sábado, 23 de marzo de 2013

¿ESTUVO CASADO JESÚS DE NAZARET? III



El papel de la mujer en la Palestina de la época de Jesús de Nazaret era mucho más restrictivo de lo que nos presentan los relatos del Nuevo Testamento, e incluso más de lo que hoy podemos pensar. El desprecio de los hombres por sus mujeres era algo que hoy resulta difícil de comprender, a pesar de que asistimos diariamente a procederes parecidos desde algunas etnias del mundo musulmán.

Cuando la mujer judía salía de su casa, debía contemplar una serie de protocolos: tenía que llevar siempre la cara cubierta con un tocado que consistía en dos velos sobre la cabeza, una diadema sobre la frente, con cintas colgantes hasta la barbilla, y una malla de cordones y nudos, con lo que se pretendía ocultar los rasgos de su rostro. Si alguna  mujer salía de su casa sin llevar la cabeza cubierta ofendía hasta tal punto los principios básicos  que su marido tenía el derecho y hasta el deber de despedirla, y todo ello con el beneplácito y la bendición de los doctores de la ley. 

La ley  llegaba hasta el extremo de que la mujer que hilaba a la puerta de su casa podía ser repudiada, sin recibir el pago estipulado en el contrato matrimonial.

Estas reglas eran tenidas muy en cuenta sobre todo entre las clases sociales más puritanas, especialmente los fariseos, pues todas estas prescripciones afectaban a las familias acomodadas, donde la mujer, efectivamente, podía llevar una vida retirada, no así en las familias populares, donde la necesidad de la supervivencia obligaban a que la mujer  ayudara a su marido muchas veces en el trabajo y, por tanto, se relacionara de otra manera.


La situación de la mujer en la casa no se veía modificada. En relación a la conducta pública las hijas debían ceder siempre los primeros puestos, e incluso el paso por las puertas a los hermanos. Su formación se limitaba estrictamente a las labores domésticas, así como a coser, tejer, la molienda diaria del trigo etc. cuidaban de los hermanos más pequeños.  Al padre tenían la obligación de alimentarlo, darle de beber, vestirlo, cubrirlo, sacarlo de casa cuando era anciano, y lavarle la cara, las manos y los pies. 

MUJER DE SEFARAT
. La sociedad judía de aquel tiempo distinguía tres edades: la menor qatannah -hasta la edad de doce años y un día-, la joven na’arah, -entre los doce y los doce años y medio-, y la mayor bôgeret, -después de los doce años y medio-. Hasta esta última edad, el cabeza de la familia tenía la absoluta potestad, a no ser que la joven estuviese ya prometida. Según este código social las hijas no tenían derecho a poseer absolutamente nada: ni el fruto de su trabajo ni tan siquiera algo que pudiera encontrar casualmente. Todo era del padre.

La hija, hasta los doce años y medio, no podía rechazar un matrimonio impuesto por el padre. El padre podía venderla como esclava, siempre que no hubiera cumplido los doce años. Los esponsales solían celebrarse muy temprano. Al año de ser mayor la hija celebraba la boda, lo que significaba en realidad un cambio de dueño, pues pasaba de la potestad paterna a la del marido.
En realidad,  la diferencia entre la esposa y la esclava o la concubina era que aquella disponía de un contrato matrimonial, lo que tan solo significaba que a cambio de muy pocos derechos, la esposa se encontraba cargada de deberes.

Al estar permitida la poligamia, la esposa tenía que soportar la presencia y las  afrentas de las concubinas. En cuanto al divorcio -que estaba regulado por la Ley mosaica- el derecho estaba única y exclusivamente de parte del marido. Solo él podía iniciar el trámite, lo que lógicamente daba lugar  a constantes abusos e injusticias.

La carencia de hijos era considerada como una gran desgracia, incluso como un castigo divino; la mujer, al ser madre de un hijo, era más respetada pues había dado a su marido el regalo más precioso.

Desde el punto de vista religioso, la mujer  tampoco estaba equiparada con el hombre. Se veía sometida a todas las prescripciones de la Torá y al rigor de las leyes, incluida la pena de muerte, no teniendo acceso, en cambio, a ningún tipo de enseñanza religiosa. Una sentencia decía: “Vale más quemar la Torá que transmitirla a las mujeres”.

De las dos partes de la sinagoga, sabbateion y andron, la primera estaba dedicada al servicio litúrgico y era accesible a las mujeres; por el contrario, la otra parte, destinada a las lecciones de los escribas, solo era accesible a los hombres y los muchachos. Las mujeres solamente podían entrar en el templo al atrio de los gentiles y al de las mujeres; durante los días de la purificación mensual y durante un período de 40 días después del nacimiento de un varón y 80 del de una niña, no podían entrar siquiera al atrio de los gentiles. Durante este período se consideraba a las mujeres fuentes de impureza y debían mantenerse alejadas de los lugares de culto.
Por todo ello el nacimiento de un varón era motivo de alegría, y el de una niña se veía acompañado de la indiferencia, e incluso de la tristeza. Los escritos rabínicos llegaban a proclamar: “¡Desdichado de aquel cuyos hijos son niñas!”.

En este ambiente no es extraño que aquel que se rodeaba de mujeres, que departía con ellas y que estas le siguieran, no fuera mirado con buenos ojos, incluso sus discípulos se sorprenden cuando encuentran a su maestro hablando en un pozo con una samaritana. Pero esta especial sensibilidad del hombre de Nazaret con las mujeres, en comparación a la actitud con sus coetáneos, no es ni mucho menos prueba o verificación de que Jesús estuviera casado. Sin embargo sí hay fundamentos más acordes con la forma de entender la vida en aquella época y en aquella sociedad que sí apuntan en ese sentido.



Evangelio Armenio de la Infancia (Relato de Santiago, hermano del Señor)

1. En aquel tiempo, un hombre llamado Joaquín salió su casa, llevando consigo sus rebaños y sus pastores, y fue al desierto, donde fijó su tienda. Y, después de haber permanecido allí en oración, durante cuarenta días y cuarenta noches, gimiendo, llorando y no viviendo más que de pan y de agua, se arrodilló, y, en la aflicción de su alma, rogó a Dios en estos términos: Acuérdate de mí, Señor, según tu misericordia y tu justicia, y opera en mí una señal de tu benevolencia, como lo hiciste con nuestro antepasado Abraham, a quien, en los días de su vejez, concediste un vástago de bendición, hijo de la promesa: Isaac, su descendiente único y prenda de consuelo para su raza. Y de esta suerte, con lágrimas y alma afligida, pedía piedad a Dios. Y decía: No me iré de aquí, ni comeré, ni beberé, hasta que el Señor me haya visitado, y haya tenido compasión de su siervo.

2. Y, cuando se acabaron los cuarenta días de ayuno, advino el ángel del Señor, y, colocándose ante Joaquín, le dijo: “Joaquín, el Señor ha oído tus plegarias, y ha atendido tus súplicas. He aquí que tu mujer concebirá, y te dará a luz un vástago de bendición. Y su nombre será grande, y todas las razas lo proclamarán bienaventurado. Levántate, toma las ofrendas que has prometido, llévalas al templo santo, y cumple tu voto. Porque yo iré esta noche a prevenir al Gran Sacerdote, para que acepte esas ofrendas”. Y, después de hablar así, el arcángel lo abandonó. Y Joaquín se levantó en seguida con júbilo, y partió con su numeroso ganado y con sus ofrendas.

CONTINUARÁ