martes, 10 de diciembre de 2013

El Caminante

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Un anciano monje se acercó al altar mayor y con suma reverencia ocultó la talla del crucificado que adornaba la pared con un negro paño, mientras, dos acólitos colocaban sendos candiles sobre el altar. Al sonido lúgubre de una campana se inició una escueta procesión en el mínimo espacio de las naves laterales, para terminar en la nave central mientras los asistentes caían de rodillas. La procesión estaba precedida por una niña que portaba una caja en sus manos. La seguían cuatro monjes. La niña se detuvo ante el altar colocando la caja sobre él y extrayendo de ella la talla de una pequeña cabra  que colocó cuidadosamente sobre la caja, de tal manera que la luz de los candiles reflejaban su imagen por duplicado sobre la pared, justo a cada lado del cubierto crucifijo, mientras los presentes murmuraban casi a coro: “Ataecina mater salutem, dea domina sancta turibrigense. Ataecina.”
De repente, la puerta principal se abrió irrumpiendo en el templo el Caminante con su largo cayado. Todas las miradas se volvieron hacia aquel hombre que cubría su cuerpo y cabeza con el hábito monacal, y un escalofrío de miedo recorrió la iglesia. El monje más anciano dio dos pasos hacia el misterioso visitante para interpelarle, pero no hubo lugar, el Caminante se desprendió de sus ropas dejando al descubierto un cuerpo albino y cubierto de escoriaciones.
                                                                        * * * *
.- Dice Akoran que cuando aumente el calor no quitemos la vista de las flores.
Saulo se encogió de hombros y después de comer un poco se recostó sobre una piedra. Una hora más tarde sudaba copiosamente y estaba semidormido, cuando de repente se levantó de un salto y señalando hacia las flores, gritó:
.- ¡Mirad!
Iris y Renata se levantaron y contemplaron con la boca abierta un espectáculo sorprendente: de la base de la planta surgían llamaradas de fuego que ascendían y desaparecían sin llegar a quemar  las flores,  los tallos, ni la zarza a la que se vinculaba. El extraño fenómeno duró escasos minutos, pero los suficientes para asombrar a todos los presentes excepto al beduino, quien dijo unas palabras en su lengua que Renata no tradujo pues todos la entendieron.
.- La zarza ardiente.[1]





[1] La planta en cuestión es el díctamo blanco, perteneciente a la familia de las rutáceas. Se cría en matorrales y bosques poco espesos, pero no como planta habitual sino más bien como planta rara y escasa. Las hojas y flores son ricas en esencia. También se ha encontrado un alcaloide llamado dictamnina que es levemente tóxico y que ejerce sus acciones preferentemente sobre el útero, popularmente ha sido usada como digestivo, tónico estomacal y carminativo.
En la composición de la planta también aparecen unas estructuras llamadas furocumarinas con propiedades fotosensibilizantes, por lo que no es extraño que tras un contacto con la planta aparezca una dermatitis, sobre todo si después de tocarla hay exposición a los rayos ultravioletas del sol. La planta emite un gas que al contacto con el fuego o calor excesivo arde en llamaradas.

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Yo Levi...

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Abrió el negro portafolios y sacando las hojas se acomodó e inició su lectura:

“Yo, Leví... cuenta la historia de un hombre sacudido por la tragedia en un ambiente hostil y altamente complejo. Su búsqueda incesante de un líder, un referente que diera sentido a su vida, se transforma en confusión cuando realmente le encuentra.
La primera vez que hablé con Leví sentí una fascinación que se ha incrementado con el paso de los años, a veces perplejo, a veces incrédulo, confundido, y sobre todo, angustiado. Me fue abriendo las puertas de una época y de una cultura que hoy gracias a él puedo entender y asimilar, y sobre todo, el carisma de un ser maravilloso, muy entrañable y cercano, Jesús “el Galileo”.
Donde quiera que ahora estés Leví, hijo de Nathaniel, gracias por tu legado”.

Charles dejó los folios y se levantó, no sabía por qué pero una sensación de emoción le embargaba, no tenía fuerzas para continuar leyendo. Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y cayendo de rodillas puso sus pensamientos en Dios, con la oración no escrita que jamás pensó pudiera salir del fondo de su corazón.

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Plasentia

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Empezaron a llegar algunas tropas escalonadamente: primero fueron los más cercanos a Venecia, continuación los germanos y por último los francos. Se instalaron todos los campamentos y empezó a organizarse una difícil convivencia dentro de aquel caos. Las tropas no habían llegado solas, tras ellas una muchedumbre de meretrices, ladrones y buhoneros, incluso las familias al completo de muchos soldados. Era frecuente encontrarse tras cualquier tienda, en cualquier lugar, una prostituta casi desnuda ofertando sus servicios; las noches se convirtieron en Sodoma y Gomorra. Los oficiales desistieron de poner orden en aquella situación pues la espera se antojaba larga y no era conveniente que los soldados cayeran en el nerviosismo. Yo estaba realmente decepcionado, el campamento para la obra de Dios se había convertido en el paraíso del diablo.
Hablé en repetidas ocasiones con el Mariscal, y éste impotente se encogía de hombros poniendo como excusa que cuando entráramos en combate muchos de aquellos hombres morirían, y mientras tanto no era bueno ponerle limitación a sus instintos. Los robos se sucedían y fue necesario ajusticiar a más de un ladronzuelo y azotar a alguna que otra mujerzuela.
 Siempre que podía me evadía, alejándome solo o en compañía de Rodrigo, a una colina desde la que se observaba por un lado la paz y hermosura de Venecia y por otro la locura y el desenfreno de un inmenso campamento de hombres borrachos, dedicados al latrocinio y a fornicar como verdaderos animales.

En aquella colina soñaba despierto con la vega del rio Xerte, los montes de castaños y mi ciudad de Plasentia.

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