen King, de la Harvard Divinity School, presentó un fragmento de un papiro del siglo IV, al que hasta ahora no se había prestado atención, y que podría formar parte de un evangelio apócrifo donde se hace mención a Jesucristo y su esposa. Este papiro escrito en copto aporta la primera prueba de la creencia, por parte de algunos de los primeros cristianos, de que Jesús habría estado casado. Un comunicado de la Universidad de Harvard añade que expertos como Roger Bagnell, director del Instituto para los Estudios del Mundo Antiguo, consideran que el fragmento de papiro analizado es auténtico, de acuerdo con un análisis del soporte y la escritura


Según la profesora King, en el fragmento analizado Jesús habla de su madre y de su esposa, a una de las cuales se refiere como "María". Además, los discípulos discuten si María es digna y Jesús contesta: "puede ser una de mis discípulos”.

Este fragmento de lo que posiblemente fuera un evangelio, no prueba la teoría de que Jesús estuvo casado con María Magdalena o si esta fue aceptada como discípulo, pero sí reabre un debate que se ha dado desde los orígenes del cristianismo. Tradicionalmente aceptamos el celibato de Jesús, a pesar de no existir una evidencia histórica que sustente este llamémosle “dogma”, sabemos de los debates en el seno de la naciente iglesia sobre la conveniencia o no de que los ministros de la misma contrajeran o no matrimonio, y también sabemos que la situación marital de Jesús no fue discutida hasta un siglo después de su muerte.

 Este fragmento, posiblemente, forme parte de un evangelio perdido, conocido por los investigadores como “Evangelio de la Esposa de Jesús” y que con toda probabilidad se escribió originariamente en griego en el siglo II y traducido posteriormente a la lengua copta de los cristianos de Egipto.

No sé qué importancia tiene desde el punto de vista doctrinal el hecho de que Jesús de Nazaret estuviera o no casado, pero parece haberse convertido en una obsesión, no solo el negar un posible matrimonio sino también el negar, aún en contra de los propios evangelios canónicos, que tuviera hermanos o hermanas.

 Los evangelios canónicos nos dicen que Jesús desempeñó su oficio como carpintero en Nazaret (Mc 6,3) y que cuando tenía unos treinta años inició su ministerio público (Lc 3,23). Durante el tiempo que lo ejerce hay algunas mujeres que le siguen (Lc 8,2-3) y otras con las que mantiene amistad (Lc 10,38-42). Aunque en ningún momento se nos dice que fuera un hombre célibe, casado o viudo, los evangelios se refieren a su familia, a su madre, a sus “hermanos y hermanas”, pero nunca a su “mujer”. Jesús era conocido como el “hijo de José” (Lc ,23; 4,22; Jn 2,45; 6,42) y, cuando los habitantes de Nazaret se sorprenden por su enseñanza, exclaman: “¿No es este el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” (Mc 6,3). En ningún lugar de estos evangelios se hace referencia a que Jesús tuviera o hubiera tenido una mujer.

 Existen datos de que en el judaísmo del siglo I se vivía el celibato. Flavio Josefo, Filón y Plinio el Viejo  afirman que había esenios que vivían el celibato, lo cual nos sugiere una pregunta: ¿era Jesús un Esenio?
La crucifixión de Cristo

Independientemente de que fuera o no Jesús un Esenio ¿Podía un judío sin hijos hablar en la sinagoga? Habrá que tener presente los principios fundamentales de la religión judía y la palabra del propio Dios quien dice:

"Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra" (Gn. 1, 28). Por eso los rabinos enseñaban que ningún hombre decente podía dejar de cumplir ese mandamiento divino. Tan importante se consideraba el matrimonio, que el rabino Eliezer ben Hircano calificaba de "asesino" al hombre que no tenía hijos. Y el Talmud enseñaba que "un hombre sin una mujer es solo medio hombre".
Detalle del cuadro

Nos encontramos pues, ante una encrucijada, que ha sido sustentada y debatida a través de los tiempos, de manera más velada en unas épocas que en otras: de la presencia de una mujer anónima y embarazada en el cuadro de  Hans Baldung  “La Crucifixión de Cristo”, o la ambigüedad de “la última cena” de Leonardo da Vinci, pasando por el libro “El código da Vinci” basado en un libro anterior llamado “Jesús o el secreto mortal de los Templarios” donde la descendencia de Jesús de Nazaret y María de Magdala conforman una dinastía de Sangre Real que debe ser preservada. 

Discutir sobre el celibato de Jesús no se puede hacer al margen de la sociedad en la que vivió y desarrolló su mensaje, cuestiones que ahora se nos antojan banales tenían en aquella época una transcendencia total y absoluta. Es por ello, que vamos a hacer un acercamiento a aquel momento social, desde los datos que poseemos, y también el interés que  pudiera tener la convulsa y naciente iglesia en posicionarse en uno u otro sentido.

Os emplazo  a la próxima entrega en la que analizaremos la situación política y social de la Palestina de Jesús.

CONTINUARÁ



viernes, 25 de enero de 2013

EL SECRETO DEL CURA (Relato)




El sacerdote detuvo su casino paso ante la puerta del perdón de su vetusta iglesia, con un gesto sacudió las perladas gotas de rocío del gastado abrigo, otrora negro y en la actualidad de un indefinible color parduzco. Suspiró, el sol tardaría horas en romper la sempiterna niebla del valle, el pueblo aún dormía y hasta los madrugadores gallos parecían reticentes a anunciar el nuevo día.
Entornando los ojos intentó abarcar con la mirada la totalidad de la milenaria plaza porticada, la creciente miopía unida a la niebla le impedía ver con nitidez, pero adivinó, más que vio, la desgarbada figura de un famélico galgo que buscaba cobijo en los soportales.
Suspirando de nuevo, extrajo de su bolsillo una llave de grandes dimensiones que tras dar dos chirriantes vueltas en la cerradura le franqueó la entrada.
Lo primero que percibió fue un penetrante olor a humedad, a rancio, que aspiró con avidez mientras la oscuridad le envolvía en una atmósfera pesada, fantasmagórica, que parecía presionar sobre sus hombros empujándolo hacia la gastada solería de mármol blanco.
Cualquier otra persona hubiera sentido una cierta desazón e inquietud, pero el no. Treinta años en la parroquia le facultaban para sentir aquel tétrico ambiente como algo tan natural como irrelevante.
Esperó unos instantes hasta acostumbra sus ojos a la penumbra y poco a poco ayudado por la claridad que empezaba a filtrarse por los policromados cristales de la roseta de la fachada principal, empezó a distinguir los diferentes objetos e imágenes. Comenzó a caminar lentamente hasta que sus manos se aferraron a los barrotes de la cancela del coro, dejó resbalar la mirada por la sillería, una obra en madera de haya laboriosamente trabajada de autor desconocido, observó con preocupación los desmanes que el tiempo y la desidia había causado en los viejos escaños. El facistol era otra cosa, filigranas de forja que, el mismo, lijó, pintó y mimó durante dos años hasta presentar un impecable aspecto que le llenaba de orgullo. Se separó de la cancela continuando su diario peregrinar, a su derecha quedaron dos altares vacíos,  y se detuvo nuevamente ante un retablo de reducidas dimensiones de fina talla barroca en buen estado de conservación pero con una notable ausencia, la de su titular Nuestra Señora del Ramo, una muy hermosa talla de un románico tardío que durante siglos, atenta e inmutable lo presidio, y que ahora descansaría, como tantas otras imágenes, en manos de algún coleccionista o de algún anticuario.
Su rostro se contrajo, mientras, y a pesar del frío reinante, dos gotas de sudor resbalaron por su tez que cobraba un aspecto amarillento.
Con paso decidido atravesó en diagonal la cruceta de la Iglesia hasta entrar por una angosta puerta a la sacristía. Dejó caer su cuerpo en un escaño de madera cuya naturaleza era imprecisable debido a las numerosas capas de barniz que lo cubría. Con mano temblorosa sacó de su bolsillo una cajita de la que extrajo una diminuta pastilla que colocó bajo su lengua, mientras con la mano izquierda aferró fuertemente el crucifijo que pendía de su cuello.
Lentamente su respiración se fue haciendo más pausada mientras el color volvía a sus mejillas. Todo volvía a la normalidad, aunque en su cara se dibujaba un gesto de hastío.
Se despojó del añoso abrigo doblándolo cuidadosamente y colocándolo en un rincón del escaño, se aproximó a una alacena tomando de uno de los anaqueles unas bolsitas de té y un vaso, en un infernillo eléctrico puso a calentar agua y poco después confortado por la caliente infusión sintió renacer sus fuerzas.
La sacristía era una habitación de alto techo y planta casi cuadrada, sobria en su decoración aunque las marcas que grandes cuadros habían dejado en la pared daban fe que no siempre había sido así, sin duda la riqueza ornamental precedió a la actual sobriedad.   
Una mesa rectangular y cuatro sillas de alto respaldo ocupaban el centro de la estancia, junto a la puerta el escaño antedicho y a su lado la alacena con puertas de doble batiente; al fondo una cómoda de seis amplios cajones sobre la que un pequeño crucifijo de metal sustentado por un pie de mármol se miraba insistentemente en un manchado espejo. Una única bombilla se esforzaba inútilmente en alejar las muchas sombras que fantasmagóricamente inundaban la estancia.
Por supuesto que existieron días mejores, tan cierto como que el sufrido sacerdote tuvo una juventud vital y comprometida. Pero las cosas eran como eran y ahora el deterioro de la Iglesia alcanzaba al frágil hombrecillo al que los vapores del té empañaban los cristales de sus gruesas y anticuadas gafas de concha.
Los buenos tiempos en que la Iglesia olía a cera e incienso en actos litúrgicos multitudinarios con el debido soporte institucional, de cuestaciones generosas, habían pasado. La emigración, la ausencia de juventud y la apatía generalizada terminaron por convertirla  en un lugar vacío e inhóspito  donde el silencio sólo era roto cada atardecer por el temeroso fervor de las habituales rezadoras del rosario. Cuestaciones nimias y a veces inexistentes, que ni tan siquiera cubrían los gastos, habían llegado a que el obispado se cuestionara la conveniencia de mantener el templo abierto.
Él no quería, Dios lo sabe; pero se vio obligado a desprenderse de parte del patrimonio a fin de mantener viva la que era su casa y sobre todo la casa del Dios al que había entregado su vida.
Primero fueron los cuadros de la sacristía, cosa que paso inadvertida a los feligreses, dos años más tarde se vio obligado a vender la talla de la Virgen del Ramo. Esto si causo un revuelo, sobre todo en aquellos que nunca pisaban la iglesia, pero el tiempo todo lo cura y el desinterés hacia los problemas de la parroquia volvió a reinar entre la exigua población.
La poca actividad apostólica y el hastío le llevaron a interesarse por su templo desde una óptica diferente. Era comúnmente aceptado que el estilo arquitectónico que más se ajustaba a la iglesia era protogótico y todas las dudas al respecto se desvanecían al observar el cimborio agollonado sobre el crucero. Pero aunque no existían pruebas documentales, el buen párroco sostenía la teoría de que la actual edificación tenía como origen una basílica visigoda, conclusión a la que había llegado observando algunos detalles que le sorprendían.
Al fondo y en las paredes laterales de la rectangular nave central había dos puertas, una de ellas comunicaba con la sacristía, y la otra con una habitación gemela a la sacristía pero que siempre había sido utilizada como almacén. A la vista de esto y tras estudiar a fondo todos los estilos, no era difícil presuponer que en su día este almacén fuera una segunda sacristía, con lo que tendríamos la “protesis” y el “diakonikón” usuales en las construcciones religiosas visigodas.
Existía junto a la torre del campanario una habitación circular en desuso y que anteriormente albergaba una hermosa pila de agua bendita con hermosos grabados, tras las reformas litúrgicas del Vaticano II  dicha pila pasó a ocupar un lugar preferente a la derecha del altar mayor quedando la habitación en desuso. Dicha habitación no tenía su suelo a la altura del resto del templo, era necesario acceder una escalinata de ocho escalones que terminaban en una puerta de reducidas dimensiones terminada en arco de herradura sin más ornamento que los típicos refuerzos de forja que le conferían robustez, la citada puerta daba directamente acceso a la sala circular de suelo de madera lo que hacía sospechar al clérigo en la existencia bajo aquel suelo de algo más, un baptisterio de inmersión usual en los visigodos y vigente hasta que el ritual por aspergamiento se impuso relegándolo al olvido.

Encontrar el baptisterio confirmaría las tesis del sacerdote, la idea de levantar aquel suelo fue rondándole la cabeza y un mañana, armado de las herramientas adecuadas y tras cerrar las puertas de la Iglesia, se puso manos a la obra. El suelo estaba formado por tablones de una sola pieza bien afirmados en la pared y aparentemente gruesos y fuertes, lo que anunciaba una tarea larga y pesada. Como un buen estratega el improvisado arqueólogo observó minuciosamente todo el perímetro de la sala buscando alguna debilidad que facilitara el trabajo, pronto encontró en algunos lugares un evidente deterioro en los enclaves del muro debido a la humedad, y en el sitio que le pareció más idóneo comenzó a trabajar. Tres horas más tarde dos de los tablones habían cedido evidenciándose, ante la satisfacción del sudoroso sacerdote, que aquello era un suelo flotante. Por el tramo abierto, salvo un putrefacto olor mezcla de humedad, vejez y olvido, no pudo distinguir nada más ya que la oscuridad era total, introdujo su brazo sin tocar fondo, y acuciado por el hambre y el cansancio decidió posponer la exploración hasta el día siguiente en que mejor pertrechado descubriría los secretos que aquel suelo le invitaba a conocer.
Fue preciso levantar dos tablones más para introducir una escalera por el hueco, desde arriba la luz de la linterna sólo le permitía ver un suelo de piedra a metro y medio de distancia más o menos, lo que situaba aquel suelo por debajo de la planta del templo.
Lamentando no tener algunos años menos empezó a descender por la escalera con una sensación de temor y excitación que se manifestaba con una especie de cosquilleo en su estomago. Con los pies bien asentado en tierra dirigió el haz de luz en todas direcciones a fin de hacerse lo más rápidamente posible una composición de lugar. La sala era una continuación de la planta superior salvo en el centro, donde estaba el objeto de sus anhelos, una piscina de uno por dos metros aproximadamente, a la que se accedía mediante una corta escalinata, en muchos puntos de la misma subsistían mosaicos de terracota rojiza en dibujos geométricos y a su alrededor simétricamente colocadas ocho basas que en su momento sustentarían otras tantas columnas. Emocionado y sintiendo flaquear sus piernas se vio obligado a sentarse y serenamente dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas.
Ya más tranquilo se dedicó a explorar con más detenimiento la estancia, no encontró nada, ni pinturas ni imágenes pero si llamó su atención una gran losa junto a una de las basas con una gran argolla de hierro, aquella especie de trampilla fue un nuevo aliciente en su espíritu aventurero, pero sus esfuerzos para levantar aquella piedra fueron vanos, pesaba demasiado.
Satisfecho con aquel nuevo descubrimiento salió del húmedo recinto, intento quitarse el nauseabundo olor a humedad lavándose en la sacristía y mientras restregaba su cuerpo con energía su mente deambulaba en sueños de tesoros escondidos que permitirían la restauración del templo y dar nueva motivación a un pueblo que languidecía día a día.  

Una larga palanca introducida por la argolla venció la resistencia de la pétrea trampilla y una nueva y nauseabunda bocanada de humedad salió del hueco, unos angostos y resbaladizos escalones se perdían en la profundidad del subsuelo. El potente haz de luz de la linterna rompió la oscuridad y el sacerdote comenzó un lento descenso extremando las precauciones, no quería ni tan siquiera pensar las consecuencias que podían derivarse de un inoportuno resbalón, la vacilante luz de una vela sujeta por un palo de unos dos metros le precedía a fin de prevenir la ausencia de oxigeno en aquel maloliente ambiente. A medida que descendía la escalera se ensanchaba volviéndose más cómoda y las paredes que un principio rezumaban humedad aparecían secas. Al final de la escalera dos columnas le dieron acceso a una pequeña estancia, era consciente de estar a más de doce metros de profundidad tras descender cincuenta y cuatro escalones. Observó atentamente aquella habitación, en la pared de su izquierda una pintura escueta que representaba un pez era la única decoración, en la pared del fondo se abría tenebrosamente un pasillo. Ahora no tenía dudas, estaba seguro que aquel pasillo le conduciría a unas catacumbas o como gustaba llamar a los antiguos cristianos un Koimetaria o dormitorio puesto que la muerte no era más que un sueño pasajero.
Al adentrarse en el pasillo se confirmó su teoría ya que tanto a izquierda como a derecha todo estaba repleto de nichos, pequeños derrumbamientos dejaban ver huesos humanos amontonados, señal de que en algunos nichos se habían realizado más de un enterramiento. El pasillo no era muy largo y el emocionado sacerdote se dio de bruces con una cámara abovedada, una cripta decorada con escenas bíblicas entre las que pudo distinguir en una rápida mirada el sacrificio de Isaac y una hermosa recreación de Daniel en el foso de los leones, la cripta debería tener unos treinta y seis metros cuadrados de planta rectangular y al fondo un sarcófago de piedra escoltado por una cruz de madera.
Ante la imposibilidad de mover la tapa del sarcófago volvió sobre sus pasos para recoger la palanca que tan buen resultado le había dado anteriormente. La posición del sarcófago a modo de altar ante la cruz le hizo pensar que aquella catacumba al igual que las de Roma cumplía la función de iglesia subsidiaria para el culto en momentos de dificultad. Lo que hizo pensar al sacerdote que quien quiera que fuera la persona enterrada en aquel sarcófago era un mártir, y esa idea le llenó de alegría.
Polvoriento, sudoroso y pálido se dejó caer en el escaño farfullando una inteligible letanía de oraciones entremezcladas. Había abierto el sarcófago y aún un escalofrío recorría su espalda. Su voz se volvió más nítida:
“¿Adonde te escondiste, amado,
y me dexaste con gemido?
Como el ciervo huyste
Aviendome herido;
Salí tras ti clamando y eras ydo.”
Ni tan siquiera recitar a su admirado San Juan de la Cruz sosegaba su ánimo, tenía un problema, un problema y un secreto.
Pasaron diez días antes de reunir el valor y la entereza suficiente para volver a la cripta. Durante este tiempo pensó en la posibilidad de cerrar a cal y canto el baptisterio y olvidarse de todo, pero este pensamiento fue desestimado, lo que había en la cripta podía significar un renacer de su iglesia convirtiéndose en lugar de peregrinación, podía significar tantas cosas que bien merecía la pena vencer su irracional miedo y coger la oportunidad que el destino le había deparado.
Tras una larga oración ante la imagen de un crucificado de discutibles proporciones anatómicas, se encaminó al baptisterio. De repente estaba extrañamente sereno, y con el ánimo enaltecido, dispuesto a sacar todas las conclusiones posibles del misterio del sarcófago.
La luz de la linterna rompió una vez más la oscuridad que durante siglos protegiera la intimidad de la catacumba y resueltamente el sacerdote se acercó al sarcófago alumbrando su interior, de nuevo un escalofrío recorrió su columna vertebral y una sensación de vértigo se adueño de su cabeza, pero en esta ocasión supo contenerse y paseó su mirada lentamente  sobre el cuerpo tapado por un blanco paño y del que tan sólo se veía parte de la cara y un mechón de pelo negro. Por el aspecto el cadáver parecía de un infante de no más de once años que más que muerto parecía dormir placidamente con .los ojos cerrados y la boca semiabierta lo único anormal era la extremada palidez marmórea de su tez. Temblando y temiendo que aquella fantasmal figura se convirtiera en polvo en cualquier momento acercó su dedo índice hasta tocar suavemente la mejilla del yaciente, ante su sorpresa su dedo no advirtió ningún tipo de rigidez, muy al contrario la piel estaba suave y la única diferencia con su propia piel era la frialdad, una frialdad que sobrecogía el animo. Enternecido acarició los sedosos y largos cabellos mientras musitaba una oración por el alma de aquella desconocida criatura. Tras hacer la señal de la cruz en la blanca frente procedió a retirar cuidadosamente el paño en el que no existía ningún tipo de bordado ni adorno, siendo más bien burdo e incluso mal tejido. Quedó al descubierto un cuerpo blanco y totalmente desnudo que fue observando meticulosamente, era una niña en incipiente desarrollo como evidenciaban los nacientes pechos y la casi ausencia de vello púbico. La primera impresión no mostraba signo alguno de violencia, ninguna marca en la piel lo que descartaba aparentemente que aquella niña hubiera sufrido martirio. A pesar de la privilegiada ubicación en aquella capilla soterrada nada podía demostrar que la dulce criatura muriera violentamente defendiendo su fe.

Apuró el té.
Había transcurrido casi un mes de todo aquello, un mes en que su mente no dejó de trabajar y en el que la imagen de la hermosa niña desnuda en la fría soledad de la cripta le perseguía obsesivamente. Pero en realidad ¿qué tenía? :
Una “mártir” niña en una cripta abovedada del subsuelo de su iglesia, posiblemente visigoda; esto podía ser un revulsivo para la fe de muchos y la garantía de continuidad de una diócesis y un pueblo condenados al ostracismo.
O bien, una vez superado el revuelo  inicial, una curiosidad científica que el tiempo llevaría al olvido.
No había una muerte violenta con sufrimiento y martirio, los forenses determinarían sin duda alguna la causa de la muerte, en cuanto a la incorruptibilidad encontrarían sobradas explicaciones racionales: resistencia de los tejidos a las bacterias heterótrofas, algún tipo de radiación ionizante que pudiera proceder de la pechblenda de las paredes de granito en combinación con las condiciones estables de humedad y temperatura, o cualquier otra causa no imputable a un hecho milagroso.
Desde el punto de vista arqueológico y científico su descubrimiento era importante, pero desde sus intereses religiosos y parroquiales no tenía nada.
Era domingo, se dirigió al altar como todos los días para oficiar la santa misa, con el rabillo del ojo visualizo toda la nave principal, había catorce personas, era el día de mayor afluencia de feligreses y se dio cuenta que faltaban tres de los habituales. Años atrás lo intentó todo para atraer a la gente, para iluminarles con la palabra de Dios, después se fue conformando con ser una pieza más en aquella moribunda sociedad; necesario en los funerales más abundantes que las bodas y los bautizos de los que ya se daba por satisfecho oficiando uno cada año.
“Y Jesús los mandó de dos en dos para que anunciaran la buena nueva, sin dinero y sin sandalias de repuesto y hablaron a la gente y convirtieron a muchos.
             Cuando el oficio terminó estaba decidido, cerró las puertas y a grandes zancadas llegó a la sacristía, hacia tiempo que lo pensaba, abrió el segundo cajón de la cómoda y extrajo un martillo, un grueso y herrumbroso clavo y un trozo de madera y se dirigió al baptisterio.
Aquella niña sería una mártir, las llagas de nuestro Señor lo refrendarían, la Iglesia no permitiría que se profanara el cuerpo de una mártir con estudios científicos y vendrían de todas partes a orar y bendecir aquel lugar la fe triunfaría.
Tras abrir la puerta del baptisterio se detuvo, estaba fatigado y gruesas gotas de sudor caían por su frente, buscó en sus bolsillos la cajita de sus pastillas y cuando se disponía a abrirlas un fuerte dolor en el pecho le hizo caer de rodillas, desesperadamente intentó recoger las pastillas que escaparon de sus manos.

Le encontraron boca a bajo, junto a su mano izquierda un martillo, un grueso clavo y un trozo de madera. A su alrededor esparcidas por el suelo como perlas blancas las pequeñas pastillas. Cerca una baldosa levantada y bajo ella su secreto.           









    

sábado, 19 de enero de 2013

El Caminante



Estimados lectores y amigos:


Últimamente he tenido sin actualizar este blog, por lo que pido disculpas, ello ha sido debido al proceso de investigación previo al desarrollo de mi nueva novela, que verá la luz en la primavera próxima, finalizado este proceso ya puedo anunciaros que continuaré con mi actividad normal publicando artículos de manera periódica.


Mi nueva novela tiene por título “El Caminante” y la acción se desarrolla en dos épocas diferentes:


En el año 713 un monje de la Basílica de Santa Lucía del Trampal realiza un largo viaje hasta el monasterio de Raithu en la península del Sinaí, su objetivo encontrar respuestas al camino doctrinal que debería seguir la iglesia, en lo más alto de la montaña se enfrenta a una realidad que jamás hubiera imaginado.
Basílica de Santa Lucía del Trampal


En el año 2012, una joven arqueóloga tras descubrir una extraña inscripción en una piedra cercana a la Basílica de Santa Lucía del Trampal, inicia un extraño y alucinante viaje que le lleva a las sierras de Sintra y de allí al monasterio de Santa Catalina en la península del Sinaí, para descubrir una terrible realidad.

“El  Caminante marchó amparado por la luna negra.

Protegido por la diosa de la oscuridad.

Marchó en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

El monje Caminante volvió como portador de luz.

Y su cuerpo era el libro.”