RELATOS Y MÁS...

YO LEVI...

A MODO DE INTRODUCCIÓN

Quizás fue el destino o quizás no, el caso es que fui a nacer en un lugar donde el cielo, el mar y la arena se confundían en un todo indivisible. Muy pronto me dijo mi madre que Dios estaba en todas las cosas y yo lo veía en el mar, en la arena y en el cielo como algo mío, personal y cercano que entendía y asimilaba, un compañero de juegos con quien compartir todas las fantasías y anhelos de mi infancia.

Cuando llegó mi primera comunión comenzó a desmoronarse mi mundo: “Dios está en el Sagrario” me dijeron. No lo entendía, pero lo cierto es que a mi compañero lo sacaron de la playa, el mar y el cielo y lo encerraron en una caja, eso sí una caja dorada, después me hablaron de castigos terribles, de un infierno eterno, y aquel compañero de juegos empezó a darme miedo. Aunque mi amigo seguía en mi corazón lo aparté de mi vida cotidiana, la complicidad que existía se había roto.

Muchos años más tarde conocí a Leví, fue el día 30 de marzo de 1990, en el feudo templario de Sant Sadurní de Coll Sabadell, gracias a él recuperé a mi compañero y nadie podrá ya arrebatármelo.

“El que tenga oídos que oiga”

Yo, Leví ben Nathaniel, al que llamaron “el Zelote”, vengo a vosotros desde más allá de las esferas donde el tiempo no es; y vengo, para contaros aquello que me está permitido por mandato de Eloím, loado sea su nombre, y de todo aquello que aconteció en los tiempos en que Jesús de Nazaret estuvo entre nosotros
Jamás entendí al Galileo...
OBRA ORIGINAL DE RAFAEL MARÍA CAÑETE


CAPÍTULO I

BETANIA DE JUDEA, 14 DE NISSAN
Era una mañana plácida, el sol salpicaba con fuerza los rojos y cuidados campos propiedad del noble Lázaro, aunque a lo lejos, una franja oscura, casi plomiza, rompía el azul intenso de un cielo desprovisto de nubes augurando la inminente llegada de una tormenta de arena procedente del desierto del Neguev.

Tras la confusión reinante la noche anterior por los lamentables acontecimientos en el monte de las aceitunas, dos compañeros y yo encontramos al Zebedeo quien nos ordenó recluirrnos en Betania hasta nueva orden. Nada se sabía de los discípulos cercanos, aunque yo había visto a Simón deambulando por el patio del templo bien entrada la noche y a Juan siguiendo a la patrulla que conducía al Rabí. Es probable que se refugiaran en casa de Elías, ya que José el de Arimatea, acudió a la convocatoria del Sanedrín, y él tampoco sabía nada.

Nuestra llegada a Betania coincidió con la marcha a Jerusalén de María, la madre del Rabí, acompañada de Salomé, madre de los Zebedeos y dos mujeres más.

El amo de la casa se encontraba ausente, anteriormente había recibido órdenes del Rabí de alejarse de Judea, para que el odio de los sacerdotes no se volcara sobre él; según me dijeron había partido hacia Filadelphia.

Fuimos recibidos igualmente por sus hermanas que nos acomodaron en una estancia anexa al jardín. La señora, Marta, se ocupaba de que no faltaran en las hornacinas leche fresca de cabra y tortas calientes.

Después de especular sobre el destino y suerte del Rabí, cada uno se abstrajo en sus pensamientos y reflexiones. Los dados en el suelo invitaban a jugar pero ninguno de los presentes tenía el ánimo adecuado para ello. Yo, en un rincón intentaba ordenar mis ideas.

Debo confesar que aunque me llaman zelote, mis orígenes son saduceos, pero mi familia, venida a menos tras las guerras macabeas, fueron considerados como verdaderos am-ha-ares (desheredados de la fortuna) aunque debo señalar que tanto mi educación como.mis principios proceden del más puro judaísmo y he sido y soy, un escrupuloso observador de la ley.

Nací en Belén de Judá, un pequeño núcleo urbano junto a la calzada que desde Bersabé lleva a Betania de Judea pasando por Hebrón; soy pues un autentico Judío, lejos de la promiscuidad de los Samaritanos y del deterioro de las costumbres y el liberalismo de los Galileos.

De todo ello se debe entender que soy un profundo conocedor de todos los libros y textos proféticos, aunque exento de la arrogancia farisea y de las costumbres emancipadas de los propios saduceos. Mis emociones me acercan más a los Esenios y no es de extrañar que el fin de mis días transcurran en alguna comunidad cercana al Mar Muerto.

Soy una persona atormentada, debo reconocerlo, lo aprendido con el Rabí choca en muchas ocasiones con mis convicciones más profundas y la confusión me embarga.

Mi acercamiento al Rabí no era fruto de una especial inquietud espiritual, ni tan siquiera de la búsqueda de un profeta. Para mí todo estaba bien. Aquel que Es, loado sea su nombre, había dejado su ley y ésta era suficiente. Que Él me perdone, pero las dudas e inquietudes que el Galileo ha sembrado en mí me atormentan y acongojan. Sigo al Rabí por odio a los Kittin (romanos) el único ser humano capaz de unificar a Israel y expulsar a Roma es Él. Por eso le sigo.

Pero sus razonamientos quebrantan mi ánimo y lo escrito parece carecer de sentido o cuando menos adquiere un sentido nuevo.

Tratando de despejar mi mente de estos razonamientos que de conocerse serían sin duda fuente de pecado, abandoné la estancia. Mi abatido cuerpo atravesó la puerta y mis sandalias aplastaron con un crujido los guijarros que se mezclaban con la amarilla tierra del jardín. La cercanía de la tormenta de arena era evidente, hacia el sur el cielo había ennegrecido notablemente y aunque el sol continuaba siendo visible, las ráfagas de viento se acentuaban.

De repente, en mis oídos sonaron unas palabras:

¡¡ Elí, Elí, lema sabactani!!.

Fue como un mazazo. Como un fuerte golpe que ascendió desde la boca de mi estómago hasta mi cabeza. Como una oleada de sangre ardiente que me cegó, y caí, caí como un fardo inerte sobre los restos calcinados de una fogata. Caí para después retorcerme como un poseso. Respirando pesadamente, con el aliento cortado, como si hubiera corrido dos estadios (unidad de medida) quedé boca arriba mirando al sol, pero un sol que no lastimaba mis ojos y en el centro del disco solar un punto negro que crecía y crecía hasta llegar a ocultarlo por completo y la oscuridad ¡pero qué digo oscuridad! Era como una luz negra, algo que no puedo definir y que lo inundó todo.

En aquellos momentos de extrema confusión tuve una evidencia, una certeza inequívoca y atroz. Evidencia, que comenzó en mi interior como si un extraño animal corroyera mis entrañas.

¡¡El Rabí había muerto!!.

No era un presentimiento, sino una realidad, una convicción tan firme que si con mis propias manos hubiera cerrado sus ojos no estaría tan seguro.

Muerto el Rabí, y con Él, mis sueños.

.JERUSALÉN, 15 DE NISSAN


Mis pasos eran lentos, mi decisión estaba tomada. Al atardecer la noticia de lo que ya sabía se convirtió en realidad en la boca de un mensajero. No quise saber más. Al amanecer, antes de que sonara el primer sophar (cuerno ceremonial) abandoné Betania y me dirigí a Jerusalén. Mi idea era simple, buscar algún grupo que plantara lucha a Roma y a los corruptos sacerdotes; reintegrarme a la causa zelota y luchar hasta que la muerte aliviara todas mis desdichas.

El camino de Betania a Jerusalén era fácil y yo lo hice difícil; no deseaba encontrar ninguna patrulla del templo y mucho menos ningún grupo de fariseos que me sorprendiera andando más de lo permitido (en la fiesta del sábado todo estaba limitado).

Bajé pues por el valle del Cedrón hasta alcanzar la muralla oriental por el valle de Josafat, dejé atrás la Puerta de los Caballos, la de las Aguas y la de la Fuente, caminé por el valle Hinnom hasta entrar en el recinto por la puerta de los Esenios, deambulé por el barrio de los tintoreros. La ciudad parecía muerta. Escasamente algunos corrillos de hombres comentaban los sucesos del día anterior. El bullicio acostumbrado de la gran urbe se había convertido, merced a la prohibición del sabbatt, en un silencio extraño, pegajoso, irreal.

El palacio de los Asmoneos estuvo ante mí, deseaba encontrar compañeros, amigos de anteriores correrías, pero aquel día yo no era dueño de mis pies. En lugar de marchar al sitio indicado mis pasos me llevaron, contra mi voluntad, ante la fachada de mármol blanco del templo, hoy solitaria y ayer llena de tenderetes de comerciantes sirios, libios y fenicios. Frente a aquella inmaculada fachada recordé las palabras de aquel mensajero.

“Allí mismo, en un tenderete de un mercader sirio, el de Arimatea había comprado el día anterior, un rico paño de sarga y lino tejido en espiga, proveniente de Palmyra para que sirviera de mortaja al Rabí”.

Una nube pasó por mi cabeza y contener las lágrimas fue una tarea ardua, hube de apoyarme para no caer, pues las piernas apenas me sostenían, una vez repuesto, continué arrastrando mi hundida humanidad. ¡Malditos sean mis pies!. Al volver la esquina la torre Antonia se levantaba desafiante bajo el cielo, y un poco más abajo la segunda sede del Sanedrín (estaba reservada para juicios menores) donde mi maestro había sido juzgado.

¿Juzgado?. Tal vez los seguidores de Baal, más allá de la alta Galilea, hubieran hecho un juicio más justo y ecuánime que los esbirros de José ben Caifás, sumo sacerdote corrupto y al servicio de Roma, ya que fue el propio Valerio Crato quien lo nombró en sustitución de Anás hacía ya 19 años.

El propio Anás, suegro de ben Caifás, una autentica rata sibilina, puso también su empeño en humillar y condenar al Rabí. Ni siquiera tuvieron la decencia de juzgarlo en el salón de las piedras talladas del templo, sino en aquel lugar habilitado para juicios menores.

¿Juicio?.

A aquel simulacro sí asistí yo, no al juicio de Pilatos, sí al juicio de los levitas, y puedo asegurar que aquello fue la farsa más grotesca que se pueda imaginar; ignorando toda la ley con un solo objetivo: quitar la vida a aquel molesto profeta.

Y es claro, así lo proclama la ley, si se le juzgaba como falso profeta este juicio debería haber sido en el salón de las piedras talladas y sus jueces el gran sanedrín. Pero era difícil, a pesar de la corrupción, que Caifás pudiera reunir a 71 jueces dispuestos a transgredir la ley sólo por el odio y desprecio del sumo sacerdote y sus secuaces. Era mucho más fácil convocar al sanedrín menor de sólo 23 miembros y ya se preocupó el indigno de llamar a sus correligionarios, habiendo mayoría aplastante de saduceos en la composición.


La Misná define muy bien que un juez no puede actuar como acusador, este detalle de la ley fue olvidado también por Anás y Caifás, quienes actuaron impunemente para sonrojo de los escasos fariseos, que a pesar de todos sus defectos son puristas, razón muy poderosa tuvieron que tener para emitir sentencia de culpabilidad al margen de la farsa que allí se vivió.

La ley dice: “se escribe la sentencia y se envían mensajeros a todos los lugares”. No se hizo.

La Misná en su orden tercero indica: los lunes y los jueves para administrar justicia. No se hizo.

Los procesos donde se presume estar la vida del acusado en la balanza deben realizarse de día y el veredicto, si es condenatorio, jamás debe pronunciarse en la misma jornada.

No puede realizarse un proceso de sangre en la vigilia del sabbatt.

El sanedrín menor al reunirse en la madrugada del 14 de Nissán, víspera tanto del sabbatt como de la pascua, cometía un doble delito.

El Rabí estaba acusado de blasfemo, falso profeta, mago y profanador del sabbatt, el dictamen del sanedrín debía ser lapidación o estrangulamiento, está claro que aquellos perros no les bastaba con matarlo, deseaban la más vil de las muertes.

La rabia me embargaba, hasta tal punto que de mis cerrados puños empezó a manar sangre al clavarme mis propias uñas. Cuando me di cuenta estaba en la avenida que desde la torre Antonia conduce a la Puerta de Efraín y al Gólgota, el camino por el que normalmente conducen a los reos. No quería ir por aquella calle, no podía. Apresuradamente volví sobre mis pasos y me introduje en una estrecha y tortuosa callejuela, ¡desdichado de mí, infeliz criatura!. Yo no sabía que la autoridad romana en previsión de disturbios renunció a la vía principal para tomar aquella inhóspita calle que, por su singularidad, no podía albergar a demasiado gentío.

La calle descendía de manera vertiginosa. En más de una ocasión, y debido a mi turbación y falta de atención, estuve a punto de caer, me detuve a serenarme en un rincón donde manaba una pequeña fuente, mojé mi cabeza y al levantar la vista reparé en una anciana que sentada en una maltrecha escalinata me miraba fijamente.

.- Tú estabas con Él.

.- ¿Qué dices, vieja?- la increpé.

.-Sì, estoy segura, te vi a su lado cerca del templo. Jamás olvido una cara.

El descaro de aquella mujer era inconcebible, ¡dirigirse a un varón, y más a un extraño!. Sólo su avanzada edad podía conferirle la suficiente desvergüenza o necedad para ello.

.- ¿Le viste ayer?.

La mujer no cejaba en el intento de mantener una conversación conmigo, yo desarmado negué con la cabeza.

.- Yo estaba aquí recogiendo agua, me sorprendieron las voces y el sonido del látigo, nunca han traído un reo por aquí, me asomé discretamente, venía el primero, detrás otros más; traía el patíbulum sobre los hombros y los brazos amarrados a él. Un casco hecho de espinos, de esos con los que encendemos el fuego, coronaba su cabeza. El patíbulum empujaba el casco clavándole los espinos en la nuca; esto debía hacerle mucho daño, pues tenía la cabeza totalmente inclinada dando su barba contra el pecho.

 Al llegar a la escalera se le doblaron las rodillas y cayó, no podía protegerse al tener las manos atadas y todo su rostro dio contra el suelo. Las espinas debieron clavársele más pues un gemido escapó de sus labios. Entonces, mientras le golpeaban, pude verlo de cerca, debió recibir un gran castigo ya que su túnica estaba pegada a diversas partes de su cuerpo con la sangre seca, su cabello era un amasijo mugriento de sangre e inmundicias. Lo levantaron. Por unos instantes vi su rostro. De la nariz y la boca brotaba sangre, un ojo miraba al infinito- nunca he visto tanta tristeza- el otro tenía una espina clavada en el párpado y estaba extrañamente abierto. El sudor se mezclaba con su sangre aunque Él tiritaba y sufría espasmos.

No podía resistirlo más y vomité mientras mis ojos se desbordaban en lágrimas de dolor y rabia y corrí sin mirar atrás tropezando y dando traspiés en aquella maldita calle.

Apenas crucé la Puerta de Damasco detuve mi huida y respiré entrecortadamente tratando de recuperar el aliento, levanté la mirada, el Gólgota estaba ante mí, lo que no deseaba, de lo que huía desde mi entrada en Jerusalén, se había hecho realidad. Había recorrido, sin pretenderlo, todo el camino que amargamente realizó mi maestro. Y ahora estaba allí, frente a su cadalso.

El cerro estaba desierto, bueno no, las tres cruces se recortaban contra el cielo y en dos de ellas los despojos humanos de los compañeros de infortunio de Jesús. Los buitres planeaban sobre el lugar y a no dudar pronto empezaría el macabro festín de no impedirlo alguien.

Estoy acostumbrado a ver la muerte y a ver crucificados, pero en aquellos momentos mi ánimo estaba muy mermado por lo que intentando no pensar, giré mi cabeza y empecé a caminar por los límites exteriores de la muralla.

Cerca de la Puerta Antigua una mujer me llamó por mi nombre, era María la de Magdala.

CAPÍTULO II

BELEN, 24 AÑOS ANTES


Justo es volver atrás antes de evocar las imágenes más crudas del horror, que conocí de labios de María. Y contar de cómo mí vida se unió a la de aquel justo que levantaba el odio de los sacerdotes y la turbación y confusión en sus seguidores.


El dolor ha sido la constante de mí vida, por ello no debe extrañaros que mi historia comience con dolor:


Ya os he dicho que por mi educación era y soy un buen conocedor de las leyes, asistía regularmente a la casa de oración donde ya había ejercido mi derecho a leer e interpretar las escrituras. Pero mi buena predisposición intelectual se veía frenada por la necesidad de ayudar a mi padre en el sostenimiento de la familia, por lo que cada día era mi obligación pastorear la treintena de cabras cuya leche era una fuente de ingresos indispensable en aquellos tiempos difíciles.


Rondaba ya los trece años y aquel trabajo, más tedioso que cansado, no me desagradaba ya que me daba mucho tiempo para pensar y meditar sobre las grandes verdades y los grandes enigmas del mundo.


Aquella tarde cuando me disponía a organizar el rebaño para volver a casa, observé en la lejanía una nube de polvo que sólo podía provenir de caballos al trote, sin duda serían romanos, probablemente una “turmae”(patrulla). Continué con mi quehacer y ya iniciaba mi regreso cuando una columna de humo procedente de Belén me alertó. Estaba en la dirección de mi casa, unos negros presagios se apoderaron de mi cabeza y abandonando el rebaño corrí cañada abajo. Corrí como nunca había corrido, corrí con la fuerza de mis pocos años y con la incertidumbre que ponía alas a mis pies, corrí para cerciorarme de que mis presagios eran acertados.


Jadeante llegué cerca del redil. Sobre la cerca, un hombre inerte. Mis pasos se volvieron pesados, como si mis sandalias fueran de piedra, ¡era mi padre!.


Tardé una eternidad en llegar junto a su cuerpo, sus manos estaban cosidas a la madera de la cerca por unos largos y herrumbrosos clavos, borbotones de sangre se escapaban por un enorme agujero que se habría en su pecho.


Dulcemente levanté su cabeza, sus ojos estaban abiertos y apagados y de su boca no salía aliento alguno. ¡Estaba muerto!, mis manos temblaban, un fétido olor acompañaba al cadáver; sus propias heces impregnaban sus desnudas piernas y una nube de moscas eran su cortejo mortuorio.


Intenté gritar, pero de mi garganta no salía sonido alguno. Me levanté y pesadamente caminé, entré en el patio para descubrir el cuerpo desnudo de mi madre junto al pozo, con un asta de lanza clavada en el vientre. Unos casi inaudibles quejidos me hicieron reaccionar, me lancé como un poseso y tuve que controlar el creciente temblor de mis manos para incorporar levemente su cabeza, pensé humedecer sus labios pero no me dio tiempo, sus vidriosos ojos me miraban y sus labios se movían intentando decirme algo, acerqué mi oreja a su boca y después de algunos intentos baldíos escuché:


.- Busca a Jesús, hijo de José el carpintero, Él salvará a Israel.


Una convulsión sacudió su cuerpo y la sangre escapó por su boca, el ya conocido hedor me confirmó su muerte.


.- ¡Dios de Israel!. ¿Por qué nos maldices?.


Con mis propias manos enterré sus cuerpos, las lágrimas se negaban a salir de mis ojos y una angustiosa opresión atenazaba mi pecho.


El paso de los Kittin había sido aterrador, ningún vecino de los contornos escaparon de su ira y todos tenían alguna pérdida en vidas que lamentar, incluso familias enteras sucumbieron ante la barbarie de aquellos mercenarios procedentes de extraños países, no respetaron ni ancianos ni niños.


No podía pedir ayuda pues todos tenían a alguien a quien enterrar. Olvidamos los mausoleos, los óleos y las mortajas y los sepultamos en aquella tierra de sus desdichas y alegrías.


Tres días y tres noches estuve sin comer, beber, ni dormir, sentado ante las incineradas ruinas de mi casa sin saber que hacer ni donde ir. Pedía respuestas al Altísimo mirando las estrellas, pero éste no me oía. Al cuarto día me levanté, recordé las palabras de mi madre y pensé que tal vez Dios ya había hablado por su boca y la respuesta que yo buscaba estaba precisamente en aquel último mensaje:


.- Busca a Jesús, hijo de José el carpintero. Él salvará a Israel.


Le busqué. Le busqué desesperadamente. José era hombre bien conocido en aquella comarca, mucha gente me habló de aquel “tektón” (carpintero). Pero nadie sabía su paradero actual, me contaron que en tiempos de Herodes el Grande, después del censo de Augusto, desapareció sin dejar rastro. Algunos me dijeron que marchó a tierras paganas, al País del Gran Río, otros que huyó a Filadelphia poco antes de la matanza de niños perpetrada por Herodes, de la que yo mismo me libré por ser mayor de tres años.


Dejé de buscar, estaba cansado y hambriento, gracias a la caridad de algunos, a dátiles y a frutos hurtados podía mantenerme en pie, pensé: si la voluntad del Altísimo es que le encuentre, tarde o temprano le encontraré.


Me uní a un grupo de zelotes, la búsqueda del tal Jesús no había hecho olvidar mi sed de venganza, empecé a participar en escaramuzas contra los romanos, tendíamos emboscadas y atacábamos por sorpresa a pequeñas patrullas. No conocíamos el perdón ni la misericordia. Pronto mi espada se tiñó de sangre, al principio sentía una sensación agridulce y después no sentía nada, pero cuanto más romanos mataba más quería matar, mi sed de venganza no se atenuaba, sino muy al contrario, crecía más con cada muerte. Sé que la ley entregada a Moisés tenía un sentido, pero en aquellos momentos la única ley válida era la del ojo por ojo y diente por diente, aún más, mil ojos por un ojo y mil dientes por un diente.


Transcurrieron largos años, al menos veinte, no recuerdo bien, habíamos hecho de la guerra nuestra profesión y de la muerte nuestra aliada a la que de vez en cuando rendíamos tributo con la de algún compañero caído en la batalla. No teníamos familia, ni hogar, ni pueblo. Sólo nos teníamos a nosotros mismos embriagados y enfermos de ira.


Debo rectificar, puesto que miento, ya que algunos de nosotros constituíamos lo más parecido a una familia, allí conocí a Zacarías ben Yerod que fue además de mi jefe mi segundo padre, lugarteniente de Judas ben Ezequias de Galilea, participó al mando de los Sicarios (hombres daga) en la revuelta que acabó con la muerte de más de dos mil zelotes, y de la que sobrevivió para crear un grupo de resistencia en Judá. Digo que fue mi segundo padre y también mi maestro, pues se ocupó de mí tanto en mi adiestramiento para la guerra como en la instrucción que me permitió tener una visión más reposada de la ley, visión que pocos de nuestros correligionarios tenían.


Me confesó que seguía las enseñanzas del rabino Hil-lel el Jajamin, que consideraba que la esencia de la Torá estaba en el detalle, marcando un Halaka (camino) más humilde y de mayor impacto moral. Estas influencias habían hecho del rudo guerrero un místico que consideraba la lucha armada su destino y a Dios como algo indefinible, apartado de la problemática humana.


Fueron muchas las noches en las que discutíamos acaloradamente sobre los fundamentos de la Torá y las enseñanzas que podían desprenderse de una lectura reposada de los Megil-lot (escrituras).


Hacía más de un mes que nuestras fuerzas no entraban en combate y el ambiente era distendido en el campamento. Aquel día de especial significación era el día de la preparación del Hag ha-massot y nos afanábamos en los preparativos del Seder (pascua), esperando para tal ocasión a un antiguo compañero de nuestro jefe superviviente también de las matanzas de Galilea.


El ajetreo era constante: degollar los corderos, preparar las diversas verduras y las imprescindibles yerbas amargas (todo ello crudo), amén del consabido Jarofet (salsa), se había convertido en una fiesta donde todos bromeábamos y nos sentíamos felices. Unos cántaros de vino de Hebrón “requisados” a un comerciante fenicio habían empezado a hacer las delicias de todos antes de lo habitual, eso sí, mezclado con agua como indica la ley.


Cuando los corderos se colocaron sobre el fuego el sol acababa de desaparecer, en aquellos momentos Elías de Nahún ya estaba entre nosotros.


.- Jamás podréis imaginar el horror que vivimos en aquellos días. – el recién llegado con la lengua suelta gracias al vino, rememoraba los acontecimientos de la gran sublevación, mientras Zacarías abstraído y cabizbajo jugueteaba con las brasas de la hoguera – dos legiones, oídme bien, dos legiones completas vinieron desde Antioquia para intentar detenernos y lo consiguieron. Arrasaron Zippora y Emmaús, todos sus habitantes fueron vendidos como esclavos; en aquellos días más de dos mil “hombres daga” fueron crucificados.


Un silencio absoluto reinaba en el campamento, sólo interrumpido por el crepitar de la leña en la hoguera, y a pesar de ella, un aire gélido hacía presa en nuestros corazones.


<< Los pocos sobrevivientes decidimos separarnos, constituir grupos de resistencia menores, más operativos, que poco a poco fueran mermando al enemigo hasta encontrar el momento en que pudiéramos presentar una ofensiva lo suficientemente importante como para devolver a Israel su identidad y ese día ¡desdichados de los saduceos, desdichados de los sacerdotes corruptos, desdichados los recaudadores, desdichada la tetrarquía! Ese día, será el día de la ira.


<< Judas marchó a buscar ayuda a otras tierras, Zacarías como bien sabéis, se instaló aquí en la Judéa, otros compañeros en otros lugares y yo mismo organicé mi grupo en la Galilea. No estaría aquí si no hubiéramos caído en una encerrona que acabó con mis hombres. ¡Maldigo mi suerte por sobrevivir!.


Escupiendo al suelo escondió su cabeza entre las piernas y sobrecogidos escuchamos los sollozos de aquel valiente. Tras unos instantes de tensa emoción, Zacarías pareció salir de su letargo dirigiéndose a su amigo:


.- ¿Cuál es ahora la situación en la Galilea?


El cansado luchador levantó la cabeza, y limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano se dispuso a contestar:


.- Compleja, muy compleja. Muchos de los nuestros se han cansado y han olvidado a Dios, loado sea su nombre,


se dedican al bandolerismo en los territorios de Filipo; en aquellas montañas son los amos y señores, pocas patrullas romanas se aventuran en ellas. El deterioro de las costumbres en la Galilea es cada vez más notable, aparecen falsos profetas por doquier e incluso se atreven a exponer sus ideas en el Bet Knesset (casa de oración) impunemente.


Elías confortó su abatido ánimo con un buen trago del rojo vino y tras eructar ruidosamente reanudó su disertación:


.- Recuerdo el caso, muy reciente, de un joven que se atrevió a cuestionar la validez de las escrituras ante todos los notables y ancianos de Nazaret, por fortuna su padre, José, un noble tektón, ya había muerto y no tiene que vivir la vergüenza y el escarnio que ha caído sobre su familia.


Al escuchar la palabra tektón algo se movió en mi interior, sentí como si el corazón se me escapara del pecho y una voz sobradamente conocida retumbó en mi cabeza:


“Busca a Jesús, el hijo de José el carpintero, Él salvará a Israel.”


Salté como un felino y en mi torpeza di al suelo con una tinaja de vino provocando las protestas de todos los presentes. Yo, ignorando las airadas recriminaciones, me dirigí al galileo casi violentamente, demandándole mayor información sobre el tal José. Sorprendido por mi actitud éste me pidió calma, y tras unos instantes se avino a saciar mi curiosidad en la medida en que fuera posible:


.- Sólo sé que este hombre era judio, originario de Belén, se instaló en Nazaret, en las afueras, tras un largo viaje por tierras paganas. Su trabajo era muy apreciado tanto por los jefes de caravanas como por los pescadores. Creo que era temeroso de Dios, y el pan y la sal estaban siempre dispuestos en su casa para todo aquel que le demandara ayuda. No sé más.


Amanecía. La figura de Zacarías se recortaba en el rojo cielo. Me acerqué a él, parecía no sentir el frío del amanecer pues ni tan siquiera se había cubierto con su manto. Cuando apenas estaba a unos pasos su voz me detuvo.


.- No digas nada hijo mío, toma provisiones, tu espada y parte hacia tu destino. Sigue la orilla derecha del Jordán hasta el mar de Galilea. No te confíes a nadie y que el Altísimo te acompañe.


Con un gesto me indicó que no dijera nada y con el corazón entristecido me volví dejando a aquel padre que el destino me había regalado.


CAPÍTULO III

La Galilea era mi próximo destino, un lugar donde no había estado nunca. Llegar hasta el Jordán no fue muy complicado, era terreno conocido, caminaba con cuidado intentando evitar las posibles patrullas romanas y la urbe de Jericó. Apenas tardé una jornada en poder contemplar sus aguas.




Mis provisiones no eran muy abundantes: algunas tortas, dátiles y miel por lo que me alegré de ver, en las no muy caudalosas aguas del río, el plateado serpentear de varias tilapias. Empleé el resto de la tarde pescando.


La suerte me acompañó y satisfecho me dispuse a conciliar el sueño no sin pensar en las jornadas que restaban hasta llegar a mi destino. El canto del búho acompañó mi reposo.
Mi caminar era lento, el haber evitado los caminos en aras de la seguridad me comportó más de una dificultad, afortunadamente ninguna insalvable, por lo que en la sexta jornada avisté la majestad del Mar de Galilea . Atardecía y la luz del sol poniente se reflejaba en el agua con reflejos de sangre y plata, las gaviotas interrumpían el silencio con sus graznidos y extasiado me quedé inmóvil, casi sin pensar me sorprendió la noche.


El amanecer fue de lo más frío y húmedo que he vivido; una espesa niebla que parecía provenir de la embocadura del Jordán lo envolvía todo. Envuelto en mi manto y tiritando de frío empecé a caminar, no con mucha seguridad, en dirección oeste. Las adelfas dieron paso a un bosque de álamos en el que me adentré con todas mis ropas mojadas y con el estómago reclamándome insistentemente comida.


A medida que avanzaba el bosque iba espesándose más y más, tenía que abrirme paso con la espada entre grandes zarzales y con la preocupación de no estar seguro de llevar el camino correcto. Intuía que aquella aventura en la niebla no acabaría bien y así fue, un resbalón inoportuno me hizo rodar cuan largo era y sin poder evitarlo acabé en una pestilente ciénaga. Cegado por el barro y la rabia me pareció oír una penetrante risa, intenté incorporarme pero volví a caer y la risa se convirtió en carcajadas. Pretendí coger la espada, cuando sentí un liviano golpe en mi hombro derecho a la vez que oía una voz casi infantil:


.- Cógete al palo extranjero y sal antes de que estropees el abono de mi cosecha .


Confundido, y con ayuda del desconocido, logré salir del atolladero en que me había metido y mascullando unas frases de agradecimiento me dejé llevar por la invitación de aquel personaje mientras intentaba limpiarme los ojos.


Ya confortado en el calor de una hoguera y con un recipiente con vino caliente entre las manos, pude observar el aspecto de mi anónimo salvador. Un sujeto de edad indefinible, cráneo mondo, nariz aguileña y pómulos sobresalientes, en extremo. No sería más alto que un niño de nueve años, poca estatura que se acentuaba más por una notable joroba que le hacía andar encorvado como un simio; su acento me hacía intuir su ascendencia fenicia entremezclando el arameo con un griego poco refinado. Pero lo que más me sorprendía de aquel hombre es que su única vestimenta era un saq (taparrabos) teniendo las piernas y el torso desnudo. Parecía no afectarle el frío que a mí me hacía tiritar.


Tras agradecer su ayuda me presenté como un comerciante de Judá interesado – el Altísimo me iluminó – en buenos artesanos de la madera.


Conversamos de infinidad de cosas, hasta que el sol se abrió paso sobre la niebla y mi anfitrión me recomendó, que, mientras él concluía su labor sería muy aconsejable que lavara mis vestiduras y mi cuerpo en un arroyo que se encontraba cerca, pues mi fétido olor no resultaba precisamente agradable. Enrojecí hasta la raíz de mis cabellos y me dispuse a cumplir el consejo recibido.


El contrahecho individuo respondía al nombre de Abel, pero todos le conocían por Tabor  en alusión directa a su malformación, apodo que lejos de molestarle consideraba una distinción de la que no dudaba en jactarse. Una vez aseado, tuve tiempo de secar mis ropas al sol que empezaba a calentar de firme, mientras mi nuevo amigo se ocupaba en la poco noble tarea de cargar un carro con los desagradables detritus de la charca de mis desventuras.


Pregunté qué dirección debía seguir para llegar a Nazaret, según Abel había desviado ligeramente mi camino pero él me acompañaría hasta la calzada que une Tiberiades con Nazaret pasando por Caná, ya que su destino estaba muy cerca de dicha calzada.


Emprendimos el camino con el pequeño carro rodeado de moscas del que tiraba un paciente onagro (burro). Descendimos por una empinada ladera en las estribaciones del monte hasta que los árboles nos permitieron ver el fértil valle de Jezreel.


Atardecía cuando detuvimos nuestra marcha en las lindes de un campo de trigo al que los lirios daban una especial belleza. Una hoguera y una frugal cena, que no logró acallar las protestas de mi estómago, dieron paso a un merecido descanso.


A la mañana siguiente, y apenas caminados cuatro estadios, mi acompañante me indicó que debía abandonar mi compañía dándome instrucciones precisas para llegar a mi destino. A mi pregunta de si conocía a José el carpintero, contestó, para mi alegría, de forma positiva dándome todo tipo de detalles sobre la ubicación exacta de su casa, hasta la más inútil de las mujeres encontraría dicha vivienda, sin duda alguna.


Emprendí el camino tras agradecer sinceramente todos los servicios prestados por aquel pequeño gran hombre.


Sería la hora nona cuando atravesé el cauce casi seco del río Uishón, el mismo donde Barác hijo de Abinoám, al mando de diez mil hombres derrotó a Sísara, jefe militar de Yavín, rey de los cananeos.


El destino me fue propicio, ya que una certera pedrada dio al suelo con una paloma que, a no dudar, sería la delicia de mi maltrecho estómago, cosa que no quise demorar más y allí mismo me dispuse a pasar la noche a corta distancia de la calzada que en poco tiempo me llevaría a Nazaret.


No cabía ninguna duda, la casa de dos plantas que estaba ante mí era la de la familia de José. Las explicaciones del bueno de Abel, “Tabor”, fueron tan precisas que ni siquiera contemplaba la posibilidad de equivocarme. Era una casa de adobe, como muchas otras, salvo en la riqueza en madera que ésta ostentaba. Perfectamente encalada y con una segunda planta a la que se accedía por una escalera exterior con barandilla de madera que recorría toda la parte frontal de la vivienda, a modo de pasillo abierto, donde desembocaban tres puertas y dos ventanas pequeñas. La casa estaba rodeada de una cerca de piedra y a la derecha de la misma se levantaba un granero de reducidas dimensiones que hacía las funciones de taller, dada la gran cantidad de troncos que se amontonaban en perfecto orden a su alrededor.


Con una mal entendida emoción atravesé la verja que daba acceso al patio interior con el pensamiento puesto en que el largo camino, desde aquellos tristes días de Belén, estaba llegando a su fin.


Prudentemente me detuve cerca del pozo y ante la puerta principal, en una ventana cercana se produjo un cierto movimiento que no me pasó desapercibido, nadie salió a recibirme y ello me extrañó y preocupó, ya que la hospitalidad era norma habitual para el pueblo galileo. Con un tono de temor en mi voz grité:


.- ¡ La paz sea con todos los habitantes de esta casa !


El silencio fue la respuesta, aunque un movimiento tras aquella ventana se hizo más patente, tras un largo intervalo una voz de mujer respondió a mi saludo:


.- ¿ Quién eres y qué deseas, extranjero?


Que me llamaran extranjero en la Galilea no me sorprendía, pero que me respondiera una mujer sí, probablemente no habría ningún varón en la casa y ello explicaba el recibimiento tan poco amable. Un poco azorado respondí:


.- Mi nombre es Leví, soy de Judá y busco a Jesús, hijo de José, el carpintero.


De nuevo una tensa espera, el sol estaba ya a mi espalda, deseaba conocer al ansiado galileo y buscar cobijo en Nazaret antes de que cayera la noche. Desde este mismo lugar se veía la ciudad que estaba en una colina, por lo que debería caminar aún un buen rato.


.- ¿Por qué buscas a Jesús?.


.- Porque mi madre, en el momento de su muerte, así me lo pidió.


La espera parecía haber llegado a su fin, con un leve crujido la puerta se entreabrió para dar paso a una mujer embutida en un oscuro manto que lentamente se acercó. Los rasgos de aquella mujer eran indefinibles, lo único que se podía apreciar era que hacía mucho tiempo que había abandonado la juventud. Dio un par de vueltas a mi alrededor observándome atentamente, pude apreciar una cara nutrida de arrugas entre las que se escondían unos ojos pequeños y avispados, entonces me habló, pudiendo advertir que su boca apenas sostenía un par de amarillentos dientes.


.- ¿Has dicho que eres de Judá?.


.- Nací en Belén, cerca de Jerusalén. Pero, ¿a qué se deben tantas preguntas?


.- Corren malos tiempos. Hijo mío, dime, si naciste en Belén sabrás quien era el maestro en el Bet Knesset.


Sonreí. Jamás olvidaría al noble anciano de luenga barba blanca que en los primeros años de mi infancia me inició en las escrituras y me enseñó el respeto y el temor de Dios.


.- Ibraím era su nombre; una extraña dolencia le sumió en el lecho de muerte hace mucho tiempo. Fue mi maestro y a él debo mucho de lo que sé.


.- Tras observarte atentamente me resultas muy familiar, no cabe duda que por tu acento procedes de Judá. ¿Has dicho Leví?. – asentí, me dispuse a enumerarle mis ancestros, pero no me dio tiempo. - ¿No serás por ventura el hijo de Nathaniel y Zelomí?.


.- Así es. La desventura quiso que mis padres fueran asesinados por los Kittin. ¿ Cómo sabes el nombre de mis padres? ¿Quién eres tú?.


.- El destino da muchas vueltas Leví, yo te traje al mundo, quizás recuerdes a Salomé, partera como tu madre.


.- Pero... ¡ Tú estabas en el valle de la lepra ¡


.- Hace mucho tiempo de eso. Mira que es hora de la minhá (oración), realiza tus bendiciones y tiempo tendremos después de hablar sobradamente.


Diciendo esto se alejó en dirección a la casa cerrando la puerta tras de si. Al cerrarse la puerta y quedarme sólo decidí hacer caso a la anciana y cubriendo mi cabeza con el manto me dispuse para la oración, dando gracias al Altísimo en mis rezos por haberme guiado en un camino que aún no sabía que podía depararme. Automáticamente mi mano derecha se dirigió a mi “tefillim” que adornaba mi brazo izquierdo, y no pude evitar recordar con añoranza el Bar Mitsváh (rito judío), en aquel lejano día en que la felicidad se adueñó de mi corazón al leer las escrituras unos meses antes de la gran tragedia de mi vida.


Bendije al Altísimo y solicité ayuda desde el fondo de mi corazón. Tan ensimismado estaba que no advertí que la puerta se abría de nuevo, desde el dintel la anciana reclamaba mi presencia.


Con cierto recelo, no exento de curiosidad, me acerqué y penetré en el interior, de inmediato quedé cegado al contraste de la semipenumbra interior y la radiante claridad externa; hube de esperar unos instantes hasta que mis ojos se habituaron y empecé a distinguir lo que me rodeaba. No presté mucha atención al entorno, ya que no difería demasiado de otras viviendas, salvo quizás en su amplitud, aunque si me llamó la atención dos jóvenes que se afanaban en el hogar preparando algunas viandas, la menor no debería sobrepasar los doce años y hacía esfuerzos por contener la risa, mientras la mayor, que a lo sumo tendría diecisiete, la reprendía en voz baja. Por una puerta lateral apareció una mujer de gran belleza, a pesar de doblar en edad a la mayor de las jóvenes, llevaba un lebrillo entre sus manos y se acercó a mí.


Pero lo que más me sorprendió o quizá me indignó, fue que ninguna de las tres mujeres llevaba la cabeza cubierta, signo evidente de la falta de decoro y respeto al Altísimo del pueblo galileo. Busqué con la mirada a la anciana como pidiendo una explicación pero ésta, a pesar de cubrirse con su manto, sonreía como transmitiéndome confianza.


La mujer, arrodillada ante mí, procedía a desatar mis sandalias mientras su largo y sedoso cabello caía sobre sus hombros, de tal manera que mi inicial indignación se transformó en muda admiración pues tanta hermosura no podía ser ofensiva.


Una vez concluido el lavado de mis pies aquella mujer se levantó y se dirigió a mí:


.- Te doy la bienvenida Leví en nombre de mi hijo, hoy ausente. Compartirás el pan con mis hijas Míriam, Ruth y con Salomé, la buena amiga a quien ya conoces. Lava tus manos y participa de nuestros alimentos.


La señora, a la que ya había identificado como la madre del Jesús que tanto había buscado, se retiró mientras yo procedía a lavar mi mano derecha. Atendiendo a las indicaciones de la más joven y la más risueña de las hijas de la señora me acomodé en una estera cerca del hogar. Frente a mí se fueron colocando las mujeres y la anciana trajo una bandeja con tortas de trigo, queso y abundantes nueces.


Ansiaba interrogar y saber, pero en aquellos momentos mi estomago reclamó su prioridad ante las exquisiteces que veían mis ojos; comencé a comer pensando que ya tendría tiempo de hacer preguntas más tarde. La anfitriona me tendió una jarra de vino caliente y al ver mi voracidad se echó a reír, contagiando su risa a las demás mujeres.


.- Parece que nuestro amigo Leví lleva días sin comer. Aliviemos sus necesidades.


Diciendo esto la matrona se levantó mientras yo enrojecía hasta la raíz de mis cabellos, para volver con una fuente llena de humeantes lentejas.


.- Sobraron de esta mañana – me dijo con una sonrisa – creo que serán de tu agrado.


Le manifesté con la mirada todo el agradecimiento que había en mi corazón mientras con mi boca continuaba devorando aquellos alimentos. Consciente de ser el centro de atención me atraganté un par de veces y ya satisfecho, tras un largo trago de aquel benefactor vino, di por concluido el ágape con un sonoro eructo, lo que desató de nuevo la hilaridad de aquellas muchachas.


.- Es hora Leví de contarte mi pequeña historia.


Me acomodé lo mejor que pude ansioso por escuchar a la anciana mientras decrecían las risas de las más jóvenes.


.- Aquel día regresaba de atender un parto cuando mi cuñado y señor me salió al paso reclamando mi atención: “Atiéndeme mujer – me dijo – José, el tektón, viene de camino por motivos del censo con una doncella encinta, se ha adelantado el parto y refugiado en las cuevas del camino viejo, aunque Zelomí ya marcha hacia el lugar sería conveniente tu presencia, pues como sabes, en la primavera construiremos un granero y la amistad de tan noble artesano puede ser un don del cielo. Toma un muchacho, ya que te anochecerá en el camino, y ofrece tus servicios al noble José.


<< Así fue como cansada y sin muchos ánimos, esa es la verdad, me dirigí al lugar donde la presencia de tu madre hacía innecesaria la mía.


<< El muchacho que me acompañaba era de una locuacidad sin límites, apenas tenía once años pero su aguzado ingenio y la retórica de sus palabras hicieron que el camino se me antojara breve. Pronto divisamos el robledal de Asim, que tú supongo conocerás bien. Mi señor y cuñado no se equivocó, pues adentrarnos entre los arboles y caer la noche casi por sorpresa fue simultaneo. Rechacé la sugerencia del muchacho de encender una tea ya que limitaríamos nuestro campo de visión, de esta manera, aunque con dificultad, orientábamos bastante bien nuestros pasos.


<< De repente una luz cegadora nos sorprendió. Por un momento quedamos paralizados, sentía la mano del muchacho aferrándose a mi brazo con fuerza, instintivamente di un paso atrás y volvió la oscuridad y los ruidos habituales del bosque. Un sudor frío bañaba mi cuerpo pero donde más lo sentía era en la palma de mis manos. En aquella oscuridad acerté a distinguir los brillantes ojos de mi acompañante y pude intuir el horror en ellos. Volví a dar un paso al frente y de nuevo aquella extraña y cegadora claridad y un silencio absoluto, molesto. Esta vez no me moví, no di ningún paso atrás, aunque confieso que por un momento estuve tentada de seguir la loca carrera de mi acompañante, que zafándose de mi brazo emprendió la huida. No fue el miedo a mi señor el que me hizo continuar, había algo más, no sé, pero de repente mi miedo había desaparecido y mis ojos, habituándose poco a poco a aquella claridad, empezaron a distinguir el entorno; árboles extrañamente pálidos, no podía ver el cielo, ni los colores, pero sabía perfectamente donde tenía que ir, por lo que en un silencio tal que ni siquiera oía mis pasos, me puse en camino.


<< No tardé demasiado en avistar la entrada de la cueva en unas estribaciones rocosas al final de los árboles. Su entrada desprendía una luz más amarillenta que aquella que lo envolvía todo. Me recibieron unos varones entre los cuales supuse debería estar el carpintero que tanto interesaba a mi cuñado, expliqué mis intenciones y ofrecí mis servicios. El mayor de aquellos hombres agradeció mi interés, anunciándome que, aunque todo había concluido quizás fuera de utilidad, rogándome que pasara al interior de la cueva.


<< Lo primero que me sorprendió fue la luz; aunque había una pequeña hoguera encendida, aquella extraña luz parecía no salir de ninguna parte. Una cerca servía de puerta a una parte de aquella cueva que se utilizaba, o se había utilizado como establo, pude adivinar el cuerpo de una mujer tapado por un manto de piel de camello y al fondo a Zelomí, que se afanaba preparando con paja seca un lecho sobre una piedra ahuecada que posiblemente se utilizaría como abrevadero.


<< Llamé la atención de mi compañera y ésta alborozada salió a mi encuentro, me tomó por una mano y me arrastró hasta un rincón haciéndome casi perder el equilibrio.


.- Salomé, amiga mía, esta noche han pasado cosas maravillosas.


Tuve que acercarme a ella pues su voz, quizás temiendo perturbar el descanso de la doncella, era extremadamente baja. Realmente aquella extraña luz era algo maravilloso. Pero no era a la luz a lo que se refería como comprendí al escucharla.


.- Cuando llegué María, la doncella que descansa, tenía ya grandes dolores prepare lienzos, hice que trajeran agua y cuando la reconocí vi que ¡era virgen!. Maldiciendo contra el maldito hombre que la había dejado embarazada sin ni siquiera penetrarla, fui a buscar mi cuchillo por si fuera necesario ayudar a la joven madre, augurando una complicada noche. Viéndolo todo muy avanzado y cuando me disponía a intervenir, un humo espeso comenzó a salir de la vagina, aterrorizada dejé caer el cuchillo, quise gritar pero el sonido no salía de mi boca. Miré a la doncella que parecía haber caído en un letargo y aquello, que aunque parecía humo no lo era ¡el Altísimo me ampare!. No sé lo que era. Pero tomaba forma y en menos tiempo del que tardo en contártelo se formó el cuerpo de un precioso niño que comenzó a llorar.


<< Temblándome las manos y todo el cuerpo tomé a aquel niño, pensé en el cordón, pero ¡no había cordón!, ¡ ni siquiera tuve que lavarlo!. Lo envolví en un lienzo y lo puse junto a su madre. Me senté como un fardo temblando y sin entender nada. Entraron los familiares pero yo no tenía fuerza para contarles lo que había visto y acordándome que no había limpiado a la doncella les rogué que salieran. No había nada que limpiar y la hermosa niña continuaba siendo virgen. ¿ No te parece maravilloso?.


Mi respuesta no se hizo esperar, la llamé loca, poseída por mil demonios y embustera, todo lo que había oído no era más que una patraña de mujer ociosa. Enfurecida, Zelomí prácticamente me arrastró a los pies de aquella muchacha y levantando el manto que la cubría me obligó a reconocerla.


Sólo recuerdo que mis dedos tocaron la piel de la joven y un intenso dolor. Nada más.


Como en un sueño recuerdo la voz de un iracundo sacerdote hablando de pecados y de castigo divino por no ser fiel a mi señor y abusar del levirato para salvarme. Más tarde, tengo vaga conciencia de días u horas, me vi en un valle alejada de todo donde me habían recluido entre leprosos y enfermos. Mi mano derecha, inerte, asemejaba una cepa de viña seca, un viejo rofé (médico) griego se apiadó de mí amputándomela.


<< Diez largos años pasé en aquel valle rodeada de dolor, miseria y podredumbre hasta que un sacerdote reconoció mi sanación y pude reintegrarme al mundo.


Fue doloroso, repudiada por los míos, sin saber donde ir, fui construyendo una obsesión, encontrar a aquella joven y a su hijo.


Esta es María, - me indicó señalando a la dueña – y su hijo Jesús, es el niño del milagro, el Hijo de la Promesa.


Esta es mi historia Leví, buscamos lo mismo tú y yo, los motivos son diferentes, pero la causa la misma.


Tras el relato de Salomé un silencio espeso e incómodo se adueñó de aquella acogedora habitación. María, con la mirada perdida, parecía rememorar tiempos pasados; en cierta manera aún conservaba la belleza y dulzura de aquella niña-madre de la cueva del robledal de Belén.


Casi sin darme cuenta expresé en voz alta mis pensamientos.


.- Y ahora, ¿qué?.


Aquella galilea fijó su mirada en mí mientras su mano jugueteaba con un mechón de su cuidado cabello.


.- Muchos años, ¿verdad, Leví?. Demasiados años buscando para encontrar sólo un principio, en verdad considero que hallarás respuesta a tus preguntas cuando hables con Jesús.


.- Pero, ¿dónde está Él?.


.- Mañana al amanecer, antes de empezar la molienda, Josué un buen amigo, emprenderá el camino para reunirse con Él, si lo deseas, puedes acompañarle.


.- Pues entonces bueno será que nos retiremos a descansar, Salomé te dará una estera y un lugar donde dormir. Recuerda, que siempre serás bienvenido en esta casa.


Agradecí, en la medida que mis palabras podían, la amabilidad con que había sido recibido y obsequiado. Renuncié a la estera argumentando que estaba acostumbrado a la intemperie y a mi manto y que buscaría un lugar en el granero donde descansar.


El cielo era un fulgor de estrellas. ¡Las estrellas!, cuántas noches marcando mi vida. Jamás olvidaría a aquella mujer, ¡qué equivocado estaba del papel de la mujer en el mundo!.


El sueño se adueñó de mí.


CAPÍTULO IV




JOSUÉ                             
   
    Todavía no había amanecido. Me disponía a hacer mis abluciones cuando descubrí sentado en el brocal del pozo a aquel hombre, a pesar de la oscuridad, distinguí en él fuerza y juventud y por la forma en que se dirigió a mí, un carácter decidido no exento de personalidad.

    .- Shalón, Leví. Me llamo Josué, he recibido el encargo de llevarte ante mi amigo y maestro, si es para bien seas bienvenido y si es para mal yo mismo te daré muerte, lo juro por el Altísimo.
    .- Nada me gustaría más que tener amigos como tú y menos que ser tu enemigo, deseo conocer a tu maestro porque así está escrito en mi corazón.
    .- Haz tus abluciones y partamos que el camino es largo.

    No tardé demasiado en adecentar mi cuerpo y en menos tiempo del previsto abandonamos aquella casa y rodeamos Nazareth por su parte este. El sonido de la molienda anunciaba que la ciudad empezaba a despertar.

    Tras varios intentos baldíos de mantener conversación opté por el silencio y procuré compasar mis pasos a las largas zancadas de mi guía que, como buen conocedor de la ruta, no dudaba ni un solo momento pese a que la visión aún no era buena.

    Nos adentramos en un desfiladero rocoso bastante angosto y al final de éste una fértil llanura donde cultivos de frutales, entre los que destacaban perales y manzanos llamaron mi atención por lo cuidados y protegidos que estaban, realmente de esta tierra mana leche y miel, pensé. Estratégicamente había situadas unas plataformas sobre los árboles desde los cuales muchachos hábilmente adiestrados en el manejo de la honda se ocupaban en mantener a raya a las numerosas aves. No podía, sin embargo, recrearme en los detalles pues el fuerte ritmo que marcaba mi guía y la escabrosidad del terreno en el que nos adentrábamos, subiendo una ladera, me obligaba a mantener toda la atención en la marcha.

    Hacía tiempo que habíamos abandonado el camino y casi toda la ruta la hacíamos a campo traviesa, procurando evitar los numerosos zarzales, atravesando bosquecillos de cedros o rodeando grandes peñascales de difícil acceso. A nuestra izquierda divisamos un núcleo urbano de pequeñas dimensiones rodeado de cultivos, que Josué evitó dando un amplio rodeo.

    .- Caná.

    Respondió escuetamente a mi pregunta, pero yo estaba dispuesto a sacar de su mutismo a mi acompañante e insistí con otra pregunta:

    .- ¿Hacia dónde nos dirigimos?
    .- En primer lugar hacía la ciudad nueva, vamos dando un rodeo necesario.
    .- ¿La ciudad nueva?

    No me importó manifestar mi ignorancia, conocía por relatos las ciudades más importantes de Galilea y jamás había oído hablar de la ciudad nueva; probablemente mi aislamiento en la guerrilla me impidió tener conocimiento de muchas cosas.

    .- Sí. Tiberiades. – Al decir este nombre Josué volvió la cabeza y escupió al suelo – Fue construida hace once años por Herodes Antipas, en honor de Tiberio. ¡Malditos sean los dos!

    Con esta frase, quizá demasiado larga para él, mi acompañante dio la impresión de haber terminado la plática pero yo, que consideraba una victoria el haber roto su mutismo, no deseaba perder la oportunidad de interrogarle.

    .- Amigo Josué, permíteme que te haga otra pregunta que espero tengas a bien responderme. – Entendí su silencio como asentimiento y continué - ¿Qué sucedió, realmente, en el Bet Knesset de Nazareth?

    Mi interlocutor detuvo su marcha tan bruscamente que a punto estuve de chocar con él, ya que siempre le iba a la zaga. Se giró lentamente. Tuve la sensación de haber incurrido en una indiscreción y que tendría que afrontar la ira de aquel joven.

    Nada más lejos de la realidad, en los ojos de aquel hombre no había ira, ni tan siquiera reproche. Una tímida y escueta sonrisa asomó a sus labios y poniendo su mano sobre mi hombro me dijo:

    .- Amigo Leví, en la vida cada cosa tiene su momento, no debemos mezclar los momentos o perderemos los objetivos. Ahora es el momento de caminar, haciendo nuestro camino fructífero. Al atardecer, cuando descansemos y saciemos nuestras necesidades, será buen momento para conversar.

    Su sonrisa se hizo más amplia devolviéndome el sosiego, girando sobre sus pies reanudó el camino y yo fielmente le seguí.

    Me había quedado algo rezagado, la dura marcha por un terreno excesivamente irregular parecía no hacer mella en Josué, a mí, sin embargo, empezaban a pesarme las piernas más de lo que hubiera deseado.

    De pronto, y en la cima de una colina, el galileo detuvo su marcha permitiéndome respirar unos instantes, su figura se recortaba contra un cielo de un azul desafiante, el sol, que empezaba a declinar a nuestras espaldas, daba de lleno en su humanidad haciendo resplandecer su blanca túnica, parcialmente recogida a la cintura para facilitarle la marcha. Un pequeño saco de viaje y una espada corta completaba su atuendo; el pelo suelto y largo se mecía por el efecto de un suave viento.

    Cuando alcancé su posición quedé extasiado, a una corta distancia el Mar de Galilea mostraba todo su esplendor, de un color verde azulado, teñía estelas en sus aguas de tonalidades rojizas debido a la posición del astro rey que estaba cercano a desaparecer tras las montañas que a nuestras espaldas cerraban el paso al gran mar.

    Los campos cercanos al gran lago eran un verdadero jardín, donde se mezclaban los olivos, las higueras, y las palmeras con frutales tan poco corrientes como las granadas. Algunos pescadores especializados en pesca de arrastre, según supe más tarde, tiraban de las redes con la ayuda de un fuerte buey, hasta hacer varar ésta y su contenido en la arena.

    .- Esta es buena noche para comer pescado, - la voz de Josué me sobresaltó, embelesado como estaba en la contemplación de tanta belleza. – Démonos prisa y podremos comprar algunos ejemplares a esos pescadores.
   
    Cuando descendíamos la colina vi a mi izquierda y a lo lejos la ciudad nueva, pero algo me decía que no pasaríamos la noche en ella.

    .- No hay nadie conocido.

    Argumentó Josué ante mi pregunta de por qué no pasábamos la noche en la ciudad, mientras daba buena cuenta de las tilapias que habíamos asado sobre una piedra y que acompañábamos de una salsa de almendras troceadas muy finamente.

    La cena habría sido exquisita de no ser por las muchas espinas que tiene este pez y que a mí particularmente me molesta mucho, de cualquier manera, el hambre era mucha tras todo el día de dura caminata. Por un largo instante en la quietud de aquel paraje sólo se oía el deglutir de estos viajeros.

    A nuestros pies y a tiro de piedra, unas pequeñas olas rompían sobre la arena apenas movidas por un suave viento del este.
    Un sonoro eructo, que debieron agradecer las raspas de los peces, seguido de un generoso trago de aquel vino oscuro y áspero que tanto agradaba a los galileos, dejaron a Josué en una inmejorable predisposición para las confidencias, así me lo manifestó, y ante su pregunta de cual era mi curiosidad, mi respuesta no pudo ser más directa:

    .- ¿Qué sucedió en la casa de oración?

    José jugueteó durante unos instantes con las brasas de la hoguera, después su mirada pareció perderse en el infinito, en sus ojos resplandecían las estrellas que brillaban con inusitado fulgor y cuando mi paciencia parecía resquebrajarse, por fin, dejo oír su voz que, en aquel paradisíaco entorno y mecida por la rutina de la cadencia de las olas, parecía adquirir una especial dulzura que en otras circunstancia quizás no hubiera apreciado. 
 
    .- Era Sabbatt, como puedes imaginar, yo había quedado en recoger a Jesús y a Santiago para ir juntos a orar, Él había mostrado especial obstinación los días precedentes en interpretar las escrituras y conociéndole, no cabía duda que así sería, aunque se opusiese el mismísimo rabino.

    << Cuando llegué a su casa ya me aguardaba junto al pozo. Su apariencia era magnífica, vestía una túnica nueva color hueso ceñida a la cintura por un cordón de intenso color azul, su cabello color miel estaba suelto y se mecía con la brisa de la mañana, realmente me sentí orgulloso de mi amigo. Los saludos de rigor dieron paso a una agria polémica sobre el paradero del despistado de Santiago que zanjó Jesús poniéndose en camino. Encogiéndome de hombros le seguí y nos dirigimos al centro de la ciudad cantando alegremente; cuando alcanzábamos las primeras casas se nos unió el jadeante Santiago, que tuvo que correr para alcanzarnos.

    << La decisión de Jesús era inapelable, cuando llegó el momento de leer se levantó con tal ímpetu que sorprendió a los presentes, algunos que estaban deseosos de leer dieron un paso atrás ante la imponente presencia de mi amigo, que tomando el rollo de manos del ayudante lo besó y colocó en el atril. Tras unos instantes de confusión en el atrio de las mujeres, que desgranaban elogios sobre el lector, se hizo el silencio. Jesús parecía sumido en una profunda reflexión y cuando nos miró a todos la expectación había crecido notablemente. Entonces sus labios se movieron y su voz nos envolvió llegando a nuestros corazones:

    <<..-El espíritu del señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor.

    Enrolló cuidadosamente el libro y lo entregó al ayudante, después, dirigiéndose a la asamblea continuó:

    .- Como bien sabéis esta profecía fue escrita por Isaías, y en verdad os digo, que hoy se ha cumplido.

    Un murmullo de desaprobación recorrió toda la sala, yo comencé a sentirme inquieto y cogí fuertemente el brazo de Santiago.
    .- ¿Qué quieres decir? ¿Qué explicación de las escrituras estás dando?

    La voz anónima surgió del fondo de la sala, Jesús continuó inmutable:

    .- Quiero deciros que no busquéis a Dios en escrituras porque la palabra escrita está muerta y el principio de Dios está vivo, sólo lo escrito en el corazón del hombre es lo que debe leerse para alcanzar la verdad. Y os repito, hoy se ha cumplido en mí la profecía.

    << No puedo definirte amigo Leví, lo que sucedió en aquellos momentos en la noble asamblea, arrancaron a Jesús del estrado gritando ¡Blasfemo!, y a empellones lo sacaron a la calle entre los insultos de los varones y los gritos lacerantes de las mujeres. La intención era clara, los más lanzados habían hecho ya provisión de piedras, la lapidación era inminente. De común acuerdo Santiago y yo la emprendimos a golpes con los que arrastraban a Jesús y tomándolo por las axilas, iniciamos una alocada carrera mientras las piedras llovían a nuestro alrededor.

    << Frenético fue el descenso de la colina, nuestras piernas daban pasos tres veces más largos de lo habitual, prácticamente llevábamos en vilo a un irreconocible Jesús que parecía no darse cuenta de la gravedad de la situación. Poco a poco los gritos a nuestras espaldas fueron decreciendo, signo evidente de que nuestros perseguidores desistían en su empeño, pese a ello no bajamos nuestro ritmo y sólo cuando las fuerzas nos fallaron dejamos caer nuestros sudorosos cuerpos sobre la tierra.

    << La loca huida se había cobrado su tributo, nuestros cuerpos estaban lacerados por cientos de arañazos de los zarzales que, como una exhalación habíamos cruzado, numerosos hematomas nos adornaban y la sed comenzó a ser acuciante. La túnica nueva de Jesús aparecía raída con una gran rotura en su rodilla derecha, pese a todo, dimos gracias al Altísimo por haber salido tan bien parados de la nefasta aventura en que nos había metido la imprudencia verbal de mi amigo.

    << Tras haber descansado, y casi totalmente repuestos, analizamos la situación con un Jesús más centrado en la realidad. Como era claro, el retorno a Nazareth para Él era imposible, al menos por el momento. Manifestó su voluntad de dirigirse al alto Jordán y buscar algún lugar donde meditar sobre qué hacer en el futuro. A Santiago y a mí nos pareció buena idea, pues ambos temíamos que la tozudez de Jesús le empujara a volver y enfrentarse dialécticamente con nuestros iracundos convecinos.

    << A regañadientes, Jesús aceptó mi compañía, así le manifesté mi decisión y nada de lo que dijera me haría cambiar de idea. Santiago, muy a su pesar y pese a sus protestas, tenía que volver e informar a María y sobre todo, ayudarla en aquellos momentos difíciles, aunque no descartó la posibilidad de reunirse más adelante con nosotros.

    << Así fue como, sin más equipaje que lo puesto y unas cuantas monedas que reunimos entre los tres, iniciamos una nueva vida. No sé que nos deparará este camino que hemos emprendido, pero estoy seguro que nada será como antes.

    Había escuchado todo el relato de aquel noble galileo casi sin pestañear, en aquellos momentos no me detuve a pensar si las palabras de aquel joven, no sé si decir profeta, constituían una blasfemia o un cambio en la forma de entender las escrituras. Deseaba saber más, qué sucedió con los dos fugitivos, pero mi guía parecía ensimismado con los ojos perdidos en las estrellas, y no quise interrumpir sus pensamientos. 

  Me despertó el frío, un frío lacerante. Apenas empezaba a despuntar el día y una espesa niebla cubría el lago dificultando la visión. Mi compañero dormía plácidamente, no pude por menos que mirarle con admiración, se había desprendido del manto y su torso estaba prácticamente desnudo, el rocío había formado diminutas perlas en su negra barba, aquel hombre era de una fortaleza increíble, ni el frío ni el cansancio parecían hacer mella en él.

    Reavivé las extintas brasas de la hoguera donde la noche anterior asamos las tilapias y me dispuse a calentar un poco de vino.

    La naturaleza empezaba a despertar, los graznidos de unos pájaros, que no supe identificar, centraron por unos instantes toda mi atención intentando ver a través de la niebla de qué especie se trataba. A lo lejos se oía el balar de algún rebaño en busca de pastos frescos; ya un poco más repuesto del frío decidí acercarme a la orilla del mar y hacer mis abluciones.

    A mi regreso encontré a Josué levantado y dispuesto para la marcha, me entregó unas bolitas de lentisco (1) que de inmediato comencé a masticar mientras recogíamos nuestras escasas pertenencias.

    .- ¿Cuál es nuestro destino?

    El galileo fingió no haber oído mi pregunta y continuó en su quehacer que consistía en ahogar las brasas de nuestro fuego con arena. Haciendo caso omiso de su poco interés por responderme, llamé su atención poniendo mi mano sobre su hombro, él levantó la cabeza para mirarme y entonces repetí mi pregunta:

    .- ¿Hacia dónde nos dirigimos?.
    .- De momento buscaremos el cauce del alto Jordán, después alcanzaremos las tierras de Filipo.
    .- Esos territorios pertenecían a la tribu de Neftalí ¿No?.
    .- Ciertamente, pasaremos los antiguos territorios de la tribu de Neftalí y los de la tribu de Dan, pero no debes olvidar que ahora todo es territorio romano oculto en una ridícula tetrarquía.
    .- ¿De Dan?, ¿Creo recordar que los territorios de esa tribu estaban entre Judá y Samaria.
    .- Y es cierto, cuando nuestro pueblo, mandado por Josué tras la desaparición de Moisés, ocupó estas tierras se hicieron trece particiones, a pesar de ser doce tribus, correspondiendo a la de Dan una estrecha franja de terreno donde tú dices y la alta Galilea, casi en territorio gentil.
    .- ¿Pasaremos por Magdala?
    .- No, a no ser que tengas algún asunto que resolver allí. Mi idea es rodear las poblaciones marchando a campo traviesa, y retomar el camino en la aldea de Nahum para llegar al cruce de Betsaida, en la parte alta del mar.

    Como yo no tenía nada especial que me llevara a Magdala y puesto que el camino era largo, comenzamos nuestra marcha bajando hasta una cañada por la que discurría un plácido y exiguo riachuelo cuyo curso remontamos, dejando a nuestra derecha la ciudad nueva de Tiberiades.

    El camino fue haciéndose cada vez más rocoso, ascendíamos continuamente y a medida que el sol se levantaba sobre nuestras cabezas el calor se volvía sofocante.

    Sería la hora sexta cuando abandonamos la amigable y fresca compañía del arroyo para descender por una colina donde abundaban los matorrales y la vegetación propia del bajo bosque. Josué señalando a nuestra derecha a unas colinas me indicó escuetamente:

    .- Genezareth.

    Era la primera palabra que pronunciaba desde que emprendimos la marcha, aunque justo, es decir que hacía tiempo que yo también había perdido las ganas de conversar haciendo mía su máxima: “cada cosa en su momento”, por lo que ni siquiera hice comentario alguno.

    Nos desplazábamos por una región de abundantes cítricos y almendros, aunque el rodeo había evitado los caminos y el encuentro directo con las ciudades, no fue lo suficientemente grande para evitar las zonas de cultivo; así a veces, pasábamos cerca de campos trabajados y de labriegos dedicados a sus menesteres que apenas respondían con un levantamiento de manos a nuestro saludo no dejando de mirarnos con desconfianza. Los cítricos y almendros daban paso a infinidad de parras, a estas alturas ya con un incipiente y abundante fruto, a lo lejos también eran visibles grandes extensiones de olivos.

    Me di cuenta que a medida que nos adentrábamos en la alta Galilea ésta se mostraba más rica y floreciente.

    Detuvimos nuestra marcha en un pozo donde renovamos nuestra provisión de agua y refrescamos nuestros cuerpos.

    Nuestro caminar tomaba ahora nuevos derroteros. Hacía poco habíamos dejado atrás los territorios de Herodes Antipas y nuestros pasos discurrían ya por la Gaulinatis donde “gobernaba”  Filipo, el tetrarca hermanastro de Antipas. Otra vez cerca del mar y de toda su maravillosa belleza que yo no me cansaba de admirar, con alivio pisamos una polvorienta pero bien cuidada calzada que nos condujo hasta un puente que atravesaba el Jordán en su desembocadura sobre el lago. Atravesado éste la calzada se convirtió en un tortuoso camino, aunque eso sí, rodeado de álamos y tamariscos, entre sus ramas nos acompañaban las golondrinas de mar y las calandrias. 
 
    Un miliario nos indicó nuestra exacta situación, marcaba dos direcciones: Nahum a 3´3 millas y Betsaida Julias a 2 millas, dirección a la que nos dirigíamos.

    Un amplio claro en el bosque que se había formado en un cruce de caminos nos indicó la cercanía de la ciudad, puesto que aquello más que un cruce era un verdadero mercado donde podía comprarse cualquier cosa.

    Las columnas de humo de las diferentes viandas que se cocinaban en grandes marmitas, el continuo trasiego de animales, y sobre todo las voces agudas de los comerciantes que pretendían vender sus productos, rompían la paz de aquel idílico lugar.

    Dado que ya pasaba la hora nona y que el hambre empezaba a hacer mella en nosotros decidimos comer y buscar algún lugar seguro donde pasar la noche.

    Pronto, bajo una acogedora sombra, dimos buena cuenta de sendos cuencos de hígado de pollo fritos en un oloroso aceite en el que además de cebolla se habían añadido algunas plantas olorosas, regado con una cerveza espesa y consistente enfriada con nieve de los cercanos montes. Tras un hábil regateo el comerciante nos obsequió con algunos higos, aunque el pan recién hecho lo adquirimos en otro tenderete donde tuvimos la seguridad de haber pagado más del triple de su valor.

    Acabado el ágape y con nuestros cuerpos satisfechos por la bendición de aquella comida caliente, nos dejamos adormecer bajo la acogedora sombra de un viejo álamo.

    Al poco rato Josué se sentó, al principio no di importancia al hecho pero pasados unos minutos me extrañó su actitud. Parecía petrificado con la vista fija en algún punto no muy lejano, intenté seguir su mirada pero el camino hacía un recodo y todo lo que se podía ver eran árboles, justo antes del recodo una enorme roca de caliza daba un punto de color al entorno. Detrás de nosotros seguía el incesante bullicio del pequeño mercado, pero éste se encontraba lejos del campo de visión de mi acompañante.
    Sin poder contener mi curiosidad y a riesgo de ser descortés, me decidí a interrogarle:

    .- Josué, llevo largo rato observándote, perdóname si te incomodo. ¿Cuál es el objeto de tu atención?

    Pasados unos instantes Josué me miró, para seguidamente retomar la actitud distante y contemplativa. Resignado, me disponía a recuperar la perdida somnolencia cuando el galileo levantó su mano señalando la enorme roca y con un hilo de voz, sin dirigirse de manera explícita a mí, murmuró:

    .- Allí sucedió el milagro.
    La sorpresa me dejó sin palabras, yo no creía en milagros  y pensaba que aquel fuerte y bravo luchador también estaba lejos de cuentos de mujeres y niños, cuando reaccioné acerté a preguntar:

    .- ¿Qué milagro?
    .- El milagro por el que un hombre huye con un amigo intentando protegerle, y llegado a ese punto, a esa piedra, se da cuenta que el amigo es algo más. En menos de lo que tardo en contarlo ya no puedes decirle amigo, sino Rabí.

    Josué se había levantado, recogido su manto y su zurrón, yo atropelladamente hice lo propio intentando no perder ningún gesto, ninguna palabra.

    .- Josué, ¿qué sucedió en este lugar?

    Como hiciera la víspera, aquel hombre se volvió hacía mi y puso su mano derecha sobre mi hombro:

    .- Busquemos un lugar donde dormir, la cercanía de la ciudad no es buena compañera, más tarde te lo contaré todo si así lo deseas.

    No sólo le manifesté que ese era mi deseo, sino más bien una necesidad; cualquier cosa de aquel desconocido que de manera tan trágica había marcado mi vida, era de vital importancia para mí.

    Dejamos atrás el camino para adentrarnos en una estrecha senda que serpenteaba entre matorrales hacía un roquedal no muy lejano, la tarde caía rápidamente y fue un alivio llegar a aquellas protectoras paredes cuando los últimos rayos de sol teñían de rojo las nubes.

Hacía frío. Por prudencia no encendimos fuego, en aquella zona se habían visto grupos de bandoleros y eran frecuentes las patrullas romanas. Bien arropado con mi manto esperaba pacientemente el relato prometido, la oscuridad era casi absoluta y sólo la vibrante luz de algunas estrellas permitían una mínima visión, los guturales graznidos de las aves nocturnas rompían el tétrico silencio de aquella inquietante noche.

    .- El camino recorrido desde que abandonamos Nazareth, es prácticamente el mismo que recorrí con Jesús cuando huimos de la casa de oración.

    Una larga pausa precedió a aquellas breves palabras, parecía como si mi amigo necesitara ordenar sus pensamientos o temiera revivir aquellos momentos. El efecto en mí fue de mayor expectación e impaciencia, inquieto me removí en mi manto intentando encontrar una postura más cómoda.

    .- El trayecto fue el mismo, la diferencia es que nosotros llegamos al cruce de caminos casi sin descansar y sin haber comido nada en dos días. Todo lo que exponían los vendedores me parecían manjares deliciosos, pero ante mi sorpresa Jesús no se detuvo en ningún tenderete y cuando llegamos a aquella gran roca fui yo el que le detuve. Le hice ver la necesidad de ingerir algún alimento y de tomarnos un descanso más que merecido. Para mi fortuna me dio la razón, encargándome que comprara lo que más me apeteciera, acorde con nuestras escasas posibilidades, mientras Él me esperaría allí mismo.

    << Sabes de los productos de aquel sitio, imagínalo con un hambre lacerante. Después de varias vueltas me decidí por unas consistentes lentejas y un pan humeante, dada la escasez renuncié al vino y a la cerveza pensando que bien podríamos beber nuestra propia agua.

    << Cuando regresaba satisfecho con las viandas que portaba, encontré a Jesús de pie orando, ciertamente era la hora de las bendiciones de la tarde aunque, también es cierto que no solíamos ser tan escrupulosos con la ley. De cualquier manera, respeté aquellos momentos de recogimiento y me senté discretamente a unos metros de Él. Frente a Jesús se había sentado un esquelético sujeto de repulsiva barba que no apartaba sus avispados ojos de mi amigo, y cual no sería mi sorpresa cuando varios andrajosos personajes más se unieron al primero. Temiendo por la integridad de mi amigo me incorporé y me puse en guardia sin apartar los ojos de aquel grupo. Miré por el rabillo del ojo a Jesús, realmente no veía nada de especial en Él, por poco observador que se fuera cualquiera podía darse cuenta de que no era precisamente bonanza económica lo que transmitía, lejos del inmejorable aspecto con que habló en la asamblea de Nazareth. Su túnica rota y sucia, los cabellos enmarañados y las huellas del cansancio, no podía de ninguna manera atraer la codicia de los ladrones.

    << Un enorme carromato se detuvo y un orondo sujeto, probablemente mercader fenicio, observó con sorpresa la escena para romper en sonoras carcajadas. Jesús abrió los ojos y mirando fijamente a aquel hombre le inquirió:

    .- ¿De qué te ríes? Haznos partícipe de ello y compartiremos tu hilaridad.

    Ni siquiera había mirado a la pequeña congregación que ahora repartía su atención entre el mercader y mi amigo. Pero yo estoy seguro que desde el primer momento había sido consciente de su presencia.

    .- Siempre me sorprende lo falsamente piadosos que sois los judíos, he recorrido muchos lugares y conocido muchos dioses y ninguno me parece más cruel y alejado de los sentimientos humanos que el tuyo.

    << Aquel hombre contestó a la pregunta de Jesús en un griego cargado de acentos extraños, lo cual no significó ningún problema, ya que casi todos en la Galilea, mejor o peor, entendíamos y hablábamos aquella lengua.

    .- Presumes de conocer a mi Dios y ni siquiera te conoces a ti mismo.

     << Ignorando a aquel sujeto se dirigió a los allí congregados que habían aumentado en número.

     .- Cuando en la primavera os visitan las golondrinas y las calandrias con sus cantos y melodías y las veis anidar en los álamos cercanos al Jordán, se os alegra el corazón y las llamáis allón (4) porque realmente con ellas os visita la prosperidad, la estación de la abundancia tras los rigores del invierno. Dais a esta presencia benéfica la importancia de una visita del propio creador, y ello es porque en vuestro interior Él representa lo bueno, lo que convierte en dicha algunos momentos de vuestra vida a pesar de todos los avatares y contingencias que pudieran entristeceros.

     En verdad os digo, que el hombre en su soberbia ha querido dotar a la divinidad de todo aquello negativo y positivo que le es inherente a él mismo, pero no os equivoquéis, el Padre se asemeja más a una calandria que a cualquiera de los dioses que podáis adorar.

     .- Profeta, - el mercader interrumpió a Jesús haciendo chasquear su látigo, para posteriormente señalar con éste al decrépito personaje que fue el primero que se sentó a sus pies – continúa hablando para el sordo que quizás él te oiga.

    << Estalló una carcajada general, ya que realmente el atento observador de mi amigo era sordo de nacimiento, según pude confirmar.

    << Jesús fijó su mirada en el tullido y comenzó a caminar hacia él con paso firme. Éste intentó incorporarse, pero antes de que lo consiguiera, las manos de Jesús estaban sobre su cabeza, una sobre cada oreja. Reparé en la mirada horrorizada de aquel pobre hombre que gemía sin entender nada de lo que pasaba. Ninguno de los presentes esperábamos esta reacción y todos nos pusimos en pie. Jesús mirando al cielo gritó:

    .- ¡Padre, da a este hombre Tú primavera!

    <

    << Tras unos instantes de confusión, se hizo un silencio espeso en todo el entorno donde sólo se oían los sollozos, apenas contenidos, del tullido que instantes después se sentaba en el suelo lanzando gritos guturales y señalando hacia sus dos orejas. Alguien gritó:

    .- ¡Ha sanado al sordo! ¡El sordo oye!

    << El asombro hizo más sobrecogedor el silencio. Se había hecho un corro alrededor de aquel hombre y éste miraba a todos como queriendo comunicar algo, pero el pobre desgraciado jamás aprendió a hablar.

    << A pesar de mi propia estupefacción reaccioné y dando dos pasos al frente me situé a sus espaldas dando una fuerte palmada.

    Serenamente se volvió, me miró a los ojos con los suyos arrasados en lágrimas y de su boca salió algo así como:

    .- ¡Oigo, hermano, oigo!

Y
   
    Sin más comentarios Josué se dispuso a conciliar el sueño y yo me perdí en mis propios pensamientos sin ánimo para preguntarle nada más.

    ¿Qué pasó después? ¿Qué dijeron las gentes?. Eran las preguntas que sin duda hubiera efectuado en condiciones normales, pero en aquellos momentos todas las preguntas carecían de sentido, sólo una me atormentaba pero sabía que ésta no me la respondería Josué.

    ¿Quién era aquel hombre?

    Mi madre me mandó a Él y solamente lo vio nacer en una cueva. Desafió la autoridad de los levitas en Nazareth y ahora sanaba a un sordo de nacimiento.

    Acaso...

    No, lo mejor será no aventurar pensamientos que puedan resultar blasfemos.

    La noche fue larga, larga y sin sueños, me levanté antes del amanecer y recogí de algunas zarzas cercanas unas espléndidas moras que devoramos antes de emprender el camino.

    Josué me aseguró que llegaríamos durante la jornada al campamento de Jesús y ésta transcurrió sin incidentes por senderos que, probablemente, eran de uso de jabalíes o alguna otra especie animal. Abstraído en mí mismo no presté mayor atención ni al entorno ni a Josué quien, quizás por la cercanía del fin del viaje, se mostraba de una locuacidad de la que no había hecho uso hasta ahora.

    Al atardecer llegamos a un promontorio de gran altura, a nuestros pies un barranco de aguzada pendiente jalonado de rocas y espesa vegetación, al fondo, a lo lejos, se divisaban no menos de seis tiendas multicolores de las que utilizan los nómadas. Sentado en una roca, el que ya consideraba un buen amigo, me las señaló con un lacónico ¡ allí está!

    Ante los razonamientos de Josué hube de contener mi ímpetu que me empujaba barranco abajo, era una temeridad que nos sorprendiera la oscuridad en el descenso.

    La cena fue frugal, un poco de queso rancio y unas nueces y de nuevo me tumbé contemplando el maravilloso cielo estrellado de la Gaulinatis.

Y

El cielo estrellado, ciertamente, no tiene la misma nitidez aquí que en la alta Galilea, tampoco las circunstancias son las mismas, entonces buscaba una respuesta. Ahora estoy aquí, solo, en el monte de las aceitunas y mi respuesta yace en un sepulcro nuevo, o tal vez en una cruz romana.


 Me hace bien recordar, compartir mis recuerdos con las estrellas.

Quizás mañana continúe recordando, hoy ya no puedo ni tan siquiera llorar.

Sea como fuere, mañana también estarán las estrellas.
  
 

 CAPÍTULO V


CIUDAD DEL VATICANO

 OCTUBRE DE 2.002

   Charles Poitiers levantó las solapas de su abrigo y con un gesto casi mecánico alivió la presión de su alzacuello. Había refrescado notablemente aunque, en rasgos generales, la temperatura era inusualmente benigna para aquella época del año.

    De su bolsillo extrajo un cigarrillo que encendió de manera inmediata. Mientras las volutas de azulado humo se elevaban en la oscuridad, en un reloj cercano, tras los consabidos cuartos, se oyó con sordo y solemne retumbar una única campanada. Reinició su caminar mientras atrás quedaba la inmensa mole de San Pedro. Un poco arrepentido de haber rechazado el amable ofrecimiento del Cardenal Capello de un vehículo que le trasladara hasta el hotel, se encogió de hombros mientras apretaba fuertemente el maletín que daría un irremediable giro a su ordenada vida.

    La entrevista se había prolongado demasiado, aunque en realidad, la máxima autoridad del Santo Oficio, debido a sus múltiples obligaciones, no le recibió hasta bien pasadas las once de la noche. Acostumbrado al boato y protocolo palaciego de la Curia, no se dejó impresionar por el porte y la presencia de Capello y casi con indiferencia, besó el pomposo anillo que adornaba la regordeta mano impecablemente cuidada, del responsable del tribunal que mantenía la pureza ideológica de la Iglesia.

    Tras los saludos de rigor ambos hombres se observaron atentamente en silencio, como estudiándose. Capello debería rozar los sesenta años, más bien entrado en carnes y cuya apariencia afable se rompía con unos ojos profundos y penetrantes, capaces de escudriñar “hasta los pensamientos” según el decir de sus enemigos. Por el contrario Charles era su antítesis; alto y espigado, de tez morena y ojos negros, de mirada franca y sin enemigos. Su labor había sido siempre gris, sin destacar en sus cometidos, pero siempre eficaz, lo que le granjeaba el respeto de sus superiores.

    .- ¿Conoce los papiros de Nag-Hammadi?                 

    La pregunta sonó como un martillazo. Aunque podía sorprenderle, y de hecho le sorprendió, hizo gala de una flema impropia de un latino. El rostro de Charles no modificó su expresión y en un italiano libre de acento respondió:

    .- Someramente, eminencia.

    El silencio volvió a reinar. Capello, quizá cansado de escrutar el rostro de su interlocutor, se levantó y abandonó la mesa de ébano de su despacho dedicando su atención a observar un tríptico de la pasión, de autor desconocido, que adornaba la pared lateral, como si lo descubriera por primera vez.

    El mutismo de su acompañante le exasperaba, no asomaba a su rostro ningún atisbo de curiosidad o preocupación. Él, acostumbrado a sopesar el temor o la adulación de cuantos se sentaban al otro lado de la mesa se sentía, sino desconcertado, al menos con su estrategia desbordada.

    .- ¿Ha cenado?

    Ante la negativa indicó a Charles que lo siguiera y juntos atravesaron una puerta para acceder a un sencillo comedor donde la mesa ya se encontraba dispuesta.

    Sin duda – pensó el sacerdote- ya tenía previsto cenar conmigo, lo que excluye que la llamada a “capitulum” sea para reprenderme.

    Sobre la mesa ensalada y pavo frío eran las principales viandas, aunque también destacaban unas apetitosas lonchas de jamón de Parma. Hasta ese momento, no se percató de que estaba hambriento y con agradecimiento tomó la copa de grappa que su anfitrión le tendía.

    La cena transcurrió entre conversaciones banales, Capello parecía muy interesado en la situación del clero en Canadá muy conocido por Charles, quien recientemente había ocupado el cargo de secretario del Nuncio de su Santidad en este país.

    Satisfechos procedieron a saborear un café espeso y aromático que un diligente sirviente dispensó en el momento oportuno.

    .- Como bien sabe usted, los papiros de Nag-Hammadi son escritos gnósticos en lengua copta de más de mil quinientos años de antigüedad entre los que se encuentran algunos apócrifos.

    Charles escuchaba atentamente mientras se preguntaba qué relación podía tener él con dichos papiros.

    .- Hace dos meses recibimos un comunicado de un monje franciscano quien parece poseer dos de estos papiros que, por la razón que sea, no forman parte de los 52 conocidos y que difieren del resto por estar escritos en arameo, aunque fueron encontrados en el mismo yacimiento.

     Queremos que usted estudie estos papiros y nos informe debidamente de todas sus conclusiones.

    .- Pero eminencia, yo no soy arqueólogo, ni conozco los caracteres arameos, ¿no sería mejor un científico?

    .- Tenemos científicos muy competentes en la Compañía de Jesús, pero no es conveniente en absoluto, corren tiempos difíciles para la Iglesia. No oculto mi preocupación y prefiero no correr riesgos. Los científicos dividen su fidelidad entre la ciencia y la religión. En estos momentos, nuestro servicio debe estar sólo enfocado a la Iglesia que es el servicio divino.

    Una breve pausa permitió a Charles asimilar las últimas palabras, algo importante se estaba cociendo y le habían escogido a él precisamente por ser una persona gris, subordinada pero competente, que garantizara más que fidelidad, discreción.

    .- Le pondré en antecedentes. – El cardenal no parecía sentirse cómodo, era consciente de caminar por un terreno resbaladizo en el que no se encontraba seguro.- Recordará usted que el mes pasado salió a la luz pública el descubrimiento de un osario al que se identifica como de Jacobo, hermano de Jesús. Este hecho ha servido a nuestros enemigos para cuestionar la virginidad de Nuestra Señora. Llevándonos a una situación molesta.

    Una nueva pausa. Capello parecía abstraerse mientras Charles hacía, por enésima vez, un repaso a los múltiples objetos que se esparcían sobre la espaciosa mesa, entre los que destacaba un crucifijo de marfil con pedestal de bronce.

    .- No queremos traer esos papiros aquí. La familia de la Iglesia está en estos momentos muy preocupada por la posible sucesión de su Santidad, y debemos evitar a toda costa un escándalo.

    .- Eminencia, - interrumpió Charles, para quien la política Vaticana además de tediosa le resultaba ofensiva – seamos francos, ¿Qué se supone que hay en esos papiros?

    De nuevo el mutismo cayó en el despacho y tras un breve intervalo de tiempo Capello, casi con resignación, entrelazó los dedos de sus regordetas manos y mirando fijamente a su interlocutor, como si le dolieran las palabras, dijo:

    .- Sólo tenemos una fotografía casera de estos documentos, en lo poco legible que hay, indica la existencia en primera persona de una hermana menor de Jesús.


EL PALANCAR
    La verdadera magnitud del problema al que se enfrentaba no se puso de manifiesto hasta horas más tarde, cuando se acomodó en el mullido asiento del Euro-met destino Madrid. Había muchas horas por delante para pensar.

    Realmente el osario de Jacobo no era preocupante, aún en el caso de que se pudiera demostrar el parentesco con Jesús de Nazareth, siempre se podía acudir a una paternidad anterior de José fundamentándola en el concepto, no admitido hasta la fecha, de la viudedad de José cuando se unió a María.

    Pero esto era diferente, tomó una vez más el dossier de su portafolio y de nuevo repasó la traducción de un fragmento sacado de una fotografía de pésima calidad.

    “Enjugué el rostro sangrante de mi hermano con el paño, algunas de las afiladas espinas de su cabeza me hirieron mientras María, nuestra madre, se desvanecía a mi lado. Recordé cuando siendo pequeña Él me curó de una astilla que...”

    Realmente era diferente. De ser cierto, cosa bastante dudosa, estaríamos hablando de una hermana menor con lo que la virginidad de María quedaría en nada. Esto chocaría frontalmente con un dogma de fe establecido que pondría a toda la Iglesia en entredicho.

    Volvió a guardar el dossier y se levantó para continuar sus elucubraciones en algún lugar donde encender un cigarrillo.

    Pensar que este escrito pudiera pertenecer a una hermana de Jesús le alteraba los nervios, toda su flema desaparecía. Había demasiadas cosas en contra, a las mujeres judías no se les daba la educación necesaria para leer y escribir, que una mujer de aquella época y de aquella sociedad pusiera sus pensamientos en papel escrito era inimaginable.

    Había más posibilidades de que todo fuera un fraude que de otra cosa. En primer lugar la datación de los papiros del yacimiento de Nag-Hammadi, entre los que se incluía un evangelio de Tomás, estaban datados en el año 500 d. C., aproximadamente, escritos en copto, probablemente por una secta gnóstica...

    Volvió a su asiento y mirando fugazmente por la ventanilla retomó el dossier.

    “La biblioteca de Nag-Hammadi compuesta por 52 textos unidos en libros de entre dos y ocho obras, está escrita sobre papiro, en algunos lugares se refiere el año 333, 346, 348 etc.”

    Sin embargo, los supuestos escritos que el informador de Capello sitúa en el mismo yacimiento ¿porqué están escritos en arameo? Y si están escritos en primera persona y correspondieran a una hermana de Jesús debían ser muy anteriores. Demasiadas cosas no coincidían.

    Mi enlace en España era José Barroso, un franciscano nacido en 1.921 y ordenado sacerdote en 1.945, desarrolló su apostolado en diversas diócesis y solamente había salido de España en una peregrinación a Roma en el año 1.959. Jubilado desde hacía trece años disfrutaba de la paz en un monasterio del norte de Cáceres. ¿Cómo podían unos documentos de Nag-Hammadi estar en poder de un sacerdote rural?

    Seguramente todo se trataba de las fantasías de un viejo chiflado. Se tranquilizó mientras se disponía a conciliar un sueño acunado por el suave traqueteo del tren.

    El viaje podía haber sido más rápido y cómodo pero Charles evitaba, siempre que fuera posible, el avión. Conduciendo un Citroen alquilado dejó atrás Madrid adentrándose en la Nacional V, autovía de Extremadura. Sobre el papel tenía trazada una ruta muy precisa. Faltaban dos horas para anochecer y su objetivo era pasar la noche en Navalmoral de la Mata. El Vaticano no reparaba en gastos, una credencial papal le abriría las puertas que necesitara, y para las que no, disponía de una tarjeta de crédito sin limitación.

    Sonrió. Le agradaba estar en España, le recordaba su época de estudiante de filología hispánica en Salamanca. Si fuera posible, visitaría aquella ciudad y de nuevo pasearía por los pórticos de su plaza mayor. La campiña era un páramo de verdor a ambos lados de la poca transitada calzada. Respiró profundamente.

Y
  
 El monasterio de San Pedro Alcántara, al que se dirigía, más conocido como El Palancar, estaba presidiendo una sierra a la que se accedía por una carretera estrecha adornada por cruces que recordaban cada una de las archidiócesis de la región.

    Un buen número de turistas se agolpaban en una pequeña puerta lateral bajo un mínimo porche a la espera de visitar el monasterio. La puerta principal de la Iglesia estaba cerrada por lo que Charles decidió armarse de paciencia y esperar que se despejara un poco la entrada.

    Encendió un cigarrillo y paseó por un jardín exterior, cualquier rincón era propicio para que un escrito te recordara la sacralidad del lugar, llamándole particularmente la atención una leyenda que decía:

    “Loado seas por toda criatura mi Señor, por el sol, la luna y las estrellas y la hermana, madre Tierra”.

    Acabó su cigarrillo y se dirigió resueltamente a la puerta.

    El hermano Rubén, con la amabilidad que le era habitual, recibió al enviado de la Santa Sede aunque mal disimulaba su curiosidad, no era normal que un tan alto dignatario se interesara en un franciscano jubilado ya de sus ejercicios sacerdotales.

    Le habló del precario estado de salud del hermano Barroso, quien en la primavera había sufrido una afección cardiaca que mermó sus fuerzas hasta tal extremo que sus días transcurrían entre el jardín cuando calentaba el sol, y su celda. Sin embargo, a pesar de su avanzada edad conservaba la mente lúcida y ágil.

    El hermano Rubén presentaba un aspecto de fuerza y vitalidad, de cabeza leonina en la que apuntaban abundantes canas a pesar de no haber cumplido aún los cuarenta. Su hábito marrón envolvía una estilizada figura de rápidos movimientos, de mirada franca y abierta reflejaba en sus ojos la paz y serenidad de los que hacen aquello de lo que están convencidos.

    Precedía a Charles por un pasillo estrecho volviendo la cabeza de vez en cuando para contarle alguna anécdota de la vida monacal en aquel paraje en el que Dios se aproximaba más a los hombres.

    Salieron al exterior, a un jardín en el que el aspecto natural de las cosas armonizaba perfectamente con las injerencias humanas; nadie diría que la mano del hombre cuidaba aquel páramo y, sin embargo, estaba perfectamente cuidado, hasta con mimo. Sentado en un tosco taburete de madera sin desbastar, un anciano de larga barba blanca recitaba unas oraciones con la mirada perdida y sus dedos acariciando las cuentas de un rosario.

    .- El hermano José, Padre.

    Las palabras de fray Rubén interrumpieron la observación que Charles estaba llevando a cabo y agradeciendo la amabilidad que le había dispensado, le rogó que los dejara solos, el buen fraile aceptó no sin comprometer primero al sacerdote a compartir la comida de la comunidad.

    Una vez solos continuó su observación, aunque ésta se magnificó y más que contemplar al anciano, contemplaba dos aspectos diferentes de la Iglesia; veía la sencillez de un hombre que tras entregar su vida a Dios sólo ambicionaba un rayo de sol en un jardín de un lugar perdido, la tosquedad de su hábito y unas sandalias que lacerarían sus pies de frío en el invierno.

    Sin embargo, él con sus finas y caras ropas no estaba seguro de si servía a Dios o a los intereses políticos de una Curia fatua que se pavoneaba entre el púrpura. Príncipes de la Iglesia, pensó.

    Se acomodó junto al anciano tras presentarse, no pudo discernir si éste mostraba alegría o tristeza por su llegada, el caso es que aquel anciano se tomó su tiempo antes de contarle la historia que tanto preocupaba al titular del Santo Oficio.

    .- Fue en Semana Santa. Se habían retirado los bancos del centro de la Iglesia y colocados lateralmente, en el suelo pusieron una cruz, yo estaba sentado en uno de los bancos observando a los jóvenes que se agolpaban junto a la cruz sentados en el suelo, unos abrazados al madero, otros con su cabeza apoyada en él, meditaban y se comunicaban íntimamente con nuestro Señor.

    << Se me acercó una señora, una señora como las de antes ¿sabe Vd.? Tendría más o menos mi edad, aunque quizás fuera algo más joven; en la piel y en las manos se notaban los cuidados de una clase acomodada. Su cabello plateado estaba coronado por un pequeño velo de encaje negro, me hizo gracia porque no veía un velo así desde hace más de cuarenta años.

    << Se dirigió a mí pidiéndome que la escuchara. Yo le indiqué que a objeto de confesión mejor se dirigiera al padre Miguel, que en aquellos momentos atendía a una joven al otro lado de la Iglesia. Ella se negó, me dijo que no quería confesar y que todo su interés era que escuchara su historia, que se dirigía a mí porque le inspiraba confianza y no deseaba hablar con nadie más.

    El anciano hizo una pausa que el enviado del Vaticano aprovechó para buscar un vaso de agua que fue recibida por este con agradecimiento, tras unos instantes continuó:

    .- Mi marido, reverendo padre, era un hombre importante, importante y culto en extremo; realizaba tareas para el gobierno lo que le obligaba a desplazarse constantemente por muchos países, particularmente por Oriente Próximo ya que era un conocedor de la cultura de los diferentes pueblos de aquella zona.

    << Entre las costumbres de mi marido estaba el coleccionar objetos antiguos, nuestra biblioteca es prácticamente un museo de objetos arqueológicos que algunas veces él traía incluso, del extranjero. En una ocasión trajo de Egipto, creo recordar que fue en el año 44 o el 45, unos pergaminos y una pequeña ánfora de barro. Yo no solía preguntarle por sus adquisiciones, pero al ver que encargaba una urna especial para aquellos objetos que no me parecían tan importantes como otros, le pregunté. Su respuesta me dejó sorprendida, me dijo que aquellos escritos tenían relación con la Virgen María.
   
    Una nueva pausa abrió el camino para que Charles se sorprendiera de la nitidez de la memoria del viejo fraile, así se lo manifestó y la respuesta de éste le hizo sonreír:

    .- Hijo mío, yo correr, la verdad, es que ya no corro, pero ¿quién puede impedirme volar?

    A continuación retomó el relato de la dama.

    .- << Le sugerí qué eso tan importante debería entregarlo a las autoridades, a lo que mi marido me respondió que la situación política de España y de la Santa Sede no eran las adecuadas para recibir este legado. Jamás me quiso decir lo que ponía en los extraños escritos, únicamente me dijo que los compró a unos pastores en Khenoboskión, un poblado al norte de Lúxor.

    << Padre, mi marido murió hace dos años y yo no tardaré mucho en seguir sus pasos, no quiero tener la responsabilidad de mantener en mi poder algo tan trascendente.
   
    << Fueron inútiles mis protestas y consejos, le dije que yo sólo era un sacerdote jubilado que poco o nada podía hacer o saber. A indicaciones de la dama un señor vestido de negro puso a mis pies una maleta de piel mientras ella me entregaba un fajo de billetes “para obras de caridad”, según dijo. Se marchó sin decirme su nombre.

    << En mi celda abrí la maleta y efectivamente, había dos pergaminos de 40 x 40 cms. escritos en arameo y un pequeño frasco de barro de 20 cms de alto por 8 de ancho, en forma de pez.

    << No sabía qué hacer, guardé aquellos objetos en la maleta y pedí confesión al padre Miguel; él es joven y podría aconsejarme. Su recomendación fue que acudiera al Santo Oficio directamente.

    .- ¿Porqué no acudió al Obispado o a su superior?

    La pregunta de Charles era obvia y la respuesta inapelable.

    .- Porque seguí los dictados de mi corazón, y en el corazón está Dios.

    Se disponía a reclamarle los objetos cuando el hermano Rubén les llamó al refectorio. 

Y

    Decir que la comida había sido frugal era una exageración, acostumbrado a la buena mesa Charles tenía la sensación de no haber comido, aunque en su interior se sentía muy gratificado por la paz y espiritualidad que se respiraba en aquel minúsculo monasterio. Aunque se prometió una copiosa cena en cuanto llegara a algún hotel en la cercana ciudad de Plasencia. En su poder la maleta de piel del hermano Barroso no le decía nada en particular, debería hablar con Su Eminencia y recibir instrucciones.
    A su izquierda, quedó la pequeña población de Pedroso de Acim y encaró la estrecha carretera que le conduciría a la Vía de la Plata. Atrás quedaba el pintoresco fraile que le sorprendió una vez más cuando visitó su celda para recoger los documentos. Sobre su mesa, que unido a una silla era lo único destacable en la celda, había una Biblia y a su lado, cosa más extraña, una Biblia Judía cuya portada estaba escrita en caracteres hebraicos. Charles se abstuvo de comentario alguno y afectuosamente se despidió del anciano quien le recomendó prudencia y fe.

Y
   
     Su Eminencia estaba reunido, de hecho, en el decir de su secretario, no estaría disponible hasta bien entrada la noche. Charles había analizado los pergaminos y el ánfora y encogiéndose de hombros los guardó en un maletín de aluminio debidamente protegido que había adquirido especialmente a tal efecto.

    Una reparadora ducha y un breve piscolabis en la cafetería del hotel le dejaron en condiciones óptimas para adentrarse en la ciudad vieja. Eran las cinco de la tarde y Plasencia se vislumbraba como una ciudad monumental que invitaba a adentrarse en sus secretos.

    Vestido con un traje gris y su inseparable alzacuello, se dirigió en su automóvil al encuentro con la ciudad vieja.

    La Catedral le impresionó, en realidad eran dos catedrales adosadas, la “nueva” con fachada de estilo plateresco y la “vieja” o Santa María con una fachada románica sobre cuyas archivoltas, en una hornacina, un grupo escultórico de la anunciación tallado en piedra llamó su atención.

    Una vez en el interior las nervaduras de formas curvas y caprichosas le indicaron que se trataba de un gótico tardío. Admiró el retablo de un barroco primoroso y el coro con una exquisita sillería de nogal y un facistol en forma de pirámide truncada. Al fondo una puerta le dio acceso a Santa María, concretamente al atrio. Toda la catedral vieja constituía un museo de reliquias y arte sacro. Con la curiosidad que le era característica comenzó a caminar por el deambulatorio admirando cada piedra, cada imagen, cada capitel.

    De repente, unos fieros ladridos a su lado le dieron un susto de muerte, saltó lateralmente de forma instintiva con tan mala fortuna que un pie le resbaló en el irregular suelo dando con toda su humanidad en el mismo.

    Una mano amiga le ayudó mientras los ensordecedores ladridos continuaban. Ya incorporado vio un inmenso mastín de grandes dientes y ojos inyectados en sangre que se abalanzaba contra una reja que impedía su acceso al atrio. El desconocido le apartó de allí.

    .- No lo entiendo.

    Murmuró desconcertado el sacerdote.

    .- Yo tampoco, pero aquí está.

Aquel hombre de unos cincuenta años, moreno, de actitud decidida le llevó hasta un rincón donde pudo sentarse.  Tras verificar que no tenía ningún daño importante, observó frente a él una estatua muy deteriorada que sostenía en sus manos un círculo con una cruz en su interior, sin apartar los ojos de aquella figura agradeció a su inesperado “socorrista” sus atenciones y éste, dándose cuenta del interés que mostraba Charles por aquella imagen, le comentó:

    .- Es la Dama Blanca.

    .- ¿La Dama Blanca?

    .- Exactamente ¿Conoce la leyenda?

    Charles que por momento sentía crecer su curiosidad confesó su ignorancia y el desconocido se aprestó a ilustrarle:

    .- << Tras la reconquista de la transierra extremeña, una reina mora fue apresada por los caballeros templarios; éstos la encantaron mediante brujerías y la pusieron de guardiana de un tesoro: una cabra con cuernos de oro, que los templarios guardaban en las criptas del convento-abadía de Sotofermoso. Allí la reina mora se acompañaba de un gato negro y un perro gris ceniza. Cuando los caballeros templarios fueron disueltos, el lugar quedó desierto pero la reina encantada continuó allí regalando ciertas piedras a quienes casualmente encontraban la cripta, haciéndoles prometer que no revelarían su existencia a nadie. El gato se encargaba luego de transformar dichas piedras en oro o carbón según fuesen las intenciones de los que recibían el obsequio; oro si pensaban cumplir su promesa y carbón si su intención era romperla. El perro por su parte, vigilaba que nadie se acercara a la cabra y espantaba a aquellos que por segunda vez querían acceder a la cripta.

   La rueda que tiene la reina en la mano es la llave de las criptas secretas, aunque sólo ella sabe como utilizarla. Esta llave quiso entregarla la reina a un joven caballero y en ese momento el gato negro la convirtió en piedra blanca.

    Y esa es la leyenda de la dama blanca.

    Charles había escuchado con interés ya que le fascinaban los relatos y leyendas del medioevo. Acercándose a la estatua comentó:

    .- Así pues ésta es la reina mora encantada.

    .- Eso depende, - contestó el desconocido – lo cómodo, es decir, que esto es una estatua vestida a la usanza de la época, con corona, que sostiene en su mano izquierda una rueda con una cruz paté inscrita en ella, y que es una imagen gótica que representa a Santa Catalina. Pero también es cierto, que tras la fantasía de las leyendas siempre se esconde una verdad.

    El desconocido miró su reloj y despidiéndose, tras recibir el agradecimiento del sacerdote, se marchó rápidamente.

    Charles se quedó aún unos instantes recreando su mirada en aquella imagen e imaginándosela policromada y altiva, presidiendo aquella abadía de la que nunca oyó hablar.

    No se explicaba que hacía un mastín color gris cenizo en el atrio de una catedral y se dispuso a averiguarlo.  Se disponía a abandonar la capilla cuando se percató que su anónimo contador de leyendas había olvidado sobre un sarcófago vacío un pequeño portafolios de color negro.

    Se apresuró en salir a la calle para intentar localizarle, la búsqueda resultó infructuosa, incluso llegó a la plaza mayor. Con el portafolios en la mano volvió a la catedral con la intención de comunicar su pérdida y dejarlo allí depositado, pero cuando llegó ésta ya había cerrado sus puertas.

    El portafolios no contenía ninguna dirección ni nombre, solamente un centenar de folios manuscritos a los que no prestó atención. Se propuso volver al día siguiente. No sabía que el destino cambiaría sus planes.

    Serían las doce de la noche cuando Capello le llamó. Parecía de un humor de perros, y una vez confirmada la existencia de los escritos le dio instrucciones precisas para verificar su antigüedad y le instó para que a primera hora marchara a Madrid. Tenía muchas cosas que hacer y hacerlas en el menor tiempo posible.

    Pensó dejar al recepcionista el portafolios encontrado para que lo llevara a la catedral, pero sin saber porqué, cambió de opinión y en papel de carta del hotel escribió una escueta nota en la que decía tener, dicho portafolios indicando a continuación el número de su teléfono móvil.
    Al abonar su cuenta, dos horas antes del amanecer, dejó el sobre y una suculenta propina al recepcionista con el encargo de entregarlo en la catedral.

    Sin más se dirigió a Madrid.
   
CAPÍTULO VI






MONASTERIO DE YUSO





La estancia en Madrid fue más que breve fugaz. El profesor Ruiz le recibió de inmediato en su despacho de la Universidad Autónoma. Había sido alertado a primera hora de la mañana por el Nuncio de su Santidad. Lo primero que hizo fue manifestar a Charles su total disponibilidad y discreción, haciendo alarde de su pertenencia al Opus Dei.
Con sentida emoción recibió la pequeña ánfora que sopesó unos instantes en sus manos y tras garantizar que sería cuidadosamente investigada en el CSIC. (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), invitó a Charles a comer, invitación que fue declinada por el sacerdote con la excusa de obligaciones inmediatas, comprometiéndose a comer con él cuando volvieran a verse.
 El profesor Ruiz era un católico convencido, practicante y militante que inmediatamente se granjeó su confianza, y con la seguridad de que el pequeño y controvertido tesoro estaba en buenas manos, continuó su camino pues aún le restaban varias horas de carretera.
Llegó a San Millán de la Cogolla pasadas las siete de la tarde y tras adquirir en una papelería varias hojas de cartulina DIN-A 3, se alojó en la hospedería del monasterio de Yuso, un parador nacional con las suficientes estrellas como para garantizarle la confortabilidad a la que estaba acostumbrado.
Tras instalarse y pedir le sirvieran una cena fría en la habitación, se dispuso a realizar la segunda parte de su cometido. Abrió la maleta de aluminio y cuidadosamente extrajo uno de los manuscritos. Ya en la primera observación se percató que no eran de papiro sino de piel, con lo que una vez más diferían de los encontrados en Nag-Hammadi. Lo extendió cuidadosamente en la mesa de despacho situada junto a la ventana de su habitación, y tomando una de las cartulinas y un rotulador comenzó la ardua tarea de copiar todo su contenido.
Su desconocimiento del arameo y su poca actitud para el dibujo le jugaron más de una mala pasada, a pesar de todo, serían las veintidós treinta cuando terminó el primer escrito en el que había utilizado dos de las cinco cartulinas que adquirió.
Estirando los músculos marchó al cuarto de baño donde una relajante ducha lo dejó en óptimas condiciones para dar buena cuenta de la cena, que no dudó en acompañar de un excelente Rioja. Con nuevos ánimos se enfrascó en la tarea de transcribir el segundo manuscrito, dando por concluido el trabajo dos horas y media más tarde. Tras guardar los originales se entregó a un reparador sueño.
El frío reinante aconsejó a Charles volver a su habitación a recoger su abrigo, pero viendo que la entrada al monasterio estaba tan sólo a unos ciento cincuenta metros se armó de valor e imprimiendo velocidad a sus piernas se dirigió resueltamente a la entrada con las cartulinas enrolladas en sus manos.
El Abad lo recibió en el despacho, era un hombre de mediana edad, pequeña estatura y aspecto poco fiable. Éste le sometió a un breve interrogatorio, el hecho de querer mantener una entrevista con fray Diego Urrutia, a quien conocían por “el Huraño”, despertó su interés, interés que Charles se vio obligado a evitar presentando su salvoconducto vaticano. Esto, aunque incrementó la curiosidad del Abad, zanjó la cuestión.
El Abad mandó llamar a fray Diego y mientras tanto, con una cortesía servil, le puso al corriente de la vida y milagros de San Millán y de la historia de los dos monasterios.
<< El monasterio de San Millán de la Cogolla son en realidad dos monasterios; el primero llamado Suso está situado en la ladera de la montaña, de él forman parte las cuevas que sirvieron de hogar al santo, sobre éstas se erigió una iglesia en el siglo X con trazos mozárabes, conservando en el alero del tejado los modillones en los que se observa la influencia visigoda, en el atrio se encuentran las tumbas de los siete infantes de Lara, de Nuño Salido y de tres reinas de Navarra. Bajo la roca, en el lado del Evangelio, se abren tres cuevas en una de ellas estuvieron los restos de San Millán hasta el año 1.053. Por iniciativa del rey García, en ese mismo año, se inició la construcción de un nuevo monasterio con el nombre de Yuso para guardar las reliquias del santo. Originariamente el monasterio era románico pero de esto no quedan restos ya que se reconstruyó en el siglo XVI.


 La portada barroca del actual es del siglo XVII; fray Juan Rizzi fue el autor del retablo y de los lienzos que decoran el salón de reyes. La biblioteca de un valor extraordinario conserva códices e incunables.
Fray Diego Urrutia parecía salido de una reyerta con el diablo que atormentaba a San Millán. Los pocos cabellos que le quedaban estaban enmarañados y el rostro ennegrecido. Unas profundas cuencas escondían unos avispados ojillos. Parecía muy enfadado, haciendo honor a su apodo.


 Hechas las presentaciones, y a la vista de que el Abad se hacía el remolón y no acababa de salir del despacho, Charles sugirió a Fray Diego que pasearan por el deambulatorio y éste aceptó encantado. Por las miradas, dedujo que no era precisamente una relación de hermandad la que mantenían ambos frailes.
Charles no se anduvo por las ramas:
.- Quiero que me traduzca esto.
Le dijo poniendo en sus manos las cartulinas aún enrolladas. El viejo fraile ni las miró.
.- ¿No quedan traductores en el Vaticano?

Preguntó mientras clavaba sus ojos en los de Charles.

.- Su Eminencia el cardenal Capello me ha proporcionado su nombre, debe confiar mucho en usted.

El político intento de halagar al “Huraño” no le sirvió de nada pues éste respondió rápidamente.

.- No conozco de nada a su Eminencia y mis conocimientos de lenguas muertas no han interesado nunca en el Vaticano ¿porqué ahora? ¿Acaso los Jesuitas no son de fiar?


.- Hermano – intentó apaciguar Charles a aquel visceral y al parecer resentido fraile – qué más da jesuitas, benedictinos o franciscanos todos estamos al servicio de nuestro Señor. No se trata de instituciones dentro de la Iglesia, sino de usted, Diego Urrutia, es al hombre a quien reclamamos este servicio.
El “Huraño” no volvió a hablar, desplegó las cartulinas y las miró atentamente.

.- Arameo con algunos errores gramaticales. – Se volvió de espaldas- venga mañana.
Aquello fue una despedida, entendió el sacerdote al quedarse solo en el deambulatorio. Se prometió a si mismo no aceptar la llamada al refectorio si se lo ofrecía el Abad, y fue a verlo para asegurarse de que no intentaría llevar su curiosidad más allá, aprovechándose de su cargo.
El resto del día había transcurrido en un intento baldío de visitar el monasterio de Suso ya que se encontraba en obras de restauración y estaba cerrado al público, optó por quedarse en el hotel debido a las bajas temperaturas.
A la mañana siguiente, tan fría como su predecesora, Charles fue a buscar la traducción de los textos.
.- Son una sarta de tonterías.
Le dijo el “Huraño” al entregarle las cartulinas y tres folios manuscritos. A continuación, sin más conversación y sin más despedidas, el fraile desapareció.
Ya de nuevo en la habitación del hotel se dispuso a repasar con toda su atención los escritos del malhumorado fraile.
La letra era cuidadosa y en caracteres de gran tamaño, lo que le facilitaría su comprensión:
“Enjugué el rostro sangrante de mi hermano con el paño, algunas de las afiladas espinas de su cabeza me hirieron, mientras María, nuestra madre, se desvanecía a mi lado. Recordé cuando siendo pequeña Él me curó de una astilla de madera que se clavó en mi mano mientras jugaba.

Entonces me dieron un golpe que me apartó de mis pensamientos y vi como Jesús se tambaleaba calle abajo con el “patíbulum” sobre los hombros.

Obligué a mamá a levantarse y seguimos a la muchedumbre, yo esperaba un milagro exigía del Padre, a quien Él tanto amaba, que parara aquella locura y aquel odio.

Me dijeron que había más crucificados pero yo no los vi, sólo le veía a Él y oía voces, gritos y risas”


A Charles le temblaban las manos, él no era fácilmente impresionable y aunque pensaba que aquellos escritos eran falsos, en el fondo de su corazón se estableció una corriente de íntima simpatía con aquella supuesta hermana de Jesús de Nazareth.
No se sentía con fuerzas para acometer la lectura del siguiente escrito y se tomó su tiempo, paseó por el hotel hasta la hora de la comida y no fue hasta horas más tarde cuando se decidió:

“Tomás, amigo y discípulo de Jesús, mi hermano:

He entregado a mi hermano Judas estas epístolas para que te las haga llegar, me encuentro sin fuerzas para seguir escribiendo, me duele mucho y es como si todo lo reviviera de nuevo.

Sé que Simón y ese Pablo de Tarso han cambiado las palabras de Jesús y han hecho lo que Él no haría nunca. Tú lo sabes, no pueden hacer creer su muerte como un sacrificio para el perdón de los pecados de los hombres (como si fuera Baal).

Él nos enseñó que el Padre es amor y ahora nos lo presentan como un juez implacable que exige sacrificios.

Me pregunto para qué sirvió todo si sus discípulos lo único que parecen ambicionar es ocupar el trono de poder de sus verdugos, convirtiéndose en príncipes de los sacerdotes.
No sé si podré verte más, aquí la situación es muy difícil, el cerco de Roma se estrecha por momentos.
Charles guardó los documentos, no le apetecía ponerse en contacto con Capello y decidió esperar los resultados de los análisis del ánfora. No podía pensar, una sensación de angustia le embargaba.
El resto del día lo pasó rezando.

CAPÍTULO VII

 FRAY BARROSO



    “Judas siervo de Jesucristo, hermano de Santiago, a los elegidos y amados de Dios Padre y conservados para Jesucristo: os deseo en abundancia la misericordia, la paz y el amor. Queridísimos, tenía un gran deseo de escribiros acerca de vuestra común salvación, y me he visto obligado a hacerlo para exhortaros a luchar por la fe, que de una vez para siempre ha sido transmitida a los creyentes.


    Porque se ha infiltrado entre vosotros algunos hombres, destinados desde antiguo a caer en la condenación, gente malvada que han convertido en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan a nuestro único dueño y Señor, Jesucristo...”.

    Charles cerró la Biblia, y cayó en una profunda reflexión. El abatimiento que le produjo la lectura de los manuscritos dio paso en él a un arrebato místico que le llevó a refugiarse en el monasterio de El Palancar mientras esperaba el resultado de los análisis del ánfora. De su derrumbe emocional pasó a una serena introspección y aislamiento que fue respetado por la pequeña comunidad de una forma exquisita, incluso por el padre Barroso quien parecía vivir en un mundo paralelo, al margen de todos.

El Palancar (Cáceres)

    Desde su salida del seminario no había reflexionado tanto, por primera vez se dio cuenta en lo que la maquinaria de la Iglesia lo había convertido, en un ejecutivo de maletín cuyo objetivo era la defensa de los intereses políticos, sociales y económicos de una organización donde todo, absolutamente todo, estaba regulado y preestablecido.

    Aquella carta de San Judas, justo antes del Apocalipsis, al parecer sin tener la categoría de epístola, siempre le pasó desapercibida; ¿era este Judas al que se refería la supuesta hermana de Jesús?

    Se preguntó si alguna vez había reflexionado sobre lo que leía. Ahora le resultaba todo tan contundente como en Marcos 6,3 señalando cuatro hermanos varones de Jesús.

    “¿No es éste el carpintero, el hijo de María y el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón?

    Mateo (13-54,58) era mucho más explícito, no sólo hablaba de cuatro hermanos sino de hermanas en plural:

    Se fue a su tierra y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente asombrada decía: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos prodigios? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos?” Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros?

    ¡Dios mío! ¿Cómo se ha podido dogmatizar la virginidad? ¿Es que acaso no podemos pensar en ello, y debemos considerarlo un misterio como el de la Santísima Trinidad?

    A pesar de todo en él empezó a producirse un cambio, por primera vez se sentía identificado con el Nazareno como si lo encontrara más cercano y accesible.

    Llevaba dos días en el monasterio y sabía que su estancia no se prolongaría mucho más, en cualquier momento recibiría la llamada del profesor Ruiz y muy a su pesar marcharía primero a Madrid y después a Roma.

    El padre Barroso se encontraba al otro lado del jardín sentado en su banco como en él era habitual, Charles sintió la necesidad de hablar con él y resueltamente se dirigió a su encuentro.

    Después de preguntarle por su salud y hablar de lo rutinario de la vida conventual Charles, se decidió y abordó el tema que tanto le interesaba:

    .- Reverendo Padre, quisiera preguntarle su opinión sobre un tema que me preocupa.

    El hermano Barroso manifestó su predisposición para escucharle, ayudarle y aconsejarle, si estuviera en su mano.

    .- Padre, ¿qué sucedería si la Virgen no fuera virgen?

    El fraile no mostró ninguna extrañeza ante la pregunta, muy al contrario, pareció desenvolverse como pez en el agua ante tan delicado asunto:

    .- Querido hermano, me haces esta pregunta desde un corazón angustiado y confundido y debes serenar tu corazón. En los Evangelios no se oculta que Jesús tenía una familia numerosa, como buenos judíos cumplieron la ley: “Sed fecundos y multiplicaos”, como recordarás del Génesis. Marcos, Mateo y Lucas son categóricos:

    “Llegaron la madre y los hermanos de Jesús; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. La gente estaba sentada a su alrededor cuando le dijeron: mira, ahí fuera te buscan tu madre y tus hermanos y hermanas”.

    El resto hermano Charles, supongo que ya lo sabes.

    .- Entonces, ¿qué motivo tiene lo de la virginidad?

    El viejo franciscano se encogió de hombros, pero ante la ansiedad que veía en el rostro de Charles le respondió:

    .- Si no hay virginidad ¿hay Dios?. ¿Es que acaso Jesús deja de ser quien es porque su madre es mujer?

    Aquellos dos interrogantes flotaron en el aire unos instantes casi amenazadoramente, Charles ni tan siquiera se había planteado esta cuestión. Él pensaba en la Iglesia, nunca dudó de Jesús.

    .- Entonces, la Iglesia miente.

    .- La Iglesia es una institución humana amigo mío, no sé lo que motivó a los Padres de la Iglesia a hacer bandera de la virginidad, quizás fuera para conectar con creencias ya arraigadas en el hombre y así extender su filosofía más rápidamente.

    << El nacimiento de un dios, de una madre virgen, no es exclusivo del Cristianismo.

    Esta última afirmación desconcertó a Charles, evidentemente, el viejo fraile había profundizado en el tema, lo que en cierta forma apuntaba que no desconocía el contenido de los manuscritos. Sin decir palabra le interrogó con la mirada.
Reino Nabateo (Petra, Jordania)

    .- ¿Conoce el reino Nabateo?

    .- Someramente.

    .- Era un reino pre-cristiano, al sudoeste de Jordania, cuya capital fue Petra. Este pueblo semita alcanzó un alto desarrollo cultural, como lo demuestra la monumentalidad de Petra. En este reino la virgen “Chaabou” alumbraba al dios “Dusares”. Por si esto fuera poco, en Alejandría, mucho antes de nuestro Señor, la virgen “Kore” daba a luz en una cueva al dios “Fon”.

    Charles se debatía entre la incredulidad y la indignación, si se empezaba a poner en duda la palabra de la Iglesia ¿qué quedaría? Así se lo manifestó al padre Barroso.

    .- Jesús nos trajo algo importantísimo, la seguridad de que no estamos solos, de que un Padre maravilloso está con nosotros, un Padre con mayúsculas, no un legislador ni un juez. Y para conectar con este Padre nos propone una aventura fascinante, la aventura de una filosofía, una línea de pensamiento de la que nos ha marcado las pautas y que  debemos desarrollar como un camino que nos conduce a nosotros mismos, porque en nosotros está el altar; el templo intrínseco del Dios Vivo.

    Charles se sintió confortado, la llamada al refectorio interrumpió la conversación, y se propuso a sí mismo continuar hablando con el sabio religioso en cuanto hubiera lugar. Cuando marchaban el anciano cogió su brazo y le comentó:

    .- Para los fenicios el dios más cercano era “Baal”, el cual tomaba diferentes nombres. Este dios, cuando se terminaba la recolección de las cosechas se autoinmolaba para redimir a los hombres ante el todopoderoso, inalcanzable e inmaterial “El”, una especie de dios supremo, el más importante de la trinidad formada por “El”, “Asherat”y “Baal”. ¿Le recuerda algo?

Y

    Aquella misma tarde sonó su teléfono:

    .- ¿Padre Poitiers?  
    .- Sí, dígame.
    .- Soy Ruiz, del CSIC.
    .- ¡Ah! Buenas tardes profesor, ¿Qué noticias tiene para mí?
    .- Su encargo está terminado.
    .- Entonces, mañana por la mañana estaré en su despacho.
    .- Reservaré mesa para comer.
    .- Gracias profesor. Por cierto, ¿puede adelantarme algo?
    .- Por supuesto que sí. En el ánfora se han encontrado restos de Añil, Carbonato Potásico, cal viva y goma arábiga. Con estos componentes y agua se puede obtener una tinta permanente de calidad bastante aceptable.
    .- ¿Se ha determinado la antigüedad?
    .- Sin duda, es un ánfora romana del año I de nuestra era.

CAPÍTULO VII


 TIBERIADES


 Jesús abría la marcha, caminaba a grandes zancadas con la túnica recogida a la cintura, Josué y yo le seguíamos disfrutando de uno de los días más hermosos de aquella naciente primavera; todo el campo estaba florecido y en el aire flotaban mil aromas diferentes, la hora séptima estaba cercana, como cercano estaba el “Yan” .

    Hacía cinco días que conocía a Jesús, le expliqué mis tribulaciones y el mensaje de mi madre. Le hablé de mi odio a los “Kittim” y que buscaba la libertad de Israel. Él sólo me dijo:

    .- Sígueme Leví, engrasa bien tu espada pues nunca volverá a probar sangre.

    No me dijo nada más, ni habló de planes de lucha, ni de organización, ni de nada.

    Los primeros tres días transcurrieron en la más absoluta monotonía. El campamento, en realidad, estaba formado por tres tiendas de las siete que vimos a nuestra llegada, cuatro eran de unos fenicios que marcharon el mismo día. Así pues nosotros sólo éramos seis, Santiago y Simón que eran hermanos de Jesús; Simón era el más joven, casi un niño, Jacobo y Josué, íntimos amigos del Rabí, Él y yo mismo.

    La tarde anterior manifestó su deseo de marchar a Nahum y la conveniencia de mantener el campamento, así nos dividimos en dos grupos, teniendo yo la suerte de acompañarle y de esta manera romper la tediosa rutina.

    Josué me había confesado que desde la curación del sordo se sentía incómodo, la complicidad y camaradería que antes tenía con Él dieron paso a un cierto alejamiento, ya que le costaba trabajo considerarle un maestro.

    Jesús detuvo sus largas zancadas y esperó que estuviéramos a su altura, echó sus largos brazos sobre nuestros hombros y nos dijo: 

    .- ¡Mirad!

    Entre dos robustos álamos se veía una franja azul verdosa que destacaba bajo un cielo luminoso limpio de nubes, las calandrias nos dieron la bienvenida y las elegantes gaviotas planeaban en dirección a las aguas.

    .- Debemos llegar a tiempo para comer.

    .- Jesús hijo de José, – le increpó Josué – te recuerdo que nos hiciste venir sin dinero y sin provisiones. ¿Dónde comeremos?

    .- Hombre de poca fe – respondió el Rabí – el último que llegue no comerá.

    Salió corriendo colina abajo buscando el mar, nosotros nos miramos y al unísono salimos como caballos desbocados, gritando y riendo.

    Caímos al agua jadeantes y felices, me preguntaba cómo aquel niño grande salvaría a Israel.

    Tras chapotear un rato, y totalmente empapados, continuamos nuestro camino hasta la cercana Nahum mientras las vestiduras se secaban sobre nuestros cuerpos.

    Nahum no eran más de veinte casas, algunas cerca del mar y otras en la falda de una colina. Aunque abundaban los animales domésticos, la actividad principal y eje de la economía de la aldea era la pesca.

    A aquellas horas se veían en el mar numerosas barcas, varias de las cuales tenían desplegadas las triangulares velas señal de que regresaban a la costa.

    Llegamos ante una casa con un enorme patio bordeado por una cerca de cañas y juncos, la puerta estaba abierta y Jesús se introdujo en el patio, Josué y yo le seguimos a distancia.

    Cerca de la casa un anciano se dedicaba a remendar unas redes, al ver a Jesús se levantó rápidamente y dando un grito de alegría corrió hacia Él abrazándole.

    .- Es el viejo Zebedeo, el padre de Jesús y Él mismo le han reparado las barcas en muchas ocasiones.

    Agradecí a Josué su información. Aquel hombre, a pesar de estar en el declive de su vida, era fornido y ágil, como todos los pescadores no llevaba túnica sino unos holgados calzones que se ataban a la cintura y llegaban hasta las rodillas.

    Hechas las presentaciones, el Zebedeo llamó a una mujer que de inmediato trajo una jarra de vino mezclado con agua y cuatro cuencos.

    Nos acomodamos en el suelo junto a la red y tras confortarnos con un trago de aquella áspera bebida, el Zebedeo se dirigió a Jesús.

    .- Loado sea el Altísimo, estábamos preocupados por ti, la semana pasada Santiago fue a Nazareth para tener noticias tuyas.

    .- Ya ves que estoy bien – contestó Jesús - ¿Dónde están Santiago y Juan?

    .- Juan está pescando y Santiago ha acompañado a Andrés, el hermano de Simón, a Magdala.

    .- ¿Simón?

    .- Sí, tú le conoces, hace dos veranos te encargó unos remos nuevos.

    Jesús cerró los ojos un momento intentando recordar y luego asintió con la cabeza.

    .- ¿Ahora vendéis la pesca en Magdala?

    .- No. Continuamos vendiendo en Tiberiades, la mayor lejanía se compensa con mejores precios. Sucede que la suegra de Simón ha enfermado gravemente y éste, ya sabes, no es buen seguidor de la ley. Piadosamente, su hermano Andrés ha marchado a la casa de oración para hacer ofrendas que rediman los pecados, que por ignorancia, no me cabe duda, haya cometido la pobre mujer. Santiago decidió acompañarle pues le une una buena amistad.

    .- ¡Mira, ya viene Juan!

    Juntos se acercaron a la orilla mientras una barca grande llegaba a la arena. Un joven al vernos llegar saltó y corriendo se puso a nuestra altura saludando al Rabí calurosamente, otros dos hombres se afanaban en varar adecuadamente la barca.

    .- ¿Qué tal la pesca, Juan?

    La pregunta de Jesús fue respondida con un gesto de disgusto por el jovencísimo pescador.

    .- Hace días que la pesca está mal, apenas se captura para el consumo.

    .- Juan, quiero que me lleves a casa de Simón.

    .- ¿De Simón? ¿Le conoces?

    .- Poco, pero quiero conocerle.

    .- Ahora está en el mar.

    .- Es igual, tú llévame.

    .- Espera que ayude a los hombres a varar la barca y estoy contigo.

    .- Josué hará ese trabajo, vámos.

    El viejo Zebedeo y Josué marcharon hacia la barca, yo no sabía que hacer pero Jesús me llamó y me incorporé al rápido caminar que ellos llevaban.

    .- Aquella es la barca de Simón.

    Dijo Juan señalando a la que se encontraba más lejana y que aún mantenía las velas arriadas, señal de que continuaba trabajando.

    La casa de Simón no difería en demasía de la del Zebedeo, quizás un poco más humilde, apenas tenía patio.

    A pesar de no estar el cabeza de familia la puerta se nos franqueó de inmediato, pues Juan no sólo era bien conocido sino apreciado por aquella familia.

    En el nivel más bajo de la amplia sala en la que entramos picoteaban algunas gallinas que la mujer que nos abrió la puerta se apresuró en espantar. En el nivel más alto y junto al fuego, sobre unas esteras, una mujer se arropaba con un manto de piel de camello. Jesús se acercó:

    .- Aquí hace mucho calor. ¿Qué le sucede?

    .- Tiene mucha fiebre y tirita de frió.

    .- ¿Cuándo comenzó a sentirse mal?

    .- Ayer por la tarde.

    Jesús quitó el manto a la mujer entre las protestas de la otra matrona que comenzó a maldecirle. La cogió en brazos, parecía que llevara un muñeco inerte dado la debilidad que tenía. La puso junto a la puerta del patio sobre una estera que me pidió y que yo mismo trasladé a aquel lugar. El Rabí se sentó a su lado, parecía reflexionar. Al poco la mujer abrió los ojos, el frescor de la calle le hacía remitir la fiebre aunque temblaba de frío. Juan se acercó con el manto pero Jesús le prohibió que la arropara.

Pidió aceite que hizo beber a la enferma, hubo que obligarla y a mí me correspondió aguantar aquella ardiente cabeza de tez amarillenta y cabellos sucios y aceitosos. En cuanto la soltamos la mujer empezó a quejarse y a gritar lo que atrajo a varios vecinos y tras algunas arcadas vomitó sobre la estera en que estaba recostada.

Jesús se levantó, se dirigió a la otra mujer y le dio algunas instrucciones. Después, cogiendo por el brazo a Juan le dijo:

    .- Vamos a comer.

    Y abriéndose paso entre los vecinos que se agolpaban en la puerta se marchó, yo le seguí, mientras la gente a mis espalda preguntaban qué quien era aquel joven “Rofe”.
 
    La comida fue abundante y la alegría reinó en la mesa.  Jesús habló de muchas cosas y matizaba algunos puntos de la ley que el viejo Zebedeo estimaba confusos. Yo bebía sus palabras y me esforzaba en aprender de aquel joven maestro.

    En plena tertulia llegó Santiago, el hermano de Juan, quien tras manifestar su alegría por la presencia de Jesús y hacer sus abluciones pidió comida que devoró con un apetito envidiable. Una vez satisfecho se dirigió al maestro:

    .- Jesús ¿De dónde te viene a ti el don para curar? Cuando dejé a Andrés la suegra de Simón estaba levantada, débil, pero sin fiebres. Me han dicho que lo hiciste tú.

    .- Demos gracias al Altísimo.

    Contestó Jesús sin dar más importancia al asunto.

    Más tarde llegaron Simón y Andrés quienes manifestaron su reconocimiento y ofrecieron sus servicios a Jesús con el que se consideraban deudores.

    .- Simón, ¿Cómo te ha ido la pesca?

    La pregunta de Jesús despertó todos los malos humores de Simón, quien maldijo y escupió antes de contestar:

    .- Mal, hijo de José, muy mal. No he sacado ni para pagar al maldito recaudador. Cuando mis hijos me pidan de comer les tendré que dar el águila de Roma para saciar su apetito.

    .- Saldremos a pescar esta tarde.

    .-¡ Pero Jesús, - intervino Santiago – es inútil, hasta que no cambien los vientos no habrá pesca!

    .- ¡Maldita sea! – Simón escupió de nuevo – Estoy en el mar desde el amanecer y no he pescado ¿porqué crees que pescarás esta tarde? ¿Pretendes saber más de pesca que yo?

    Jesús se levantó y dirigiéndose a Simón habló:

    .- Acabas de reconocer que estás en deuda conmigo, pues bien, salgamos a pescar y tu deuda será saldada.

    Simón no tenía opción. Nos dirigimos al embarcadero, entre aquella comitiva sólo se oían las maldiciones de Simón tan exageradas que acabamos todos riendo. Jesús echando un brazo sobre su hombro y entre risas le dijo:

    .- Tú no eres Simón, eres “caput petrus” – las risas arreciaron y Jesús se volvió a los demás diciendo – Yo os haré pescadores de hombres.

    Ninguno lo entendimos, pero las chanzas y las risas continuaron hasta que llegamos al embarcadero.

    Algunos de los pescadores que trabajaban habitualmente tanto para Simón y Andrés, como para los Zebedeos se encontraban allí, así que habilitaron dos barcas que rápidamente se hicieron a la mar.

    Yo me quedé en la orilla con Josué ya que nuestro concurso no era necesario y Simón no quería “tímidas labriegas” en los barcos.

    A las dos horas regresaron. No sé lo que pasó en el mar, pero las dos barcas venían tan cargadas que casi se hundían. En los rostros de los pescadores más que alegría se veía estupefacción. Una vez varadas las barcas Simón saltó a tierra y se arrodilló ante Jesús.

    .- Jesús, hijo de José, no sé que extraño poder tienes, dime ¿qué quieres que haga?

    .- Ya te lo he dicho. Te haré pescador de hombres, si me sigues.

    .- Está noche - intervino Andrés – haremos una fiesta en tú honor.

    .- Allí estaré, ocupaos ahora del pescado, pues tenéis trabajo.

    Jesús se alejó mientras las tilapias y las sardinas esperaban ser recogidas. Josué y yo nos quedamos a ayudar.

    Aquella noche muchos vecinos aquejados de dolencias se acercaron a la casa de Simón, Jesús les confortaba y algunos salieron de allí sanos. Él nos estuvo hablando hasta altas horas de la noche.

CAPÍTULO VIII




Jesús se había creado una gran popularidad en Nahum, su fama de sanador y sus enseñanzas y comentarios sobre las escrituras corrían de boca en boca, así mismo, aquella extraordinaria pesca no despertó sólo admiración, sino la codicia de pescadores que desde muy temprano le esperaban para invitarle a subir a sus barcas. Tanto Simón como Andrés y los Zebedeos se dedicaron aquella mañana a la venta del pescado. Josué y yo nos dimos cuenta por primera vez de la dificultad que suponía contener a la gente que sólo quería oír a Jesús y que éste solucionara sus problemas. Tampoco eran infrecuentes los comentarios desfavorables, particularmente de los fariseos, quienes sospechaban que el Rabí no actuaba de acuerdo a las leyes.



    A media mañana Jesús decidió dar un paseo y con Él nos dirigimos al embarcadero donde se comercializaban los productos del mar. En una pequeña habitación estaba el recaudador de impuestos un tal Leví de Alfeo a quien, por el hecho de desempeñar esa función, despreciábamos todos los que seguíamos los dictados del Altísimo, loado sea su nombre. Al pasar nosotros junto a su puerta éste salió y nos llamó, Josué y yo escupimos en el suelo, pero sorprendentemente Jesús se paró y volviéndose al publicano le dijo con una sonrisa:



    .- ¿Qué deseas?



    .- Rabí, realizo un trabajo que si no hiciera yo lo haría otro, sin embargo, no se me permite entrar en la casa de oración. A pesar de mi trabajo soy hombre piadoso y me gustaría escuchar tu palabra como lo hacen todos.



    Debo reconocer que aquel hombre era valeroso, pues lo único que conseguiría es que se le despreciara públicamente. Cual no sería mi sorpresa cuando escuché a Jesús:



    .- Disponlo todo, esta noche cenaré en tu casa.



    Continuamos paseando. Al principio tanto Josué como yo quedamos mudos, luego la indignación se apoderó de nosotros e increpamos duramente a Jesús. Éste aguantó nuestros improperios con una sonrisa y viendo que no hacíamos mella en Él acudimos a los razonamientos.



    Ninguna persona de bien acudiría a aquella cena. ¿Era lícito que Él, nuestro maestro, comiera entre publícanos y pecadores?.

    .- El Rofe no atiende a los sanos sino a los enfermos. ¿No sería una pérdida de tiempo dar mis enseñanzas a quienes ya saben?. No he venido a buscar a los justos sino a los pecadores. Igual que el sanador va a los enfermos y no a los sanos.

    No lo entendía. Los pecadores debían rendir cuentas a Dios lo mismo que los enfermos, ya que su enfermedad era el castigo por sus pecados. Aquel hombre me desconcertaba.

    Cuando Simón y los demás regresaron se estableció una agria discusión por el mismo tema y yo me marché.

    Toda la tarde y la noche la pasé junto al mar, pensaba en volver a Judea y abandonar la compañía de aquel carpintero reconvertido en maestro. Pero las palabras de mi madre volvían a mí una y otra vez. Cuando conseguía dormirme veía en mis sueños el rostro de Jesús y sobre todo sus ojos, como agua clara que me envolvían.

    A la mañana siguiente estaba a la puerta de los Zebedeos a los que Jesús llamaba también “Boanerges” (2), no sé por qué razón.

    Nadie me dijo qué pasó en la cena a la que sólo asistió Jesús, pero aquel Leví, también llamado Mateo, se hizo habitual entre nosotros.

    A la mañana siguiente marchamos para desmontar el campamento de las tierras altas pues nos instalaríamos en Nahum. Los hermanos de Jesús volvieron a Nazareth y Jacobo marchó a Caná a fin de preparar sus esponsales.

    Por aquel entonces la fama de Jesús se había extendido hasta tal punto que venían a verle de todas partes. Los Zebedeos fueron los primeros que dejaron su trabajo como pescadores, el publicano Leví y Andrés después y algunos más, yo empezaba a ver una organización que me llenaba de satisfacción. La gente nos hacía donaciones por lo que la supervivencia del grupo estaba garantizada. Al Rabí se le consideraba un hombre santo y a nosotros se nos respetaba. Fue a Simón a quien se le ocurrió que, dada la dificultad de controlar a tanta gente, Jesús diera sus enseñanzas desde una barca, la mayoría no sabía nadar y se impedía así una avalancha humana.

    Así fue como cada día a la hora sexta las gentes podían escuchar la palabra de nuestro amigo. Éste, cada vez con mayor frecuencia, utilizaba una forma de hablar que requería una reflexión profunda por parte de los que escuchábamos.

    .- Escuchadme:

    “Un hombre salió a sus campos a sembrar y al hacerlo parte de la semilla cayó junto al camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó sobre un pedregal donde había poca tierra, y brotó enseguida porque la semilla no tenía profundidad en la tierra; pero al salir el sol la abrasó y por no tener raíz se secó; otra cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, la ahogaron y no dio fruto. Otra parte cayó en tierra buena y dio fruto lozano y crecido”. El que tenga oídos que oiga.
   
    Aquel mismo día un joven llamado Judas se nos acercó:

    .- Rabí, te he escuchado atentamente y creo haber entendido tu parábola. Estás hablando de un mal sembrador, el buen sembrador cuida sus semillas, que es su patrimonio e intenta rentabilizarla al máximo. ¿Porqué no empleas tu palabra en los foros donde sea totalmente aprovechada?

    Jesús pareció complacido por aquellas palabras y nos hizo sentarnos a su alrededor, dejando un lugar de privilegio frente a Él al joven Judas.

    .- Cuando hablo la gente escucha y no oye ni entiende, miran y no ven. En ello se cumple la profecía de Isaías:

“Oiréis pero no entenderéis,
miraréis pero no veréis.
Porque la mente de este pueblo
está embotada,
tiene tapados los oídos
y los ojos cerrados,
para no ver nada con sus ojos
ni oír con sus oídos,
ni entender con la mente
ni convertirse a mí
para que yo los cure.”

    << ¡Dichosos tus ojos Judas, porque ven, y tus oídos porque oyen!. Os aseguro que muchos profetas, muchos justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

    .- Entonces Rabí – intervino Simón - ¿Porqué le hablas a todos?

    .- Oídme:"El reino de Dios es semejante a un hombre que sembró buena semilla en un campo. Mientras sus hombres dormían, vino su enemigo esparció cizaña en medio del trigo y se fue. Pero cuando creció la hierba y el fruto, apareció también la cizaña. Los criados fueron a decir a su amo: ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?. Él les dijo: un hombre enemigo hizo esto. Los criados dijeron: ¿quieres que vayamos a recogerla?. Les contestó: ¡No!, no sea que al recoger la cizaña arranquéis con ella el trigo. Dejad crecer juntas las dos cosas hasta la siega; en el tiempo de la siega diré a los segadores: recoged primero la cizaña y atadla en haces para quemarla, pero el trigo recogedlo en mi granero.”

    Aquel joven se unió a nosotros. Rápidamente simpatizamos ya que él se consideraba un zelote; ambos teníamos un concepto político en el que Israel debería sacudirse el yugo que soportaba desde hacía tanto tiempo y los dos también, veíamos en Jesús el potencial unificador de las diferentes clases y castas cuya división era el soporte de la supremacía romana sobre nosotros.

    El Rabí estaba pensando en difundir su mensaje por el resto de la Galilea por lo que Simón, con gran pesar, empezó a plantearse el dejar su oficio, que según él, era lo único que sabía hacer bien. Se hablaba de Genezareth, Cesárea de Filipo, Betsaida Julias e incluso más allá de la Galilea, en Tiro y Sidón.

    Pero primero era preceptivo que antes de ausentarse tanto tiempo Jesús, como cabeza de familia, se ocupara de los esponsales de su hermana y con esta idea los más cercanos a Él marchamos a Cana, mientras Él mismo, con Josué y Juan se dirigieron a Nazareth para junto con toda su familia desplazarse hasta Caná.

    Eran tiempos felices, al ser un grupo numeroso no temíamos circular por los caminos, cualquier partida de ladrones lo pensaría antes de atacarnos, todos estábamos armados y dispuestos. Simón, Santiago Zebedeo, Andrés, Judas el publicano, Leví y yo cantábamos alegremente y bromeábamos acerca de los esponsales de nuestro correligionario Jacobo.

Y

    Llevábamos dos días en Caná cuando la comitiva del maestro llegó. Entre salutaciones y abrazos se produjo mi segundo encuentro con María, la madre, quien con fuerza asió mis manos y con un brillo de alegría en sus ojos me preguntó:

    .- Leví, amigo mío, ¿has encontrado lo que buscabas?

    Yo sonriendo asentí, aunque aún tenía muchas dudas; había reflexionado y madurado lo suficiente como para afirmar y así lo hice, señalando a Jesús que corría con su hermana pequeña.

    .- ¡Es el hijo de la Promesa, Él salvará a Israel!

    María me envolvió con una cálida mirada de agradecimiento y se volvió para atender y saludar a otras personas.

    Fue una fiesta inolvidable. Jesús, como cabeza de familia, hubo de ocuparse de que no faltara de nada. El vino se acabó y no dudó en marchar con un carro a buscar varias tinajas.

    Aquellos días en Caná fueron reconfortantes antes de empezar el cometido itinerante que tenía previsto el maestro. 
  
Y
    
   Un día los discípulos del Bautista vinieron a vernos y nos comunicaron su muerte. Jesús se retiró, pues era pariente suyo. Cuando volvió se sentó con nosotros junto al fuego y nos preguntó:

    .- ¿Quién dice la gente que era Juan?

     Cuatro, o tal vez cinco voces se alzaron respondiendo: ¡Un profeta!

    .- Y, ¿Quién dice la gente que soy Yo?

    Tomó la palabra Felipe que era discípulo de Juan y dijo:

    .- Unos dicen que eres la encarnación de Elías, otros que de Jeremías, algunos no se decantan pero creen que en ti vive algún profeta ya fallecido; los que no conocen a Juan te confunden con él.

    Jesús reflexionó durante un rato mientras a pequeños sorbos bebía de un cuenco de reconfortante vino caliente, después se dirigió a los que le seguíamos desde hacía más tiempo:

    .- Y vosotros ¿Quién decís que soy?

    Simón se adelantó a todos:

    .- Tú eres un maestro, un enviado del Altísimo, loado sea su nombre, el Mesías de la promesa.

    No todos estaban de acuerdo en la totalidad de la afirmación. Cierto es que a veces lo sentíamos de esa manera, pero en otros momentos no. Yo tenía una gran duda y pensé que aquel era el momento oportuno para aclararla.

    .- Maestro, te he visto curar la lepra y otras enfermedades, el Levítico nos indica que las personas aquejadas de estas dolencias son impuras pues han pecado y sólo el Altísimo, loado sea su nombre, puede perdonar su pecado y, por tanto, sanarles. Si tú sanas a un leproso ¿no estás incumpliendo la ley de Dios?

    .- ¿Recordáis las palabras de Isaías:

“ Este es mi siervo, mi elegido,
mi amado, la alegría de mi alma;
pondré mi espíritu sobre él
para que anuncie
la justicia a las naciones.
No disputará ni gritará,
nadie oirá su voz en las plazas.
No romperá la caña cascada
y no apagará la mecha humeante
hasta que haga triunfar la justicia.
En él pondrán las gentes
sus esperanzas”.

    Dejó transcurrir un instante para que asimiláramos lo que había recitado, después continuó.

    .- Si el hombre enfermo ha pecado y su sanación sólo se produce por el perdón de sus pecados y yo hago esto, es porque me ha sido dado de arriba. Luego, o yo soy Dios o los sacerdotes mienten. Ellos esperan las ofrendas que especifica la ley. Pero yo os digo que mi Padre no es un legislador.

    Todos quedamos confundidos, sabíamos que su padre era “tektón”. ¿A qué venía decirnos ahora que no era legislador?

    .- Os traigo una buena nueva, Dios es como un Padre y como tal ama a sus hijos, a partir de este concepto todo está por inventar. Abrid vuestros corazones y lo entenderéis.

    .- Jesús – intervino Juan – los Esenios están contra la esclavitud e incluso compran esclavos para liberarlos. ¿Qué nos dices tú al respecto?

    .- Amado Juan, te he hablado y estás sordo. Os he dicho que hagáis del amor la piedra en la que se sustente el edificio de vuestra vida. ¿Pondrías cadenas a quien amas?

    .- Perdóname maestro – habló Santiago – pero debes contestarme ¿eres tú el Mesías?

    .- Recordáis que Juan el Bautista apenas comía, ni bebía y de él decían que tenía un demonio en su interior. Yo como y bebo y dicen de mí que soy un comilón y un borracho, amigo de publícanos y pecadores. Mirad de mí en mis obras y contestaos vosotros mismos.

Y

CAPÍTULO IX
obra de Iván Kramskoi (1872)

    Aquella noche pasó y creo que todos, no sólo yo, perdimos la oportunidad de profundizar más en las palabras de Jesús, nos confundía tanto que sus respuestas quedaban en el aíre sin que nadie se atreviera a recogerlas y preguntar más sobre ellas. Él dejaba entrever algo que ninguno queríamos considerar porque, de ser así, todo en lo que habíamos creído, los sillares de nuestra vida, caerían como una torre de arena azotada por el viento.



    Los días siguientes y los que vinieron después fueron un constante ir y venir de un lugar a otro, las casas de oración se convirtieron en el lugar desde el cual el Rabí ilustraba a las gentes, aunque sus enseñanzas no siempre eran bien recibidas.

    Sucedieron tantas cosas que se me agolpan en la cabeza y pierdo el control para situarlas adecuadamente en el tiempo, pero creo que el orden es lo que menos importa.

    Caminábamos serenamente, no era una mañana placida; el cielo amenazaba lluvia sobre nuestras cabezas. El aire contenía humedad y nos obligaba a cubrirnos y a estar más agrupados que de costumbre.

    Se acercó a nosotros una comitiva al frente de la cual marchaba un notable de la casa de oración al que llamaban Jairo , porque iluminaba a quienes escuchaban sus palabras, este hombre sabio bebía en las fuentes que desde la Diáspora había traído el rabino Hil-lel, aportando un aire fresco a la interpretación de la ley.

    El sabio Jairo se dirigió al maestro y, tras mostrarle su reconocimiento a la fama que le precedía, habló:

    .- Rabí, vengo a ti por una gran preocupación que me embarga. Tengo una hija que está en la frontera de la muerte, sé que no debería molestarte, no es un hijo sino una hija; pero yo la amo tiernamente y te ruego pongas tus manos sobre ella y la sanes.

    Jesús le rogó que le llevara a su casa y todos nos encaminamos rápidamente al lugar.

    No cabía duda que Jairo gozaba de una buena posición; la casa era de dos plantas rodeada de árboles frutales. Al llegar escuchamos un gran alboroto y el sonido de las flautas. Un hombre que era ayudante en la casa de oración, de nombre Tomás, se nos acercó y dirigiéndose a Jairo le habló de esta manera:

    .- Maestro, tu hija ha muerto.

    El abatimiento se reflejó en el rostro del justo y de sus ojos desapareció el brillo de la esperanza. Entonces Jesús habló:

    .- No tenéis que lamentaros, la niña no está muerta, está dormida.

    Estas palabras despertaron la indignación de Tomás, que era un hombre de carácter fuerte, y con gran violencia se dirigió al Rabí:

    .- ¿Crees qué somos necios o estúpidos, qué no sabemos cuando la muerte toma posesión de un cuerpo? ¿Quién eres tú para burlarte del dolor de la gente?

    Jesús no se alteró por el tono de las palabras de aquel hombre, se limitó a decir:

    .- Llevadme con la niña.

    Tomás echó mano a su espada y nosotros en un acto reflejo le imitamos, Jesús seguía inmutable, por fortuna Jairo se interpuso.

    .- ¡No! Haced lo que Él os dice, hombre justo es y nada perdemos.

    Nos adentramos en el patio, el maestro mandó callar a los músicos y a las plañideras y luego pidió a Jairo, a la madre de la niña, a Simón, Juan y Santiago que le acompañaran. Entraron en la casa, en el patio el silencio era absoluto, había empezado a caer una débil lluvia que poco a poco calaba nuestras vestiduras, la voz de Jesús sonó desde dentro y, como si cobrara vida, recorrió todos los rincones del patio para perderse entre los árboles y los campos.

    .-“Talitha Kumi” 

    De nuevo el silencio, no sabíamos qué esperábamos. Nosotros, los discípulos, estábamos expectantes, la niña estaba muerta, no se podía dudar de la sapiencia de Tomás y de los sanadores que la atendieron. Con el rabillo del ojo mirábamos a los criados que tampoco se movían, la expresión de sus rostros denotaba que no admitirían una burla al dolor de su amo. La lluvia seguía cayendo y la tensión aumentaba mientras pasaba el tiempo.

    De repente, un murmullo de admiración y miedo se extendió por el patio cuando una niña de once años, aproximadamente, salió de la mano de Jairo. Jesús, tras él indicó a los criados:

    .- Dad de comer a la niña.

    Juan, Santiago y por último Simón salieron del interior, estaban pálidos y demudados, pero el más afectado era Tomás, estaba a mi lado y su rostro era como la cal al reflejar los rayos de sol, todo su cuerpo temblaba ostensiblemente, por el propio temblor las piernas le flaquearon y cayó al suelo; me dio tiempo a sostener su cuerpo de tal manera que sólo quedó de rodillas. Un hilo de voz salió de sus labios.

    .- Rabí...

    Era una voz casi implorante que yo apenas oí, pues aquel hombre no tenía fuerzas ni para hablar. Pero Jesús, no sé como, le escuchó y acercándose me ayudó a incorporarle.

    .- Rabí... ¿Quién eres que has sacado a la niña del Seol?.
    Jesús sonrió dulcemente:

    .- Soy la voluntad de Abba

    La respuesta dejó, si cabe, más confundido a aquel noble israelita que desde aquel momento se unió a nosotros como uno más.

    El mayordomo de la casa despidió a las plañideras tras pagarles el doble de lo acordado, pues era de mal augurio tenerlas allí sin duelo. A los músicos les ordenó música alegre y mandó preparar unos corderos y traer vino en abundancia.

    Fuimos huéspedes de Jairo hasta el día siguiente.

Y

    De entre todos los seguidores Jesús escogió a doce de nosotros para tareas concretas que no aclaró demasiado, los escogidos fueron: Simón, a quien llamábamos cada vez más “Petrus”, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Leví Mateo, Tomás, Simón de Caná, Santiago de Alfeo, Judas hijo de Santiago y Judas Iscariote. Aunque resulte extraño, ahora lo tengo asumido aunque me costó trabajo hacerme a la idea, un gran número de mujeres venían con nosotros, pero no para realizar funciones de mujeres, sino participando en nuestras reuniones y discusiones con un descaro impropio y al margen de lo que la ley recomienda y obliga. Pero como decía el maestro (yo no estaba muy de acuerdo) “La ley no era más que palabras muertas”.

    Había muchas mujeres entre las que destacaban María la de Magdala, Susana, Ruth, Salomé, y últimamente Juana, que era esposa de Cusa uno de los administradores de Herodes.

    Se acercaba el momento (que yo esperaba con impaciencia) de entrar en Judea. Cierto es que cada año por la Pascua íbamos a Jerusalén, pero en ninguno de estos viajes se hizo predicación alguna ni nada que nos distinguiera de otros peregrinos.

    Jesús mandó a Josué que reuniera a los discípulos que estuvieran dispuestos a ir a Judea a preparar el camino, irían de dos en dos y Josué nos encomendaría a dónde debíamos ir y qué teníamos que hacer; entre hombres y mujeres nos preparamos setenta y dos.
  
Y

    Una mañana al amanecer, con el aire gélido en nuestros rostros, Jesús nos exhortó:

    .- La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Andad!, mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Si allí vive gente de paz, vuestra paz reposará sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.

    Sabéis lo que debéis hacer. Marchad ahora.

    Siguiendo las instrucciones de Josué marchamos escalonadamente. Éramos los ojos y oídos del Rabí y los que prepararíamos su estancia en Judea.

    Jerusalén nos esperaba


CAPÍTULO X





   


ROMA

    Atardecía en Roma. Un cielo gris dio la bienvenida a Charles que suspiró profundamente mientras colocaba su equipaje en el maletero del taxi. Camino del hotel meditaba sobre la forma en que debía enfrentarse al cardenal Capello y las dudas que tenía de una acogida favorable a sus tesis.

    Aquella noche cenaría con su tío a quien, sin comentar la existencia de los manuscritos, había hecho partícipe de sus dudas frente a la virginidad y mitificación de María.

Su tío, un lombardo de la vieja escuela, había cursado estudios de Teología y Ciencias de la Información, siendo actualmente corresponsal en Roma de la televisión pública francesa y columnista de diversos rotativos.



    Para este hombre  el trabajo y el estudio constituían el eje de su vida, profesaba un catolicismo con ciertas tendencias reformistas, defensor a ultranza de las tesis del Vaticano II recriminaba a la actual curia la paralización del proceso y el estancamiento en ideas de corte conservado.



     La idea de ver a su tío le agradaba, siempre había sido para él un modelo en el que reflejarse.



    Tras una ducha rápida y un cambio de indumentaria se encaminó a la Piazza Parma donde estaba la residencia de su tío.



    Pierre Poitiers lo estaba esperando, tras fundirse en un fuerte abrazo, comprobó que no estaba solo, fue presentado a los que en decir de su tío eran íntimos amigos: Monseñor Cinaldi, agregado del Vaticano para América Latina y Giorgio Bonani, un exegeta de reconocido prestigio.

    La cena transcurrió entre banalidades y el recuerdo de lugares comunes. Fue en los postres cuando Pierre abrió la caja de los truenos:

    .- Querido Charles, cuando me comentaste tus preocupaciones no dudé ni un momento de tu buena voluntad y la rectitud de tus pensamientos, pero en ese mismo momento me di cuenta que, lamentablemente, atravesabas una crisis de fe. Por ello, he rogado a estos entrañables amigos que vinieran para intentar serte útil en estos momentos, que imagino, deben ser difíciles para ti.

    Charles quedó pensativo, empezó a lamentar el haber hecho partícipe a su tío de sus inquietudes.

    .- Te equivocas en algo Pierre, yo no tengo, ni en ningún momento he padecido crisis de fe, sigo amando y estando al servicio de nuestro Señor Jesucristo.

    .- Hermano, - intervino Monseñor Cinaldi – si no crees en María es evidente que has perdido la fe en ella.
Madonna de Dalí

    .- Discúlpeme Monseñor, yo no dudo de María, ella es la mujer que tuvo la indiscutible gracia de engendrar y dar vida humana a Cristo. Es por ello digna de todo respeto, reconocimiento y veneración. Lo que pienso es que la Iglesia ha magnificado el papel de María con un culto desmesurado, en algunos casos casi fanáticos, cuyas consecuencias son la preponderancia de ella por encima de Dios Padre. La actitud de los creyentes hacia María es la de buscar una protección al margen de las consideraciones cristianas, como un atajo al cielo.

    .- Amigo mío, - Cinaldi había palidecido – si esto no fuera una conversación informal le estaría acusando de herejía, pero la amistad obliga – dijo señalando a Pierre – y deseo más que nunca ayudarle. ¿Qué entiende usted por “consideraciones cristianas”?

    Charles encendió parsimoniosamente un cigarrillo, mientras se daba cuenta de la dificultad que conllevaba el mantener una conversación sosegada sobre temas que constituían un tabú para las cabezas pensantes de la Iglesia.

    .- Monseñor, es claro y notorio que si Jesús se encarnó no fue para sustituir un Dios por otro, o si lo prefiere mejor, una idea teocrática por otra. Nuestro Señor tomó especial interés en mostrarnos una filosofía de la vida que nos sirviera de puente o de nexo de unión con el Padre. La figura de María no genera ningún tipo de compromiso filosófico, es en sí el acogimiento en el seno, como la búsqueda de la protección materna cuya influencia nos protege de nuestros errores ante el Padre. Sustituimos  maduración de pensamiento por adoración irracional de la que no están exentas las dádivas qué como buena madre debe proporcionarnos María. Ella transmite esperanza, generalmente material, y Jesús seguridad de que llegaremos al Padre por evolución interior.

    .- Sobrino, ¿estás enfrentando a Jesús y a María?

    .- En absoluto, yo no he creado la fe mariana, sólo digo qué sea virgen o no, María es madre con mayúsculas de Jesús de Nazareth y éste es el objeto de nuestra fe. Y es más importante el camino marcado por Él que los atajos que hemos creado a través de su madre.

    .- No es de extrañar – Bonani intervino por primera vez con un tono mesurado y conciliador – que se puedan producir errores en la interpretación de los evangelios, en Marcos 3,31 la referencia a los hermanos de Jesús puede conllevar una interpretación literal, pero ésta sería ciertamente parcial, pues adolece de datos y testimonios que hagan de esta afirmación algo más que una especulación sin base.

    .- Efectivamente – intervino Cinaldi – son bastante débiles los argumentos para afirmar que la palabra hermano designe a parientes, ya que el propio Jesús nos reitera que todos somos hermanos.

    .- Perdónenme – Charles estaba dispuesto a no dar ni un paso atrás en sus criterios – el concepto que Jesús emplea de hermandad es en sí un concepto espiritual. El término de hermano no es usado de forma material en ningún punto del evangelio, cuando Jesús se refiere a Pedro dice taxativamente: “Eres Pedro” no dice: “Eres mi hermano Pedro”; cuando los evangelistas hablan de discípulos no hablan de hermanos. “Jesús envió a setenta y dos discípulos” no dice: Jesús envió a setenta y dos hermanos”. Cuando los evangelistas hablan de hermanos está claro que se refieren a hermanos carnales: “Ahí está tu madre y tus hermanos y hermanas” “mi madre y mis hermanos son los que cumplen la palabra de Dios”.  Con este último concepto de “hermandad espiritual” se puede afirmar la hermandad carnal de los antes citados.

    .- En ese caso mi vehemente amigo – Cinaldi estaba ciertamente molesto – le hubieran dicho a Jesús: “Ahí está tu madre y los hijos de tu madre”. Entonces no habría duda.

    .- En una ocasión en Montreal Antonio Cinaldi me dijo algo parecido. Por cierto, ¿les une algún parentesco?

    .- Antonio es mi hermano.

    .- Luego, no les une ningún parentesco.
    .- Sí, ya le he dicho que es mi hermano.

    .- Pero no me ha dicho “es el hijo de mi madre”.

    Cinaldi enrojeció hasta la raíz de los cabellos, parecía a punto de explotar y cuando habló sus labios se llenaron de espuma.

    .- ¡Pero yo no soy el Hijo de Dios!

    Charles, extrañamente sereno, se dio cuenta que estaba dominando la situación; los argumentos que esgrimían sus oponentes le parecían pueriles y  cada vez se sentía más seguro.

    .- Creo que si algo vino a decirnos Jesús, es que todos somos Hijos de Dios.

    Cinaldi dio un puñetazo en la mesa, había llegado al límite y aquel endemoniado sacerdote larguirucho le ponía los nervios de punta.

    .- ¡Está usted mal interpretando mis palabras!

    .- Dentro de la Iglesia – de nuevo Bonani con su calmada actitud intervino para poner paz – muchos religiosos tienen dudas al respecto pero razonemos: si Dios se hizo hombre en el vientre de una mujer que era consciente de la gracia única de la que era objeto, a la que sería su madre, es imposible que Dios no la haya hecho suya de forma exclusiva.

    .- ¿Se refiere usted a una exclusividad sexual?

    .- ¡Por favor! , Dios está muy lejos de las pasiones humanas.

    .- Luego, para esa “exclusividad” de Dios sobre María, no es determinante que ella tuviera más hijos; ¿O es qué en este caso ella sería impura? La generación de vida, algo tan maravilloso, que ha sido creado por Dios y bendecido por Él mismo ¿es sinónimo de impureza?

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    Un silencio incómodo se adueñó de la sala, tan sólo el tictac obsesivo de cadencia precisa de un reloj de pared rompía el silencio. La tensión iba en aumento por momentos.

    .-  Si usted padre Poitiers, hubiera tenido una experiencia espiritual no estaría discutiendo este punto, porque María siempre virgen, es una intuición que nos llega de la verdad divina.

    .- ¿Ha tenido  esa experiencia?

    Cinaldi se revolvió incómodo en su asiento.

    .- La Iglesia la ha tenido, señor mío, la Iglesia.

    La expresión de Cinaldi fue de triunfo, había dicho algo inapelable: la Iglesia, a la que los votos de obediencia de Charles debían sumisión y aceptación de las verdades establecidas.

    .- ¿Se refiere  a la misma Iglesia que esconde la cabeza como un avestruz cuando aparece el osario de Jacobo? ¿O quizá a la que consiente que sacerdotes pederastas sean  pastores en Norte América? Pero quizás estemos demasiado cerca.

    << ¿Acaso sea la Iglesia que con la “Interpretatio Christiana” expropia a los judíos de su identidad religiosa, los insulta, combate y persigue? ¿Será acaso la Iglesia qué olvida el amor al prójimo y esgrime el anatema y la excomunión como armas arrojadizas?  ¿ O quizá es la Iglesia de Pacelli (1) que se hizo cómplice con su silencio del exterminio de seis millones de personas?

    Charles se había puesto en pie, argumentaba con pasión y convencimiento, mientras los dignatarios de la Iglesia le miraban con resignación, como poseedores de una verdad que el pobre cura no comprendía; después de unas miradas de complicidad Cinaldi habló:

    .- Parece que considera usted a la Iglesia como la causante de todos los males del mundo, si esto es así debería renunciar a formar parte de ella. Cierto es que a lo largo de la historia se han producido errores lamentables, ello es porque la Iglesia está formada por hombres y los hombres se equivocan y pecan. Pero lo fundamental, es que la Iglesia no procede de una voluntad humana sino de un designio eterno de Dios, y en ella es donde se concreta el plan salvador del Padre. Y eso es más importante que los errores que se puedan cometer.

    A pesar de la aparente moderación que empleaban los contertulios el ambiente estaba cada vez  más crispado. Pierre Poitiers, en un intento de suavizar la tensión, ofreció a sus invitados un excelente coñac que guardaba para ocasiones muy especiales. Tras paladearlo Charles respondió al cardenal.

    .- Realmente es sorprendente la cantidad de criterios contrapuestos que se pueden esgrimir cuando se trata de defender lo indefendible. En los postulados teológicos de la Iglesia se defiende que ésta es santa, porque su destino depende más de los designios de Dios que de la iniciativa de los hombres. Si esto es así me pregunto: ¿Qué Dios es el que representa la Iglesia que oculta la verdad a los hombres? Porque únicamente la verdad nos acerca realmente a Dios.

    .- Lamento decirle padre Poitiers que su afán por encontrar en María nada más que una mujer y no reconocer lo que Dios decidió sobre ella, le ha situado a usted en una postura muy alejada de Dios.

    Bonani parecía que con esta afirmación daba por zanjada la discusión, pero Charles no se lo permitió.

    .- Quizás  mis pensamientos me aparten de la Iglesia que entienden ustedes, pero no me aparta de Dios, ni tan siquiera de María a la que la Iglesia, por una arbitraria actuación, parece querer privar de su propia libertad como ser humano. En la soberbia por construir un imperio se han olvidado cosas esenciales y entre ellas la verdad.

    “Cuidad la palabra. Pues la primera parte de la palabra es fe, la segunda amor, la tercera obra; de las tres, viene la vida. Porque la palabra es como un grano de trigo; cuando alguien lo siembra es que tiene fe en él; y cuando germina, lo ama porque ve varios granos en lugar de uno solo. Cuando labora se salva porque del grano hace alimento”.

    << Esto es parte de una epístola de Santiago (2) no se molesten en buscarla en los evangelios, no está, como tantas otras cosas que se nos han ocultado.

    Antes de que pudieran reaccionar, Charles se levantó y con un lacónico “buenas noches” abandonó la sala.

Y

    A la mañana siguiente Charles se levantó con un terrible dolor de cabeza. Tras ducharse y afeitarse bajó a desayunar, se sentía muy a disgusto por la conversación de la noche anterior, pero no tenía opción, había decidido ser fiel a la verdad sobre todas las cosas y así rendir a Dios el tributo de su fidelidad.

    Tenía la entrevista con Capello a las doce, de manera que aún le quedaba tiempo para dar un relajante paseo. Se disponía a salir del hotel cuando fue abordado por un sacerdote.

    .- ¿Padre Poitiers?

    .- Sí, yo mismo.

    .- Le traigo una carta de su eminencia el cardenal Capello.

    Diciendo esto le entregó un sobre de color ocre que ostentaba el sello del Vaticano. Aquel hombre no se movió, lo que llevó  a Charles a la conclusión de que esperaba respuesta. Se alejó unos pasos y con un enérgico gesto abrió el sobre:
   
                           Hermano en Cristo:

                           He mantenido con nuestro hermano el Cardenal Cinaldi una esclarecedora conversación, llena de piedad, sobre la confusión que a usted le embarga.

                Creemos oportuno que se retire a algún lugar que usted elija, dentro de la Iglesia, por supuesto.

                Esperamos que en su meditación Dios le ilumine y podamos contar pronto con su insustituible presencia.

                Estaremos al tanto de sus progresos.

                Comuníquenos pronto el lugar que elija mediante carta.

                El Padre Sartré, que es el portador de esta misiva, es de total confianza.  Le ruego le entregue la documentación que usted sabe.

                                                 Que Dios le proteja.       

      
    Charles dobló cuidadosamente la carta y pidió al enviado de Capello que esperara unos minutos. Subió a su habitación y cogiendo la maleta de aluminio la colocó sobre la cama. La abrió, los pergaminos estaban cuidadosamente protegidos y el ánfora debidamente anclada en espuma de poliuretano. Cogió su maletín y abriéndolo sacó las traducciones y el informe del C.S.I.C. , al abrir el maletín descubrió el portafolios encontrado en Plasencia; casi se había olvidado de él.

    Cerró la maleta de aluminio y bajando a recepción se la entregó al padre Sartré junto con la tarjeta de crédito. Se despidieron fríamente y Charles volvió a la habitación, tenía que pensar sobre su futuro, pero también sentía una curiosidad que antes no había tenido.

    Abrió el negro portafolios de Plasencia y sacando  los folios se acomodó e inició su lectura:


    “Yo, Leví... cuenta la historia de un hombre sacudido por la tragedia en un ambiente hostil y altamente complejo. Su búsqueda incesante de un líder, un referente que diera sentido a su vida, se transforma en confusión cuando realmente le encuentra.

    La primera vez que hablé con Leví sentí una fascinación que se ha incrementado con el paso de los años, a veces perplejo, a veces incrédulo, confundido, y sobre todo, angustiado. Me fue abriendo las puertas de una época y de una cultura que hoy gracias a él puedo entender y asimilar, y sobre todo, el carisma de un ser maravilloso, muy entrañable y cercano, Jesús “el Galileo”.

    Donde quiera que ahora estés Leví, hijo de Nathaniel, gracias por tu legado”.

    Charles dejó los folios y se levantó, no sabía por qué pero una sensación de emoción le embargaba, no tenía fuerzas para continuar leyendo. Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y cayendo de rodillas puso sus pensamientos en Dios, con la oración no escrita que jamás pensó pudiera salir del fondo de su corazón.

CAPÍTULO XI
JUDEA

    En Judea se distinguen tres zonas claramente diferenciadas: la región hacia donde se pone el sol formada por bajas colinas y extensos valles fértiles; la región de las mesetas, que era la que yo mejor conocía por vivir en ella toda mi vida, primero en Belém y luego como guerrillero recorriéndola toda hasta Bersebá, al ser una zona de mesetas los cultivos estaban escalonados siendo de  cereales, vides, olivos o higueras; la tercera región es zona de pastores empieza prácticamente en Jerusalén y descendiendo llega hasta el valle del Jordán y el Mar de la  Sal, es el desierto de Judá.

    Habíamos vuelto los setenta y dos y rendido cuenta de nuestras actividades a Josué, el balance había sido positivo, la fama de Jesús nos precedía y en todas partes nos reiteraban el deseo de conocer al profeta galileo. Todo lo sucedido en la Galilea era esperanzador aunque no determinante, pero en Judea sí lo fue, venía gente de todas partes: justos, pecadores, publicanos y gentiles se rendían ante las palabras y sabiduría de nuestro maestro.

     Justo, es decir, que antes de marchar a Judea hubo algunos problemas como la discusión entre los doce designados por Jesús “para otros menesteres”, todos querían una primacía que los distinguiera del resto pero Jesús cortó estas ambiciones de forma enérgica dejando muy enfadada a Salomé, madre de Santiago y Juan, que ambicionaba ver a sus hijos como lugartenientes del maestro.

    Hubo también gran enfado cuando se marcó a Samaria dentro de la ruta hacia Judea, ante el descontento general Jesús se reunió con Josué y éste, tras conversar con Él, formó dos grupos, el más numeroso iría por la Decápolis y los demás con Jesús por Samaria, después nos reuniríamos en Betania de Perea.
   
Y

    Entramos en Samaria por Engadí y deteniéndonos  sólo lo imprescindible, llegamos a las tierras que Jacob dio en herencia a José. En el pozo de Jacob Jesús manifestó el deseo de quedarse solo, así que marchamos a un pueblo cercano para abastecernos de provisiones ya que tres días de marcha habían mermado notablemente nuestras existencias.

    Al regresar encontramos al maestro hablando con una mujer, esto ya no nos sorprendía, pero el hecho de que fuera samaritana molestó a algunos. La mujer se marchó y Jesús nos reunió y se dirigió a nosotros.

    .- He notado que, a pesar de hablaros de la igualdad de todos ante el Padre, ni siquiera vosotros os desprendéis de vuestros prejuicios históricos. Os enseño el camino del amor y vosotros cogéis el de la intolerancia y el desprecio. No seáis necios, os consideráis el pueblo elegido y descuidáis las individualidades. Yo os digo que el engrandecimiento de los pueblos es siempre material y no espiritual, ya que los pueblos son una colectividad y el espíritu individual.

    Yo reconocí en mi interior que Jesús tenía razón y me sorprendí de con qué facilidad olvidaba sus enseñanzas al enfrentarlas a odios que ni yo mismo sabía  porqué existían. Jesús continuó:

    .- “Un hombre marchaba de Jerusalén a Jericó y por el camino fue asaltado por una banda de ladrones que le hirieron robándole todo lo que llevaba. El hombre quedó medio muerto  Un sacerdote bajaba por el camino y al verlo dio un rodeo y se marchó. Igualmente un levita hizo lo mismo. Al poco llegó un samaritano y al verlo se compadeció de él y le atendió vendando sus heridas. Lo montó en su jumento y fue a una posada donde le atendió. Al día siguiente, como forzosamente tenía que partir, dejó al posadero dinero suficiente para que le
atendieran”.¿Quién de los tres os parece que obró con rectitud?
    La pregunta cayó sobre nosotros y no sabíamos qué hacer con ella, nos sentíamos avergonzados y no nos atrevíamos a responder; al fin, Simón al que hacíamos señales para que hablara en nombre de todos, dijo:

    .- Maestro, creemos que el samaritano fue el justo.

    .- Entonces, haced vosotros lo mismo.

    Al observar nuestras caras Jesús se echó a reír, y al final reímos todos. Después nos contó parte de la historia de Siquém, que era ciudad muy importante y había sufrido muchas destrucciones, la última por Juan Hircano que la cubrió de piedras y cenizas. Y anteriormente más de setecientos años atrás, la destruyó Salmasar V. Nos explicó el maestro como Manasés construyó un templo al Señor.

    De repente Judas nos alertó. Un nutrido grupo de personas se aproximaba procedente de la vecina población de Sicar, nos pusimos en guardia pero Jesús nos advirtió que no temiéramos, que venían en paz.

    No sabemos que hablaría el maestro con aquella samaritana, cuando le preguntamos al respecto nos respondió:

    .- Hemos hablado del agua, el agua que da vida y que nos viene del Padre.

    No nos explicó más, el caso es que nos pidieron que nos quedáramos y así lo hicimos, durante dos días Jesús impartió sus enseñanzas no sólo a la gente de Sicar, pues también vinieron de Sebaste  y de Ainón.

    Aquellos días aprendí que los samaritanos no son ni mejores ni peores que los demás.

    Desde Sicar marchamos a Emaús. Antes de llegar vimos a lo lejos un pastor con sus rebaños y Jesús adelantándose a todos lo llamó a voces. Cleofas, que así se llamaba, se acercó corriendo y se abrazaron. Este amigo de Jesús nos instó a que alguno se adelantara y avisara a su hermano, todos éramos bien recibidos en su casa.

    Después marchamos a Betania de Judea. Cada vez los caminos estaban más transitados porque nos acercábamos a Jerusalén, pero el maestro no quiso entrar en la ciudad en aquellos momentos y atravesamos el monte de los Olivos para entrar en Betania, que estaba muy cerca de Jerusalén. Cuando llegamos llovía intensamente, pero todos sabíamos que allí teníamos techo y lumbre en casa de Lázaro, de quien Jesús hablaba como un hermano; nuestra llegada fue festejada por todos los criados y jornaleros del hacendado y sus hermanas, pues el maestro era muy querido en aquella casa.

    Tras lavarnos y ponernos ropa seca gozamos de la hospitalidad de aquella familia. El Rabí estaba feliz, jugaba con la hermana pequeña de Lázaro, María, como lo había visto jugar con su propia hermana, aunque la mayor, Marta, que por haber muerto su madre se ocupaba de todo, se quejaba constantemente de que estando allí Jesús  María no le ayudaba a nada, a lo que Jesús decía:

    .- Vengo siempre por pocos días, haz  como María ni limpies, ni cocines, ni te ocupes de nada, sólo de correr.

    Y diciendo esto salió corriendo detrás de aquella mujer que reía con toda su alma.

    Lázaro era un hombre justo. No ambicionaba más riqueza que la que tenía. No estaba de acuerdo con la dominación romana ni con la política de los sacerdotes, pero no era ni un luchador ni un político. Daba al templo lo que estaba estipulado y aunque pagaba religiosamente los impuestos a Roma nadie se lo tenía a mal, porque un tercio de los beneficios de sus cosechas y de su ganado lo repartía siempre entre los más necesitados.
CAPÍTULO XII

    Fueron tres días felices los que pasamos en Betania. Jesús nos hablaba a todos y su magisterio cada vez era más notable. Allí acudió gente importante, rabinos y miembros del Sanedrín, como José el de Arimatea. Algunas veces comíamos en casa de algún conocido como Simón, un fariseo al que llamaban “el leproso” porque, según supe después, padecía esta enfermedad y Jesús le limpió en uno de sus viajes a Jerusalén tiempo atrás.

    En aquella casa asistimos a un hecho, que aún hoy, me causa desconcierto y me maravilla. Estando comiendo se oyó un gran alboroto en la puerta y una mujer, a la que todos públicamente despreciaban por ser pecadora y privadamente la buscaban para satisfacer sus deseos, se abrió paso hasta la mesa principal. Llevaba un recipiente de alabastro lleno de perfume y arrodillándose delante de Jesús impregnó sus pies y los secó con sus cabellos. Cuando Simón dio orden de que la expulsara Jesús con un gesto lo detuvo.

    .- Mira Rabí, que esta mujer que ahora te toca es una pecadora reconocida.

    Jesús acariciando la cabeza de aquella mujer que seguía a sus pies dijo:

    .- Simón, tengo que contarte algo.

    .- Dime Rabí.

    .- “Un prestamista tenía dos deudores y uno de ellos le debía diez veces más que el otro. Ninguno de los dos podía saldar su deuda y el prestamista, viendo que realmente nunca cobraría, perdonó a los dos.” ¿Quién le estará más agradecido?

    .- Maestro, los dos le deberían estar agradecidos, pero por la mayor cuantía el que le debía más debería tener más reconocimiento.

    .- Has hecho un juicio justo, amigo Simón. Ahora atiéndeme: la confianza que tenemos te ha hecho olvidar cosas; entré en tu casa y no me diste agua para los pies; está mujer que pretendes echar ha lavado mis pies y los ha secado con sus cabellos. Tú no me diste el fraternal beso de bienvenida, pero ella no ha dejado de besarme los pies desde que llegó y me ha ungido con perfume. A esta mujer se la considera deudora de Dios porque ha pecado mucho, tú has olvidado cumplimentar conmigo de acuerdo a la ley, a ambos os perdono, pero a ella al ser su deuda mayor me recordará cuando tú te hayas olvidado.

    .- Jesús, cierto es que he olvidado las reglas de cortesía, pero yo te recordaré siempre porque me limpiaste de la lepra y salvaste mi vida.

    .- ¿De qué le vale a un hombre salvar su vida si pierde su alma? – Dirigiéndose a todos – En verdad os digo que yo he venido como hijo de hombre para salvar las almas.

    Quedamos perplejos, Jesús repetía la misma cosa como una exposición absurda (2), así se lo hizo saber Lázaro y el maestro sonriendo, aclaró:

    .- El cuerpo es cuerpo y el alma se debe entender como la consecución de vida eterna. Tú, Simón, te consideras justo y a esta mujer pecadora, luego si yo perdono a los dos ella, que supuestamente debe más, debería estar más agradecida.

    Simón se levantó ofendido.

    .- ¡ Me ofendes al hacer comparación de mí con esta ramera, conocida por todos por sus pecados!

    .- Siéntate Simón, no te exaltes y escúchame: “Dos hombres fueron al templo a orar; uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, de pie, hacía en su interior esta oración: Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres; ladrones, adúlteros y pecadores, ni como ese publicano yo ayuno y pago los diezmos. El publicano, sin embargo, ni tan siquiera levantaba los ojos del suelo y rezaba en su interior: Dios mío, ten compasión de mí que soy un pecador El publicano volvió a su casa justificado ante Dios y el otro no”. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humille será ensalzado.

    Todos comprendimos las palabras de Jesús y lo importante que era la humildad, así se lo manifestamos y el resto de la velada transcurrió en enseñanzas diversas de aplicación en la vida cotidiana.

   

    A la mañana siguiente partimos a Betania de Perea, no era un viaje largo y lo hicimos con alegría y sin preocupaciones.

    Una turmae, de las que tienen su asentamiento en Cesárea, nos salió al paso, fueron momentos tensos que se solventaron sin incidentes, aunque nos extrañó encontrarla tan lejos pensamos que realizaban un control de los caminos por la cercanía de la pascua y los muchos peregrinos que acudirían a Jerusalén.

    Llegamos al Jordán, las aguas corrían bravas, probablemente debido a las últimas  lluvias y nos dedicamos a buscar un vado.

    Felipe se quedó rezagado, estaba triste y ausente. En aquel lugar Juan el Bautista había impartido sus enseñanzas y él añoraba a su primer maestro.

    Era la hora de comer e interrumpimos nuestra búsqueda, mientras confortábamos nuestros cuerpos Simón se dirigió al Rabí:

    .- Maestro, ¿es necesario el bautismo como lo hacía Juan?

    Jesús demoró un momento la respuesta mientras pedía a Santiago un trozo de queso.

    .- Simón, el bautismo es un acto simbólico mediante el cual se dejan atrás los pensamientos del pasado y se camina, libre de cargas, al futuro.

    .- Se oye Maestro – intervino Tomás – que nacemos con pecado y el bautismo nos libra de él.

    .- ¿Quién ha dicho eso? El hombre cuando nace es tan indefenso como puro. Recoge la vida que le viene de Dios y viniendo la vida de Él ¿Cómo puede tener pecado?

    Tomás insistió.

    .- ¿No son los hijos herederos de los pecados de los padres y con el bautizo se limpian de ellos? Eso decía Juan.

    .- ¿Acaso un juez cuando juzga a un delincuente condena al hijo del delincuente? ¿Habéis visto al Sanedrín dar condena a un hijo por los delitos de su padre? Cierto es que todos marcamos a los hijos con nuestra actitud, decimos: ¡Mira, ese es el hijo del ladrón! o ¡Aquella es hija de la meretriz! En cierta forma cargamos a los inocentes con una condena injusta y con las consecuencias de un delito que nunca fue cometido por ellos, en estos casos, quienes cometemos un delito somos nosotros, porque no sólo ignoramos el amor sino que fomentamos el odio.

    << Podemos morir pecadores pero no nacemos pecadores. Un día os dije que el Padre no es un legislador, hoy os digo que tampoco es un juez. Si un hombre se siente más limpio por ser bautizado, bautizadlo; pero la limpieza no está en el agua sino en la rectitud de sus intenciones.

    Cada vez bebíamos sus palabras con más intensidad. Conforme pasaba el tiempo Él parecía expresarse mejor y nosotros estábamos más preparados para  entenderlo. Lo cierto es que en mí se había producido un cambio, la sed de venganza que me atormentaba ya no la sentía, por el contrario, la pasividad y serenidad se adueñaron de mí y veía al mundo y a la gente de otra manera que me producía más satisfacciones.

    Casi al atardecer encontramos un vado y una vez atravesado el Jordán buscamos el campamento de nuestros compañeros.
ieron oportunidad de hablar de Jesús y de sus palabras. En Gadara intentaron lapidar a Juana por hablar a las gentes con la cabeza descubierta, pero en Salín y Ainón fueron muy bien recibidos y los escuchaban y ansiaban poder ver al Maestro.

    Como nuestros compañeros ya habían hecho provisión de alimentos en Betania de Perea nos instalamos muy cerca del Jordán, junto a un campamento de comerciantes griegos muy ruidosos con los que el Rabí y Simón entablaron una buena rel

    El encuentro, como el de viejos amigos, fue alegre. En su viaje desde la Decápolis no perd
ación. A aquellos griegos los volvimos a ver en Betania de Judea y estuvieron con nosotros varios días.

CAPÍTULO XIII


    Marchamos a Jericó. En nuestro  viaje previo al que ahora realizábamos un hombre rico nos manifestó su deseo de hablar con Jesús, este hombre de nombre Zaqueo era muy importante, pero la providencia divina le había dotado de un físico poco agraciado, siendo un hombre pequeño y endeble. 
      
    Avisamos de la llegada del Maestro y se congregó una gran multitud en la ciudad para verle y oírle. Desde lejos vimos a Zaqueo que para ver mejor se había subido a un sicomoro. Yo, riéndome se lo comenté a Jesús y cuando llegamos al sicomoro el Rabí, mirando hacía arriba, dijo:

    .- Zaqueo, baja enseguida porque hoy me hospedaré en tu casa.

    Zaqueo bajó muy contento y muchos empezaron a criticar a Jesús porque consideraban que aquel era un gran pecador.

    Entonces Jesús se dirigió a todos:

    .- ¿Quién de vosotros si tiene cien ovejas y se le pierde una no va a buscarla hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra se llena de alegría. Así mismo Dios se alegra más por un pecador que se vuelve hacía Él que por noventa y nueve justos. O una mujer que tiene diez monedas y pierde una ¿no barre la casa hasta encontrarla, y si la encuentra se alegra?


  Zaqueo preparó una gran cena a la que fue todo el que quiso, hasta en la calle se acomodaban las gentes en corrillos disfrutando de la carne asada y el vino. Jesús no paraba de hablar con unos y con otros, y no sé qué le preguntarían que reclamó silencio y se dirigió a todos:

    .- “Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: “padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. El padre le preguntó que para qué la quería y el hijo le dijo que deseaba conocer el mundo, aprender, y si fuera posible, triunfar y volver con la herencia triplicada. El padre, tras meditarlo, le dio la parte que le correspondía y el joven marchó a un país lejano. Allí perdió toda su fortuna. Cuando se vio sin dinero aconteció en aquella zona una gran hambruna y comenzó a pasar necesidad. Consiguió trabajo cuidando cerdos y tanta necesidad tenía que se alimentaba de las algarrobas que comían los cerdos.En aquella situación reflexionó y se dijo: “¡Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra y yo aquí me muero de hambre!” aunque castigaba su orgullo decidió volver y pedir a su padre, no un trato de hijo, sino de jornalero. Regresó tras un largo viaje no exento de miserias y cuando su padre le vio se abalanzó sobre él y abrazándole lo cubrió de besos. “Padre he pecado contra el cielo y contra ti; no soy digno de llamarme hijo tuyo, tómame como a un criado más o como jornalero”.  El padre muy emocionado llamó a un criado y le pidió la mejor túnica que hubiera en la casa, sandalias nuevas y un anillo que demostrara su condición. A otro criado le pidió que prepararan el ternero mejor cebado para un banquete y ante todos los sirvientes dijo: “Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado”. - Todo el mundo escuchaba al Maestro embelesado, sólo el crepitar de las hogueras rompía el silencio de aquella fría noche. Jesús, tras beber para aliviar su reseca garganta, continuó - El hijo mayor estaba en el campo y al volver se sorprendió mucho al oír la música, llamó a uno de los criados y le preguntó que a qué se debía aquella fiesta. Éste le contestó: “Tu padre hace esta fiesta porque ha vuelto tu hermano”. Este hijo, muy enfadado, se negó a entrar en la casa y su padre, a quien avisaron, salió e intentó convencerlo; el hijo muy enfadado argumentó: “Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. ¡Ahora llega ese hijo tuyo que se ha gastado toda su fortuna en meretrices y tú le matas el ternero más cebado!” El padre le respondió: “¡Hijo mío, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! En cambio, tu hermano que estaba muerto ha vuelto a la vida; ¡estaba perdido y lo hemos encontrado!”.



    Aquella noche fue maravillosa, Zaqueo perdonó a todos sus deudores y compensó a las personas que había engañado.

    Todos dormimos satisfechos.

    Al día siguiente cuando marchábamos a Efrém, un mensajero de la casa de Lázaro nos salió al paso:

    .- Jesús, me envía Marta, Lázaro está muy enfermo y debes volver ahora mismo a Betania.

    Todos nos acongojamos pues Lázaro se había ganado nuestro aprecio e instamos al Rabí a volver.

    .- Ve y dile a Marta que iré en unos días, que la enfermedad de su hermano no es causa de muerte.

    Más tranquilos por la afirmación de Jesús continuamos nuestro camino. Desde una colina vimos por última vez la ciudad de Jericó y los restos, un poco más lejos, de una muralla.

    .- ¿Ésa es la muralla que destruyó Josué?

    La pregunta la hizo Juana la de Cusa, casi ninguno lo teníamos muy claro, pero el Iscariote, más versado en historia, contestó:

    .- No, en realidad esos restos, aunque las piedras sean antiguas, son muy recientes. Ni siquiera es seguro que en ese lugar estuviera la antigua Jericó. Sabemos que Josué, desde el campamento de Shittim, atacó la ciudad y siete sacerdotes tocando las trompetas destruyeron las murallas.

    .- Eso no es creíble.

    La intervención de Santiago fue corroborada por todos. A lo que respondió Judas:

    .- A no ser que esa fuera la voluntad de Dios.

    .- Pero Dios – intervino Jesús por primera vez- no interviene en beneficio de unos y perjuicio de otros.

    .- Eso dicen los libros.

    .- Los libros, querido Judas, los escriben los hombres; la historia que conocemos se asienta en los mitos y como tal debe entenderse. De cualquier manera, la exposición que estás haciendo es correcta, aunque puede que esa batalla nunca se celebrara. Pero te ruego que continúes ilustrándonos, pues esa es la historia que conocemos.

    Judas continuó:

    .- Durante el gobierno del rey Acab, se reconstruyó la ciudad y las murallas. Y es en esta ciudad donde el último rey de Judá, Sedecias, fue derrotado por los caldeos en tiempos de Nabucodonosor II. Las murallas que veis en ruinas corresponden a la Jericó que Herodes el Grande convirtió en su capital de invierno. Éste le dio grandiosidad ampliando las murallas, construyendo el anfiteatro y varios palacios. A su muerte unos esclavos rebeldes la destruyeron y arrasaron. Poco a poco se ha ido reconstruyendo, pero no en el mismo lugar, y sobre todo, como habéis visto, sin la grandiosidad que tenía.

    Todos alabamos los conocimientos de Judas lo que le causó satisfacción, su formación le convertía en uno de los más instruidos del grupo, y aunque él no hacía alarde de ello, le complacía que se le reconociera. Yo aproveché para preguntar una duda que tenía:

    .- Judas, tú que tanto sabes, yo nací en Belém siempre he oído decir Belém de Efratá, ahora de mayor me he preguntado ¿porqué de Efratá? y no he sabido responderme ¿podrías hacerlo tú?

    .- Efratá era el nombre de una familia, pero no puedo aclararte más.

    Entonces Jesús intervino para aclarar mis dudas.

    .- Lo que decís se remonta muy atrás en le tiempo, a Jacob y su parentela. Efratá, como bien dices, era una familia que estaba asentada en lo que hoy es Belém. Jacob en su camino itinerante partió de Betel con su esposa Raquel en cinta, cerca de Efratá se puso de parto y murió dando un nuevo hijo a Jacob. Raquel, antes de morir,  puso al hijo el nombre de Benoni; pero esto no gustó a Jacob que le llamó Benjamín. Probablemente si Jacob no hubiera estado en las tierras de Efratá hoy no la conoceríamos por este nombre.

    En Efrem nos dimos cuenta que había varios fariseos conocidos por ser escribas en el templo de Jerusalén, estos aprovechaban cualquier circunstancia para poner al maestro en entredicho, haciéndole preguntas ruines y maliciosas.

    .- Maestro, sabemos que enseñas con rectitud y no te importa si tus palabras son o no criticadas. Yo te pregunto: ¿es lícito o no pagar los tributos al Cesar?

    Esta pregunta era muy peligrosa y los que estábamos con Él nos sentíamos inquietos. Si decía que sí se indisponía con el pueblo y si decía que no lo entregarían al gobernador acusándole de fomentar la rebelión. Pero Jesús no se inmutó, dirigiéndose al que le había hablado le dijo:

    .- Dame una moneda.

    Aquel fariseo le entregó un denario y tras mirarlo atentamente, enseñando la moneda a todos, preguntó:

    .- ¿De quién es esta efigie y esta inscripción?
    .- Del Cesar.



    .- Entonces, dad al Cesar lo que es del Cesar, a Dios lo que es de Dios, y al hombre lo que es del hombre.

    La respuesta dejó desconcertado a los fariseos y levantó el entusiasmo de la gente sencilla. Pero aquellos estaban dispuestos a desprestigiar a Jesús, e hicieron otra pregunta:

    .- ¿Con qué autoridad enseñas y predicas? ¿Quién te ha dado esa autoridad?

    .- Yo también os haré una pregunta, - dijo Jesús – si me la respondéis yo responderé a la vuestra. El  bautismo de Juan, ¿era del cielo o venía de los hombres? ¡Respondedme!

    Los fariseos hicieron un corrillo razonando, yo les oí, “si decimos que del cielo nos recriminará no haber creído en él, si decimos que de los hombres el pueblo se volverá contra nosotros pues creían en Juan como un profeta.

    .- No lo sabemos.

    .- Tampoco yo os responderé. 
C
CAPÍTULO XIV

Abandonamos aquellas tierras después de estar tres días en los que el Maestro desarrolló su labor. Marchamos a Betania de Judea, al llegar, supimos que Lázaro había muerto, nos invadió la desolación, a todos menos al Rabí.

    Antes de llegar a la hacienda nos salió al encuentro Marta:

    .- Jesús, Lázaro era como tu hermano, te pedí que vinieras y no lo hiciste, si hubieras estado aquí no habría muerto.
    Jesús abrazó a Marta que se volcó sobre Él en amargas lágrimas.

    .- ¿Y María?

    .- Está en casa, no quiere ver ni hablar con nadie.

    .- Tráemela y marchemos a la tumba de Lázaro.

    Se había congregado mucha gente, entre ellos vi a los griegos que conocí en Perea y  que nos saludaron con un gesto.

    Cuando llegó María, debido a la debilidad y la emoción, cayó a los pies de Jesús, éste la recogió del suelo y la estrechó contra su pecho. Se empezaron a oír críticas: “Mirad, limpió al leproso, hizo ver al ciego y no ha hecho nada por su amigo”.                                                       

      El sepulcro era una cueva excavada en la roca que estaba cerrada por una gran piedra en forma de rueda; la categoría de Lázaro no merecía menos. Jesús dijo:

    .- ¡Quitad la losa!



    Todos quedamos extrañados, ¿para qué quería hacer esa barbaridad? Marta le contestó:

    .- Jesús, hace casi cuatro días que murió, el cuerpo debe oler y lanzará sus impurezas sobre nosotros.

    Jesús acarició su cabeza envuelta en un negro paño y repitió:

    .- ¡Quitad la losa!

    Nadie se movió. El Levítico era claro, no debíamos tocar cadáver alguno, sus impurezas no nos permitirían participar en la pascua. Entonces Jesús mirando a los griegos les hizo una señal, el más fornido se adelantó seguido por los demás que en poco tiempo rodaron la piedra. Entonces Jesús gritó:

    .- ¡Lázaro, sal fuera!

    Con dificultad salió el muerto atado de pies y manos con el sudario sobre el rostro oliendo a óleos fúnebres. Todos dimos unos pasos atrás menos el Rabí, algunos espantados corrían y gritaban. Los griegos atendieron inmediatamente a Lázaro desatándole, escuché a Jesús que decía a las asustadas Marta y María.

    .- Os mandé decir que la enfermedad de Lázaro no era mortal. ¿Por qué no me creísteis?

    Sobrepasado el miedo inicial todo fue alegría, nosotros recordábamos a la hija de Jairo, pero no es igual ver a un muerto que él mismo con su mortaja salga de la tumba, que ver a una niña que ni siquiera vimos muerta.



    Aquella noche se organizó una fiesta donde todos estábamos dichosos, el propio Lázaro, aunque muy pálido, participó con alegría recibiendo los parabienes de todos. Durante la fiesta Jesús salió fuera de la casa con algunos de los griegos, yo le seguí, se sentaron en el suelo, junto al jardín y empezaron a conversar animadamente:

    .- Jesús, cuando hablas de un Padre lo veo y lo entiendo así: no pienso en un Dios todopoderoso, sino en alguien muy cercano con quien puedo hablar y contarle mis problemas.

    Antes de que el Rabí contestara otro griego habló:

    .- Sin embargo, yo pienso que eso es insuficiente, si tengo que hablar a la gente del Padre, de Dios, tendré que decirles más cosas para que puedan entenderme y seguir el camino correcto.

    El Maestro estaba contento, sonreía constantemente mientras todos esperaban su respuesta. Y al fin la dio:

    .- Algunos pretenden salvar al mundo y descuidan lo esencial, sálvate tú mismo y habrás salvado parte del mundo; después deja que los demás se salven a sí mismos. Mirad, el Padre es como el agua, tú – dijo señalando a la primera que había hablado – llegas al pozo, introduces un cuartillo, bebes y te sacias. Bienaventurada seas. Y tú – dirigiéndose al otro – deseas dar de beber a todos y lo único que dispones es de una cesta, la metes en el pozo y al sacarla el agua se sale por todas partes y sólo puedes ofrecer la cesta mojada, pero como tú tampoco has bebido, sólo puedes compartir la sed.



    .- Entonces Maestro, ¿cuáles son las líneas fundamentales de tú religión?

    .- Mi “religión” como la llamáis es algo personal, íntimo, imposible de colectivizar puesto que es un intercambio de sentimientos de un Padre con un hijo. No intentéis normalizar esta relación porque ella se evade de toda norma, Dios no se puede aprehender, como no se pueden aprehender los sentimientos.

    .- Entonces, ¿cómo se transmite la verdad?

    .- Dios es la verdad y esa verdad se transmite por experiencia compartida. Dios es amor y el amor se manifiesta en una actitud personal que nos sobrepasa. Os lo trasladaré a un plano mundano: si tú amas a alguien, eso se refleja en tu forma de ser, en tu talante hacía los demás, en la luz de tu rostro, no puedes evadirte de mostrar en tu exterior lo que sucede en tu interior. Pero a pesar de sentirlo intensamente, si alguien te pregunta ¿qué es el amor? sólo lo puedes explicar mediante similitudes incompletas que difícilmente son comprendidas y solamente te entiende aquel que también ama. ¿Quiénes son los que aman? ¿Quiénes son los que han  encontrado a Dios? Yo os digo: Por su actitud, por sus hechos los conoceréis.

    .- Pero Maestro – intervino aquel griego – eso es complicado, si tienes un camino debes señalizarlo en los cruces a fin de no perderte.

    .- ¿Y porqué habrías de perderte? El camino es la línea recta, si te desvías es porque quieres desviarte y si después dices que te has perdido es porque quieres  justificarte. Estoy hablando de la sencillez más absoluta y complicáis las cosas hasta extremos absurdos. Si Dios es nuestro Padre ¿no es lógico que el llegar a Él sea de lo más simple?

    .- Tú Maestro, - habló otro griego – dices que a Dios sólo se llega desde el interior en un proceso no normalizado. Sin embargo, tú mismo dictas normas. ¿Por qué?

    Jesús se echó a reír abiertamente y secándose las lágrimas que se le saltaban contestó con una pregunta.

    .- ¿Cuándo he dado yo una norma?

    .- Cuando has dicho que amemos a los enemigos, que compartamos lo que tenemos con los más pobres.

    .- ¿A eso llamas normas? Oídme de nuevo. Dios, como no podía ser de otra manera, ha dotado al hombre de una libertad absoluta y el hombre en su devenir carnal es responsable de sus actos y de su relación con otros hombres. Es lógico que si el hombre vive en sociedad cree unas normas de convivencia, unas normas que no vienen de arriba sino que tienen que ser debatidas por el propio hombre en beneficio de todos. Como hombre, yo asumo que debo transmitir y compartir con los demás mis inquietudes éticas, morales y de convivencia para mejorar la sociedad en la que me desarrollo. Y esa  es mi responsabilidad, la tuya, la de todos para con los hombres. Mi responsabilidad, la tuya, la de todos para con Dios es amarlo y amarlo es descubrirlo.

    .- Entonces, ¿la religión, el templo...?

    .- La religión es un conjunto de normas que traslada a Dios lo que es responsabilidad de los hombres y luego se impone a la totalidad de los hombres como una supuesta voluntad divina, entonces se produce un error de grandes dimensiones, ¿quién de vosotros ama a las leyes? Las leyes pueden cambiar, modificarse por los cambios que las circunstancias, que el devenir de los tiempos produce en la sociedad. El hombre coherente ama a la justicia y ésta siempre permanece, aunque las leyes se modifiquen.

    << Las normas, la moral y la convivencia son obra humana y pueden modificarse, Dios permanece por y sobre las leyes humanas, por y sobre las religiones.

    << Puesto que el templo existe, si alguien encuentra esa íntima conexión con Dios en él, sea bienaventurado. Pero en verdad os digo que el propio hombre, el corazón de todos y cada uno de los hombres, es la única ara donde el Padre se manifiesta.

    .- Jesús, - dijo la griega que había hablado en primer lugar – lo que has dicho lo entiendo pero todo me sobra, yo amo al Padre.

    .- En verdad os digo que aquí tenéis un ejemplo vivo de la realidad del Padre.

    Aquella conversación terminó cuando reclamaron a Jesús desde el interior de la casa. Se acercaba la pascua y el Maestro había manifestado su deseo de entrar en Jerusalén.

CAPÍTULO XV
EL PIAMONTE

    Charles había aceptado el retiro impuesto por sus superiores no como una señal de sumisión, sino más bien, como una posibilidad de poner en orden sus ideas y recomponer sus conceptos espirituales que se habían derrumbado como un castillo de naipes.

    No se trataba de la credibilidad que diera o no a la virginidad de María, era un todo, que no se había gestado en un mes, como si a lo largo de su vida hubiese ido guardando, en rincones poco accesibles de su psiquismo, ideas u opiniones reprimidas, como si de repente todo hubiera salido a la luz, haciéndosele consciente dolorosa e inexorablemente.

    Llegó de noche a aquel monasterio del Piamonte del que sólo conocía un atrio en el que competían dos pinos por acercarse al cielo; la capilla en la que el olor a humedad, a viejo, le producía un placentero efecto de paz; el refectorio y su celda.


    Desde bien pequeño servía a la Iglesia y no podía evitar que un futuro fuera de ella le causara incertidumbre y angustia. Pero no estaba dispuesto a actuar al margen de sus convicciones y sabía que sus días dentro de aquella organización estaban contados. Cada vez estaba más seguro de ello.

    Aunque sus relaciones humanas eran limitadas por voluntad propia, su enclaustramiento sólo era parcial, sabía que no podría disponer de los ilimitados medios de la Iglesia, pero sus ahorros de veinte años le garantizaban una vida relativamente cómoda durante algún tiempo. Lo primero que hizo fue adquirir un utilitario de la marca Fiat para escapar de la rigidez monacal recorriendo las comarcas limítrofes. Entre campos de arroz circulaba hasta el lago Maggiore o hasta las orillas del Po, donde pasaba el tiempo leyendo y meditando sobre los escritos del contador de leyendas de Plasencia.

    Aunque se concienció de que no era más que una novela, le apasionaba el descubrir la humanidad de aquel Jesús en el relató de Leví, un personaje tan real como si aún estuviera en el mundo, como si cualquier día pudiera mantener una conversación con él.

    En algunas ocasiones rompía la rígida dieta conventual comiendo en algún ristorante de Verceli donde no dudaba en acompañar los excelentes arroces con un vino de Asti. En algunas ocasiones se dejaba embriagar por la visión empequeñecedora de los Alpes, aceptando la pequeñez de la condición humana ante el Creador.


    A pesar de todas sus reflexiones y los “puntos de encuentro” que le proporcionaba la lectura de “Yo, Leví ...” había piezas en sus esquemas mentales que no acababan de proporcionarle una seguridad absoluta en sus criterios. Entonces fue cuando Danilo di Entenza, un fraile vital, fuerte, rudo en su proceder pero exquisito en su conversación llegó al monasterio para descansar tras dos años de misionero en la India.

    .- “Chi può salire il monte del Signore?. Chi può restare nel suo territorio santo?”
L´innocente di mani e il puro di cuore, chi non si insupervisce dentro e non giura per ingannare.

    Era su afición recitar salmos o frases bíblicas para reírse a continuación ruidosamente.

    .- Hermano Danilo, tú que eres buen conocedor de los libros ¿qué credibilidad te merecen?

    .- ¡Ay Charles, Charles! Hombre de poca fe. Los libros son fundamentales. Aunque lo cierto es que creer en ellos al cien por cien requiere una fe ciega, y ya lo dijo Jesús: “Si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en una fosa”.

    .- ¿Entonces...?

    .- Amigo mío, los escritos hebreos sufrieron un gran varapalo con la destrucción de Jerusalén. Una reunión de rabinos realizó una criba de los libros desde el punto de vista fariseo, entre los años ochenta y cien, dejando configurada la Biblia Hebraica en tres apartados principales: la Torah o ley, Nebiim o profetas y Ketubim o escritos, constituyendo todo el Ta Nak.

    << Cuando los cristianos “expropiaron” la Biblia hebraica  hicieron su personal criba. En cuanto al nuevo testamento no es hasta el siglo IV cuando se decide, basándose en no sé qué criterios, qué textos, hechos o epístolas debían estar allí.

    .- Sí, eso lo sé, luego ¿reflejan los libros la palabra de Dios?

    .- No hay problema, mi descreído  amigo, estamos hablando de conocimientos esenciales de teología y los que son más sabios que nosotros te lo explican claramente: se necesitaba un canon, una regla a la que se ciñeran los libros y una autoridad que marque esa regla; autoridad, por supuesto, inspirada por Dios para que escoja lo que Él quiere dar a su pueblo en cualquier lugar y en cualquier tiempo. Porque según dicen, si no existe ninguna autoridad capaz de decidir cuales son los libros realmente inspirados y qué crédito podemos atribuirles, no habrá fe cristiana.

    .- Hermano Danilo, mucho me temo que en lugar de aclararme las cosas me estás confundiendo más.

    .- En resumen, lo que puedo decirte es que si mi fe dependiera de los libros, te aseguro que sería ateo.

    .- Entonces ¿de qué depende?

    .- De uno mismo, mi confundido cura, de uno mismo.

    Aquel hombre fue para Charles como una bocanada de aire fresco, se hizo habitual el mantener cada día una larga conversación ante la mirada desconfiada de los demás frailes, que no soportaban el “irreverente” comportamiento de Danilo, a quien no era inusual que lo llamaran a “capitulum” por saltarse tal o cual regla.

    Charles ansiaba contarle todo lo que la vida le había deparado en los últimos dos meses, pero sin saber porqué razón se contuvo.

    Una tarde sentados en un rincón del deambulatorio, le preguntó:

    .- Danilo, ¿qué podría hacer para ver las cosas con mayor claridad?

    .- “Desapúntate”.

    Quedó perplejo con la contestación y como quien no le ha entendido le repitió la pregunta, la respuesta fue la misma pero esta vez añadió:

    .- ¿Conoces a Vicente Ferrer?

    .- He oído hablar de él, creo que estuvo nominado para el premio Nobel de la Paz por su labor en la India.


    .- Pero, ¿conoces su historia, su labor o su filosofía?

    Confesé mi ignorancia, ya que lo que sabía de aquel hombre eran rasgos generales.

    .- Este hombre pertenecía a la Compañía y marchó de misión a la India, en Bombay estudió Teología, y por su caritativa labor empezó a tener problemas, ya que su censo de bautismos era muy bajo y este hombre prefería dar de comer antes que bautizar.

    << Las cosas llegaron a un estado tal que se “desapuntó” de la Compañía y desde entonces su labor ha sido extraordinaria. Su trabajo siempre se ha desarrollado con los intocables, creando un consorcio que atiende a más de cuatro millones de personas, ha creado cinco hospitales, una red de ambulatorios en los que trabajan mil profesionales. Ha construido mil quinientas escuelas y tres mil cuatrocientas ochenta viviendas, rehabilitado más de treinta y dos mil, creado mil doscientas sesenta asociaciones de mujeres y casi seiscientos embalses.

    << Pero lo más importante de este hombre es su filosofía él dice: “Toda la Teología se encierra en oír nuestro corazón. Da igual que seamos o no creyentes, mientras cada uno de nosotros oiga a su corazón”

    A Charles le resultaron extraordinariamente familiares aquellas palabras, no diferían mucho de las que en “Yo, Leví...” se expresaban, e instó a Danilo a que le contara más cosas.

    .- Este hombre dice que empezó a ver las cosas claras cuando, en una política de “desintoxicación”, se alejó (se desapuntó, dice él) de la filosofía, de las ideologías y de las religiones, porque éstas sólo han servido para pintar a Dios de diferentes maneras.

    << Armado sólo con hechos y sentido común se dedicó a reinventarlo todo:

    “Dios es un hecho; igual que un reloj necesita un relojero que lo haga, el Universo necesita alguien que lo cree e impulse; ese alguien es Dios”.

    Danilo hizo una pausa y Charles aprovechó para hacer constar su total acuerdo con las opiniones de aquel sabio español, a lo que Danilo dijo:

ues escucha esto!: “ Mi dios es el más grande y el más perfecto, porque es un Dios libre: le dejo ser lo que le dé la gana. Incluso si quiere no existir, que no exista”.

    Aquel planteamiento le pareció maravilloso; una Teología de la liberación, pero de la liberación de Dios, de la esclavitud a la que le “someten” los hombres

    .- ¡ P
con sus normas, y recordó:

  “La religión es algo personal, íntimo, imposible de colectivizar puesto que es un intercambio de sentimientos de un Padre con un hijo. No intentéis normalizar esta relación, porque ella se evade de toda norma, Dios no se puede aprehender, como no se pueden aprehender los sentimientos”.

    ¡Dios mío!. Aquellas palabras que Leví atribuía a Cristo, aquel camino de sencillez había sido captado por ese ejemplo viviente de convivencia humana que es Vicente Ferrer.

    Aquella noche Charles le contó todo a Danilo y juntos oraron en silencio.

CAPÍTULO XVI 

EL TERCER PERGAMINO



    La situación en el monasterio se hacía insostenible. Había gozado de libertad de movimientos, pero ahora se sentía incómodo pues veía que en cierta forma le acusaban de ejercer una influencia negativa sobre el hermano Danilo, quien más sistemáticamente que nunca se saltaba las normas, hasta el extremo de no acudir a “capitulum” tras habérsele negado repetidamente el volver a su labor misionera en la India.

    Entonces fue cuando recibió una llamada que puso en marcha de nuevo al cura inquieto e investigador que existía dentro de él:

    Era el hermano Rubén, del Monasterio de El Palancar. Le comunicó la lamentable noticia de la muerte del hermano Barroso, que al fin había descansado reuniéndose con Dios. Éste   había dejado un paquete expresando su voluntad de hacerlo llegar a Charles Poitiers.

    Charles pensó rápido, si pedía que se lo enviaran lo más probable es que fuera interceptado y no llegara nunca a su poder. Además, estaba cansado del monasterio. Iría a España. Así se lo comunico al hermano Rubén quien se alegró sinceramente.

    El viejo franciscano José Barroso, no dejó nunca de ser un misterio para Charles; sin perder un ápice de su sentido espiritual de la vida, fue el primero que le abrió los ojos sobre la importancia de María como mujer. Y había más, no cabía duda que estaba al corriente del contenido de los pergaminos y Charles sospechaba que él mismo los había traducido, aunque decía no conocer los caracteres hebraicos, uno de sus libros de cabecera era “La Biblia Hebraica Stuttgartensia”. ¿Qué nueva sorpresa le guardaba Barroso? No lo sabía, sólo sabía que estaba cerca de encontrar un sentido a su vida y quizás éste estaba en El Palancar.

    Buscó a su amigo para comunicarle su inminente marcha, y lo encontró en la capilla tendido en el suelo con los brazos en cruz, sometido quizás a una redención personal ante el Único que el bravo fraile se humillaba. Se sentó en un banco apartado y esperó pacientemente a que terminara. La imagen gótica del crucificado del altar mayor parecía mirarle como si le comprendiera.

    El fraile se levantó, y al ver a Charles se dirigió hacia él con una seriedad en su rostro como nunca le había visto:

    .- ¿Te vas?

    .- Sí, ¿cómo lo sabes?

    .- Me voy contigo.

    .- Tendrás que dar muchas explicaciones.

    .- Nada debo y nada me deben. ¡Vámonos!

    Resultaba extraño ver a aquel hombre vestido de seglar, lo llamaron pero no hizo caso, con una pequeña bolsa de viaje donde estaban sus pertenencias salió del monasterio sin decir adiós.

Puesta de Sol desde Génova

    El viaje era largo, y los dos compañeros decidieron hacerlo pausadamente, y sobre todo, hablando; estableciendo un vínculo de hermandad que fuera más allá de las palabras. Desde Asti buscaron el mar, el golfo de Génova; pararon en San Remo paseando por sus bulevares de palmeras y disfrutando de su mercado de flores. Después de comer continuaron su camino entrando en la Provenza y bordeando la costa  azul para recalar en Marsella, la antigua “Massilia”, fundada por los griegos VII siglos antes de Cristo, perdiendo su hegemonía como centro cultural y comercial después  de la invasión de Julio Cesar. Tras buscar alojamiento se dedicaron a recorrer el Port Vieux, donde degustaron una gran variedad de pescado en un restaurante del distrito Panier.

    Se sentían felices como dos niños que después de hacer novillos sueñan con grandes aventuras.

    La mañana era fría, y tras un mínimo desayuno emprendieron camino destino a España. Atravesaron el Languedoc a buena marcha y no pararon hasta llegar a los Pirineos. En Perpignan no se resistieron a visitar la catedral gótica de Saint Jean y hacer un merecido descanso.

Interior Saint Jean

    Entraron en la península Ibérica por la Junquera y circularon por autopista hasta Barcelona donde pernoctaron.

    Tras una maratoniana jornada de catorce horas, al fin pudieron descansar en Plasencia; a la mañana siguiente irían al Palancar.

    Durante todo el viaje Danilo se había mostrado como un curioso impenitente, y aquella noche durante la cena, se sintió especialmente interesado por el monasterio de San Pedro Alcántara y su fundador.

    .- ¿Durante que época vivió este santo?

    Preguntó a Charles mientras daba cuenta de un suculento filete de ternera.

    .- En la época del Papa Julio III, quien le autorizó a fundar conventos. Se negó a ser confesor de Carlos V y fue consejero de Santa Teresa de Jesús. Murió en el convento de Arenas.

    .- Y eso ¿dónde está?

    .- En Castilla, en Avila, en una población que se llama Arenas de San Pedro en honor al Santo.

    .- Y está ciudad...

    .- ¿Plasencia?

    .- Sí. Parece muy antigua.

San Pedro Alcántara

    .- Lo es, si recuerdas en su catedral es donde encontré los escritos de “Yo, Leví...”. Gran importancia le confirió en la antigüedad la Mesta, aunque esta ciudad ya existía en época romana con el nombre de Ambroz.

    .- ¿Qué es la Mesta?

    .- Una institución creada por Alfonso X el Sabio para proteger la trashumancia de los ganados que en invierno iban hasta  los pastizales del valle del Guadiana y en verano volvían a las montañas.

    La curiosidad de aquel hombre era insaciable y tras ilustrarle sobre la geografía, historia y gastronomía de la región, y agotados los conocimientos de Charles, decidieron irse a descansar.

    El encuentro con el hermano Rubén fue como el de dos viejos amigos, hablaron animadamente durante más de una hora, mientras el vital Danilo recorría todos los rincones del antiguo monasterio e intentaba, sin conseguirlo, emular al santo durmiendo sentado con la cabeza sobre un tronco que salía de la pared; a duras penas conseguía introducirse en el hueco de escalera que era la habitación del santo.

    Antes de la hora de la comida marcharon de allí con un paquete pequeño entre las manos, la última voluntad del hermano Barroso se veía cumplida.
   
    Estimado Charles:
    No quise hacerte partícipe de todo lo que sabía durante tu visita, sentía miedo por lo que pudiera pasar pero ahora, en la hora de mi muerte, no quiero asumir la responsabilidad de haber negado al mundo la verdad.

    Confío que tú sabrás dar mejor uso a lo que te entrego que el que le he dado yo.

  Que Dios te ayude.

    Esta lacónica nota, acompañaba a la Biblia Hebraica que Charles tenía en sus manos. Danilo, en silencio, esperaba mientras Charles emocionado recordaba al viejo franciscano. Al fin abrió la Biblia. Estaba hueca, primorosamente habían sido cortadas casi todas las páginas hasta construir un espacio vacío en el interior. Dentro, un pergamino doblado, que acarició antes de abrirlo, su mente divagaba como si quisiera retrasar el momento.

    Más que pergamino parece una vitela (1)  por lo suave que es al tacto, pensó.

    Danilo lo apremió y al fin lo abrió, como los otros estaba escrito en caracteres hebraicos. 
  
    .- ¿Nada más? ¿No hay traducción?

    Danilo parecía contrariado, mientras Charles pensaba en volver a San Millán para la traducción, aunque ahora que no disponía de credenciales vaticanas, y dado el carácter del abad le sería mucho más difícil. Pero sus pensamientos se esfumaron cuando Danilo, dando un grito, esgrimió un papel que se encontraba en el interior de lo que quedaba del libro.
   
    Tomás, amigo y discípulo de Jesús, mi hermano.

    Hace unos meses te envié con Judas, mi hermano, unas cartas. Ésta es seguro que sea la última, ya que no podremos resistir más de dos días, pues no tenemos comida. Este correo que va a partir lo hace en la incertidumbre y yo sólo pido al Padre que supere el cerco de los romanos.

    Mama María ha muerto, y en su tumba he puesto en diez ánforas todos los escritos de Bartolomé y Santiago. Creo que ahí estarán seguros y cuando pase todo puedas tú recuperarlos.

    No llores mi muerte, pues iré con Él como mama María ha ido ya. 
                              
 Ruth, hija de José, hermana de Jesús.


El teléfono de Charles sonó. Danilo continuó ensimismado en sus pensamientos con la traducción del pergamino en la mano; no le sorprendía, en realidad lo que le sorprendía era haber seguido durante tanto tiempo una “versión oficial” en la que no creía. ¡Qué importante sería los escritos a los que se refería la hermana de Jesús y poder dar al mundo la verdad, una verdad desnuda y acabar con casi dos mil años de manipulación emocional!.

    .- Era Capello, quiere que nos veamos.

    Charles estaba sereno. Sereno como nunca lo había estado y sobre todo seguro.

    .- Quiere asegurarse que no difundirás lo que sabes.

    .- Él no sabe que tenemos un tercer pergamino. Y aunque yo hablara, de poco serviría, tendrían mil formas de desacreditar mis palabras.

    .- No quiere más escándalos, te presionará.

    .- Voy a ir Danilo, quiero que me explique porqué he perdido, porqué perdemos todos nuestra vida en sostener una versión falsa de la verdad, quiero que me explique porqué no nos dejan llegar a Dios.

    .- Nosotros, si no hemos llegado ya, estamos en el camino.

    .- Sí, pero recuerda, tenemos una responsabilidad con los hombres y vamos a cumplirla.

    .- ¿Entonces...?

    .- ¡Vamos a Roma!









GÓLGOTA


   Los pensamientos me llegan como jirones de nubes que el viento desplaza y me duelen los recuerdos, con un dolor físico al que no puedo renunciar y del que no puedo evadirme. No quiero continuar ni en Jerusalén, ni en Galilea, ni en Tiro, ni en Sidón ni en parte alguna, quiero descansar en algún lugar perdido.

    Dicen que Judas el Iscariote le traicionó y eso es mentira, que le vendió por treinta monedas. ¿Qué eran treinta monedas para Judas? Sus haciendas valen mil veces más.


    Judas es un hombre noble y cabal, amante de Israel y respetuoso con la tradición y nuestra historia, y sobre todo quería a Jesús, le quería y respetaba como ninguno; ¿cuántas veces, embelesado, le escuchaba durante horas preguntando y discrepando cuando las cosas no estaban claras?. Siempre a su lado para protegerle y defenderle y cuando tenía oportunidad le llevaba pasas de Corinto porque sabía que le gustaban.

    ¡No! Judas no es un traidor, quizás se equivoco pero no podía pasar por su cabeza la idea de la traición.

    La oportunidad era única, nunca había venido tanta gente a la Ciudad Santa por la Pascua, la diáspora entera estaba aquí: venían de Egipto, Babilonia, Fenicia, de todas partes, inundaban las calles y plazas y sobre todo el templo.
Barrabás estaba preso y miles de zelotes esperaban una palabra para la rebelión. El Maestro hablaba en el templo, en el Xystus (1) y la gente le escuchaba, sólo faltaba un detalle para unirnos a todos, que el Sanedrín respaldara la acción, que el Sanedrín admitiera a Jesús como el Mesías.

    Pero pasaban los días y Jesús no daba ese paso. ¿Quizá Judas quiso forzar ese momento?. ¡No lo sé!

    Si esto fue así salió mal, muy mal y ese error llevó a la tragedia.

    Pero ¿Quién acusa a Judas de traidor? En el monte corrimos como comadrejas asustadas y sólo por una patrulla del templo. Juro que saqué mi espada, pero no la usé, sus palabras pudieron más que yo mismo. No era yo como aquellos pescadores asustados, había sido un guerrero, conocía el sabor de la muerte, no puedo contar las veces que entré en combate: “engrásala y guárdala, que jamás volverá a teñirse de sangre”. Lo había dicho Él y su voz, sus palabras eran más poderosas que mi deseo; no luché y me limité a seguirles para darme cuenta que ninguno estaba:  Andrés, Tomás, Bartolomé, Felipe y los demás, ¿acaso no le traicionaron? Se escondieron como mujeres asustadas, ¡no, como mujeres no! ellas sí estaban: Juana, María, Salomé y todas estaban allí.



  
   ¿ Hace frío o lo siento yo, o es la soledad? No has salvado a Israel, Jesús de Nazareth, mi madre se equivocó y yo con ella, no me arrepiento en el fondo de haberte seguido, pero me he quedado vacío, sin respuestas y me duelen tanto los recuerdos.

     Cambiaría este cielo, juro que lo cambiaría. Allí, en la Galilea, las estrellas brillan más

Y

     ...Era María, la de Magdala. Se me abrazó y yo la apreté contra mi pecho y saboreé la sal de sus lágrimas, en aquellos momentos toda la ley mosaica me importaba muy poco, no era sólo una mujer, era una compañera que durante más de tres años había estado con Jesús, nos habíamos reído juntos y pasado frío, calor, alegrías y tristezas, siempre sonriente, siempre menos ahora. 



    .- ¿Dónde has estado, Leví?

    .- En Betania, Josué me envió allí.

    .- ¿Para qué?

    .- No lo sé. Sólo estaban Marta, María y alguno de nosotros.

    .- ¿Y Lázaro?

    .- Camino de Filadelphia, como le dijo el Maestro.

    .- Leví, Leví. ¿Por qué no pintasteis el dintel con sangre durante el Seder? Se produjo el Pesah (2) y murió el primogénito.

    María lloraba amargamente, conseguí llevarla hasta la puerta de Damasco y sobre unas piedras, junto a la muralla nos sentamos. No me atrevía a preguntarle nada, veía tanto dolor en su rostro que el ánimo, si me quedaba alguno, se me encogió y juntos permanecimos en silencio, pasado un buen rato rompió su mutismo.

    .- María volvió a Betania ¿la viste?

    .- Llegaba cuando yo me marchaba, pero no tuve el valor de hablar con ella.

    La de Magdala asintió y cayó otra vez en el mutismo. Esta vez fui yo el que lo rompió:

    .- De los elegidos ¿sabes algo?

    Ella cogió mi mano y apretándola fuertemente me dijo con voz cansada.

    .- No estaba ninguno Leví, ninguno; bueno no, Juan Zebedeo estuvo con nosotras todo el tiempo, cuando acabó todo se fue a casa  de Elías donde estaban los demás. Y allí siguen escondidos en el piso superior con puertas y ventanas atrancadas y muertos de miedo. Hay que llevarles la comida y cada vez que llamamos a la puerta tiemblan creyendo que van a buscarlos para matarlos.

    La verdad es que yo no quería saber nada de aquel catorce de Nissan, lo que me ocurrió con mis pasos me sucedió con mi boca y sin poder evitarlo pregunté:

    .- ¿Qué sucedió?

    Mis propias palabras me sobrecogieron como si mis oídos las identificara con otra persona, y lejana, muy lejana, escuché la voz de María, mientras sus manos temblaban entre las mías.

    .- Puedes figurártelo, son tantas crucifixiones ya ¿quién no ha visto alguna?. Todas son iguales, pero cuando es la de quien amas ¡te duele tanto! Alegremente hubiera cambiado mi sitio por el de Él. Intentaba imaginar los momentos alegres, como cuando corría por la orilla del Yan  y se cayó de bruces, todo mojado y riendo. Pero su sufrimiento estaba ahí y nada podía eclipsarlo.

    De nuevo lloró, yo intenté calmarla pero a pesar de mis esfuerzos las lágrimas caían por mis mejillas y también empecé a recordar: “el último que llegué no comerá”. Y lo veía corriendo colina abajo gritando y riendo.

    Pero cuanto más alegre lo recordaba más se oprimía mi pecho y mayor era mi congoja.

    “¿Qué es el amor? Sólo lo puedes explicar mediante similitudes incompletas que difícilmente son comprendidas y solamente te entiende aquel que también ama”.

    Nos comprendíamos, María y yo estábamos compartiendo el mismo sentimiento, estábamos unidos por algo intangible y poderoso que nos convertía en uno solo, el dolor por amor, su amor era de ella sola y era diferente al mío, pero nuestro dolor ¡Era tan parecido! Que nos unía en un vínculo que ya nada podía romper.

    .- ¡Dios, es verdad!

    La frase se escapó de mis labios sin poder evitarlo y sobresaltó a María.

    .- ¿Qué dices, Leví?

    .- Eso dijo Jesús a los griegos hace unos días. No lo entendí muy bien pero hablaba de Dios, ese Padre que tanto nos ha nombrado y que está en el interior de cada uno. Decía que Dios era la verdad, entiendo que se refería a la verdad total, esa verdad que Él intentaba enseñarnos. Porque María, el Padre estaba en Él y Él era la verdad y la verdad volverá.


    María apretó dulcemente mis manos, sin pretenderlo la había confortado, secando sus lágrimas me miró con los ojos llenos de esperanza.

    .- Volverá ¿verdad Leví?

    Yo asentí, pero no para hacerla sentir mejor, sino porque en aquellos momentos así lo sentía.

    .- Igual que el muchacho de Naím o la hija de Jairo.

    .- O que Lázaro – sentenció María – hubo un momento que me sentí muy sola, ¿sabes Leví? Había corrido como loca porque la multitud me arrastró lejos de la calle, pasé la puerta de Damasco cuando el cortejo llegaba al cadalso, me acerqué con las piernas temblando y sentí que alguien me agarraba, era Juana, con María la pobre madre, que no lloraba pero daba miedo mirar sus ojos, ¡Había tanto dolor en ellos!. Yo al menos lloraba.

    Parecía que los soldados se tomaban un instante de descanso, Jesús estaba de pie, encorvado bajo el peso del madero que soportaban sus hombros y temblaba; desde donde estábamos le vi temblar. Llegó Juan el del Zebedeo y al mirarlo observé un poco más lejos a Salomé y a su lado a Ruth con un paño ensangrentado entre las manos; la pobre niña adoptaba una extraña posición, ni de pie ni agachada, parecía petrificada como la mujer de Lot (3).

    << No oía nada, el mundo se había parado de repente o la multitud enmudeció, todo parecía transcurrir con una irritante lentitud.

    María parecía más tranquila, de vez en cuando secaba sus lágrimas, pero su actitud era de serenidad, como si al contarlo se liberara del peso que la oprimía. Algunos fariseos que pasaban nos miraban con desprecio, pero ninguno se atrevió a decirnos nada; probablemente mi espada, bien visible, les hizo ser prudentes

    .- Le arrancaron la túnica, si Leví, ¡se la arrancaron! Porque con la sangre se le había pegado al cuerpo y fue necesario que tiraran bien fuerte para despegarla, algunas heridas comenzaron a sangrar. Quedó desnudo. ¡Oh Leví! Todo lo que veía de su cuerpo estaba herido, las piernas, el vientre, el pecho; la espalda no se la veía pero podía imaginarlo. ¡Cómo se habían ensañado con Él! ¿Por qué Leví? ¿Por qué?

    No supe contestarle, sólo apreté sus manos y de nuevo volví a llorar. Ella pareció serenarse rápidamente y continuó:

    .- Un soldado puso una pierna tras sus rodillas y otro lo empujó. Cayó como un fardo y un grito de dolor escapó de sus labios, yo me estremecí y María gritó mientras Juan la sujetaba. Imagínalo Leví: aquellos espinos que le habían puesto rodeando su cabeza en aquel golpe brutal...  No puedo imaginarlo, cuantas veces al encender el fuego te pinchas con una espina iguales a ésas, es muy doloroso, parece que te arde la herida, y Él se había clavado todos aquellos espinos al golpear la madera sobre la tierra. Creo que si pudiera imaginarlo moriría. Un romano se apiadó de Él, pues con el mango de un martillo apartó aquella corona de su cabeza y la arrojó lejos. Ya no veía bien su cuerpo en tierra pues aquellos soldados tapaban mi visión. El silencio era total, escuché varios martillazos  y apenas un quejido. Fíjate Leví, ¡ya ni tan siquiera se quejaba!

    De nuevo los sollozos la interrumpieron, le pedí que lo dejara pero ella se negó, decía que al contarlo compartía el dolor y le hacía bien.

    .- Apenas me fijé en los otros reos, uno de ellos intentó correr con el “patibulum” sobre los hombros y lo tiraron al suelo, llamaba a su madre mientras le golpeaban. Izaron a Jesús, creí que en esos momentos moriría, es más deseé que muriera, su rostro era irreconocible y su boca se abría y cerraba como queriendo coger aire. Al fin lo dejaron caer sobre la “stipe” (4) el golpe fue brutal, todo su cuerpo se cimbreó como si un fuerte viento lo estuviera azotando y de las heridas de los clavos, de sus muñecas, salió sangre a borbotones. Tenía los ojos cerrados, dentro de mi dolor sentí alegría, pensé que había muerto. ¡Te das cuenta, deseaba que muriera! Con todas mis fuerzas pedía al Padre que muriera rápidamente.

    María calló, el dolor estaba removiendo cada rincón de su mente y de su cuerpo. No tenía nada para aliviarla, ni un poco de vino, ni agua. Estaba roja, como si la fiebre se hubiera apoderado de ella, le aparté el manto y acaricié sus cabellos, sudaba copiosamente. Su mirada me dijo más de lo que podían decirme sus palabras.

    .- Le clavaron los pies, dio un gemido y abrió la boca; desesperadamente trataba de obtener aire. Vi como se apoyaba  levantando el pecho y al fin pudo respirar, todo el peso de su cuerpo descansaba en las heridas de los pies.

    Cuando terminaron de subir a los otros reos nos dejaron acercarnos, y lo hicimos lentamente, casi arrastrando los pies, no controlábamos nuestros cuerpos, nos pararon a escasos metros de la cruz; no dejaron pasar a los demás, sólo María, Juana, Juan y yo tuvimos ese privilegio. ¡Al verlo tan cerca...! al verlo tan cerca, entonces aprecié el verdadero alcance de su sufrimiento, no existía un trozo de su piel, por pequeño que fuera, que no estuviera lacerado, jirones de carne en sus rodillas y marcas de latigazos por todas partes, cosido con los clavos. ¡Dios de Israel! Cada vez que tenía que respirar levantaba su cuerpo sobre los clavos de los pies, el esfuerzo era increíble, se tensaban todos sus músculos y su boca se abría con desespero. ¡No respires más, bien mío! ¡No respires más! ¡Muere de una vez!

    Me hacía daño, sus dedos se clavaban en mis manos, su rostro estaba demudado, con la mirada perdida en la lejanía.

    .- Nos miró, nos miró con un solo ojo pues el otro estaba quieto, perdido, como si ya no le perteneciera y aquel ojo, aquella mirada triste, resignada pero firme, no mostraba odio ni temor, ni tan siquiera angustia. Era una mirada serena, apaciguadora; por un momento pensé que no le dolía ya nada, que su martirizado cuerpo se había negado a sufrir más. Pero fueron unos instantes mínimos porque de nuevo tuvo que respirar y su rostro se contraía al tiempo que su rostro se elevaba.

    << El sol se estaba ocultando, no sé, seguro que era el mahabarit (5). Llegaron unas mujeres que los guardias dejaron pasar rápidamente y se dedicaron a la piadosa labor de aletargar los sentidos de los moribundos dándoles de beber un brebaje empapando una esponja y acercándola a los labios con un palo. Jesús se negó a beber.

    << No puedo referirte el estado de ánimo de los que estábamos allí, yo sólo tenía ojos para mi Jesús. De pronto hizo una inspiración más fuerte, le vi el pecho levantado y oí su voz: “ Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen?”. ¿Me estoy volviendo loca o pedía perdón para sus verdugos? Leví, sé que Él lo dijo, el perdón y el amor para los enemigos. Pero tampoco dudó cuando los trató como “raza de víboras” o “sepulcros blanqueados” ¿Cómo, en aquellos momentos, podía perdonar?

    << Me di cuenta, con sorpresa, que yo tampoco odiaba, me limitaba a sufrir, pensé que tal vez cuando todo acabara odiaría con todas mis fuerzas; pero no ha sido así, es hoy y no odio ¿Será porque he quedado demasiado vacía?.

    .- O demasiado llena María. Él siempre habló de amor y estamos llenos de Él.

    María sonrió por primera vez y me miró con agradecimiento, se dio cuenta del daño que me hacía con sus manos y las retiró pidiéndome disculpas, yo volví a tomar sus manos entre las mías.

    .- Cada vez hacía más viento y empezaba a llegar la arena, los soldados miraban con preocupación pues si aumentaba la tormenta se verían obligados a rematar a los crucificados para poder marcharse, yo deseé que así fuera, pero no fue necesario. Jesús inspiró con fuerza, abrió la boca con renovadas energías y gritó: “Elí, elí, Lema Sabactani”. Después dejó caer su cuerpo con fuerza y se negó a respirar más, su rostro se dulcificó y me di cuenta que esta vez no eran mis deseos,¡ esta vez estaba muerto!. Se me aflojó el cuerpo y caí al suelo entre sollozos y algo parecido a la risa. Cuando levanté la vista casi no le veía, todo estaba oscuro, el viento y la arena había alejado a la gente, que corría hacia Jerusalén.

 Los soldados, viendo lo insostenible de la situación, se fueron hacia los ajusticiados rompiéndole las piernas, así se asfixiarían. Cuando vi que uno se acercaba a Jesús me fui hacia él y puse en sus manos un saquito de monedas y le dije: “Ya está muerto”; me miró, miró a Jesús dejó el palo que traía y cogió una lanza. Le atravesó las costillas hasta el corazón...

EPÍLOGO

     Hacía dos días que estaban en Roma. La entrevista estaba prevista para aquella tarde y Charles no podía evitar un cierto nerviosismo.
    A pesar de sus muchos viajes a la ciudad nunca la había gozado tanto como con la compañía de aquel ex fraile, reconvertido ahora en un excelente guía turístico.
    La Isla Tiberina y las Termas de Caracalla fueron visitas obligadas, gozaron del mundo de las antigüedades en la Via dei Coronari, y de la Roma más glamourosa en las galerías de moda de las calles Frattina y Condotti. Y disfrutaron del mercado de juguetes de la Piazza Nabona.
Termas de Caracalla

    A Charles le sorprendió ver tantas tiendas ambulantes de juguetes y preguntó a Danilo sobre el simpático mercado:
    .- ¡ Ah, amigo mío! . Esto es una tradición que se remonta a 1.871, un mercadillo que se aprovecha comercialmente de la fiesta de la Befana.
    .- ¿Qué es la Befana?.
    .- Es una horrible vieja, una bruja, que montada en su escoba regala juguetes a los niños buenos y carbón a los malos.
    .- Un Papa Noel sin trineo.
    .- O unos Reyes Magos sin camellos. Roma, amigo gabacho, es diferente.
    Era medio día, y como la entrevista con el cardenal no estaba prevista hasta las cinco de la tarde, decidieron comer en un restaurante de la misma Piazza que regentaba un pariente de Danilo. No hubo posibilidad de elección, y se vieron “obligados” a degustar las especialidades de la casa: ñoquis de sémola a la romana, con el sabor inconfundible del queso parmesano y coda a la vaccinara, un exquisito plato compuesto por cola de buey, tomate y apio.
    Más que satisfechos, y mientras degustaban un café, empezaron a hablar de planes de futuro hasta que Danilo abordó el tema que más le preocupaba: la inminente entrevista con el titular del Santo Oficio.
    .- No debes dejarte avasallar amigo mío, ni él, ni ninguno tiene fuerza moral para imponerse a ti.
    .- Recurrirá a las escrituras.
    .- Eso es lo mejor que puede hacer, pero no olvides que no se trata en sí de la familia de Jesús ni de la virginidad de María, sino de cómo han manipulado la verdad sólo para mantener un poder, una hegemonía sobre los hombres.
    .- Sin importar el precio.
    .- Efectivamente, hazte fuerte en la arbitrariedad con que utilizan los Evangelios Canónicos. Acuérdate que fueron escogidos entre sesenta, aproximadamente, y como, el bueno de San Ireneo, explicaba porqué debían ser cuatro. Espera, lo tengo apuntado.     - Sacó de su bolsillo una pequeña agenda y leyó – “El Evangelio es la columna de la Iglesia, la Iglesia está en todo el mundo y el mundo tiene cuatro regiones y, por tanto, conviene que existan cuatro evangelios”. Éste es mejor: “El Evangelio es el soplo del viento divino, de la vida para los hombres, y al igual que existen cuatro puntos cardinales, también deben existir cuatro Evangelios”.


    .- La verdad es que son razones que convencen – dijo Charles riendo – Pero si no recuerdo mal San Ireneo es del año 200 aproximadamente, y la aplicación oficial y el reconocimiento de los cuatro Evangelios no fue hasta el Concilio de Nicea en el año 325.
    .- Efectivamente y aquí asistimos a un milagro, como explica la obra “Libelus Syndicus” los cuatro Evangelios inspirados por la divinidad salieron volando y se colocaron “solitos” en el altar.
    .- Si no fuera algo tan serio podríamos reírnos. Claro está que la propia Iglesia reconoce estos hechos como mitos.
    .- Pues escucha otra versión del mito: “El Espíritu Santo entra en el Concilio de Nicea en forma de paloma se posa en el hombro de cada Obispo y les dice al oído cuáles eran los Evangelios que debían votar”.
    Charles sonrió, el efecto que Danilo quería conseguir, de relajarle y despreocuparle, estaba surtiendo efecto.
    .- Pero no basta mon ami con decir qué esto son mitos y leyendas, porque sin una explicación racional un creyente debe dar crédito a determinados escritos y, sin embargo, la Iglesia se apoya y fomenta hechos que sólo están en los apócrifos, como el caso de la Verónica, personaje que no existe en los evangelios canónicos y que hasta hace cuatro días estaba incluida en una de las estaciones del Via Crucis.
    << Nombres como el de los ladrones Dimas y Gestas, o el soldado Longinos, no existen en los canónicos y son usados por el clero.
    << ¿De dónde se toman las fiestas de San Joaquín y Santa Ana  o la de la Presentación de la Virgen en el Templo?.
    .- Si tuviéramos que discutir todo esto haría falta un concilio.
    .- No se te ocurra atacar a la Iglesia por las barbaridades que ha cometido, y si lo haces se más político que él; pues él reconocerá que se han cometido errores pero que, humildemente, la Iglesia con Juan XXIII en el Vaticano II y posteriormente Juan Pablo II en Jerusalén, han pedido perdón por todos los errores demostrando su buena voluntad.



    .- Yo no hablaría de buena o mala voluntad.
    .- Por supuesto que no, sólo se trata de oportunidad política, fíjate; en España creí entender en la televisión, en aquel hotel de Plasencia, que la conferencia episcopal se reunió para redactar conjuntamente una  pastoral contra el terrorismo y no hubo acuerdo unánime sobre el texto. En todo caso dicha conferencia debe condenar sin paliativos la violencia, venga de donde venga. Yo te aseguro a ti que lo que quieren es nadar y guardar la ropa.
    << Mira otro ejemplo: cuando salieren los manuscritos de Qumrám (1) Vaticano tembló y no dudó en separar a Jesús de los esenios argumentando que estos practicaban el celibato y Jesús jamás exigió el celibato. ¿Porqué es una exigencia  ahora?
    .- Y qué vamos a hacer, Jesús se ha convertido en un comodín para los usos más diversos, desde defender regímenes dictatoriales hasta para callar la libertad de expresión de los teólogos.
    .- Ciertamente, Jesús fue de todo menos diplomático, era radical. Afortunadamente la Iglesia suple esa “carencia de Jesús” creando la Escuela Diplomática Vaticana donde se enseña el arte de la ambigüedad y te dan una lista de palabras que no pueden usarse para no comprometerse nunca.
    .- Como sucede con la Sindone (2), por ejemplo.
    .- ¿Qué sabes tú de la Sindone.
    Danilo sin saberlo había tocado uno de los temas favoritos de Charles.
    .- ¿Yo?. Nada. ¿Qué quieres que sepas? Ya sabes que en la vida monacal no te dejan ni respirar, sólo sé que Vaticano no se pronuncia. ¿Qué sabes tú?.
    .- El programa Jet Propulsion Laboratory de la NASA estudió la sábana; y en este estudio se observa que la Síndone presenta la imagen de un hombre de frente y de espaldas, es una imagen tridimensional en negativo lo que sólo es posible si una energía o emanación, llámalo como quieras, procedente del cuerpo, hubiera actuado sobre el lienzo. No hay rastro de pinturas. Las heridas que presenta son las de un crucificado, también tiene heridas en la cabeza que pueden corresponden a un casco de espinas. Las pruebas del carbono catorce se realizaron en 1.988 y dieron como resultado una datación aproximada de la edad media.
    << Pero en 1.993 se concentraron en Roma diversos científicos, entre los que había especialistas rusos en física nuclear y radioisótopos, que rechazaron las pruebas de 1.988 situando la antigüedad del lienzo en el año I.


    .- ¿Y el paño de la Verónica?
    .- “Si no existe la Verónica” ¿Qué podemos decir de su paño?.
    .- Charles, ¿tú piensas que la Santa Faz de la Verónica es el mismo paño que tenía Ruth, la supuesta hermana de Jesús?.
    .- No lo sé, ya estudiaremos eso, ahora debemos irnos, me tengo que cambiar; el Vaticano me espera.

Y

    La espera fue breve. A las 17,05 le reclamaban y Charles, impecablemente vestido con su sotana negra, siguió al responsable de protocolo hasta las dependencias de Capello.
    El cardenal, con su afabilidad habitual se levantó con ambas manos extendidas, Charles no hizo la más mínima intención de besar su anillo y se limitó a estrecharle la mano.
    .- ¡Querido Charles! Tenía tantos deseos de verle que al fin me decidí a llamarle, ¡tenemos tanto de que hablar!. Pero, siéntese por favor.
    Por el momento el cardenal no se refería a su marcha del monasterio sin aviso previo y sin autorización.
    .- ¡Ay, querido amigo!  no sabe usted con qué disgusto escuché a Cinaldi y a Bonani, juntos rezamos para que el Señor le iluminara. Si hubiera sabido que la misión que le encomendé le afectaría tanto, no se la hubiera encomendado. Consideré, que dadas las circunstancias, no era el momento oportuno para que habláramos. Pero creo que ya, tras el tiempo que ha tenido de reflexión, todo estará olvidado. ¿No seguirá usted dudando de la virginidad de nuestra Madre y Señora?.
    .- El problema eminencia, no es que yo dude o no a ese respecto, el problema es que se ha creado un culto, que por desgracia, no nos acerca a Dios.
    .- Quizá se refiera a que el culto mariano es excesivo.
    .- No, me refiero a un personaje, que merece todos los respetos, pero del cual sólo poseemos una información fragmentada, y la hemos colocado en los altares sustituyendo a Jesús, dando más importancia a la figura que al mensaje.
    .- Hijo mío, estas confundido – el cardenal aparentaba calma – no es un capricho arbitrario la adoración a María, ya que desde los principios se la conocía como “Theotokos” que como usted sabe significa Madre de Dios.
    .- Yo también sé eminencia, que este concepto no era compartido por todos y que el monje Nestorio discrepaba al respecto.
    .- Es cierto, y me alegro que conozca la historia porque entonces sabrá que sus enseñanzas fueron condenadas por el concilio de Efeso, reafirmando que María era y es Theotokos.
    .- Sin embargo, eminencia, las fuentes en las que bebía Nestorio, son las mismas en las que bebemos nosotros: los Evangelios, y en ellos el mismo Jesús se define como “Hijo del Hombre”.


    .- Debería leer más atentamente los Evangelios, si recuerda en Lucas 1,35 podrá leer: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será santo y se le llamará Hijo de Dios”.
    Charles se dio cuenta que la conversación se radicalizaría pero, por muy sutil que fuera, era algo inevitable.
    .- Si algo se puede sacar en claro de los Evangelios es que todos somos hijos de Dios, Lucas 12,30 dice: “Vuestro Padre ya sabe que las necesitáis”. No niego que el Verbo Divino habitara en Jesús, de lo que éste era consciente. Pero su paso por la tierra, como humano, lo llevó a las últimas consecuencias.
    .- Charles, Charles. Debería ser más humilde, pretende saber más que santos hombres que antes qué nosotros llegaron a conclusiones que debemos aceptar y respetar. Pasaron siete siglos de estudios,  reflexión e inspiración divina, para llegar a la conclusión de que María es “Aieiparthenos” (Siempre Virgen) y usted pretende saber más que el concilio romano del año 680.
    .- Me acusa su eminencia de no ser humilde, y esta acusación ¿en qué la fundamenta? ¿En querer saber la verdad, o tal vez, en intentar recuperar el verdadero mensaje de Cristo?
    .- El verdadero mensaje de Cristo está en la Iglesia.
    Capello se había puesto en pie, su apariencia de hombre afable se había esfumado. Charles no se inmutó, continuó sentado, sus nervios iniciales habían desaparecido y poco a poco recuperaba la flema que le caracterizaba.
    .- Lucas, 20,46 “Guardaos de los maestros de la ley, a los que les gusta llevar vestidos ostentosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros puestos en las Sinagogas”. No sé si en ésta descripción podemos identificar algo, pero al menos se ve claro quien de los dos es más humilde.
    Capello volvió a sentarse, reflexionando como quien valora una grave decisión.
    .- ¿Cuántas veces usted como sacerdote ha levantado la Sagrada Forma? Ese privilegio que muy pocos pueden alcanzar. Dios le ha llamado y su llamada no está siendo atendida.
    .- Está usted confundido. Por supuesto que Dios me ha llamado, Dios nos llama a todos, no es un privilegio de unos cuantos, y yo he decidido servir a Dios. Como dijo Jesús “no se puede servir a dos amos” y si tengo que escoger entre Dios y la Iglesia escojo a Dios, sin duda alguna.
    .- Lo que usted llama Dios, no es Dios.
    .- Dios es libre eminencia, cada vez lo veo más claro. Ustedes pretenden monopolizarlo metiéndolo en una caja y usándolo para sus intereses, pero Él es libre y anida en el corazón de los hombres. ¡Siéntese!


    Charles ante el intento de Capello de volver a levantarse fue enérgico y contundente; estaba dispuesto a decir lo que había venido a decir y acabar con todo aquello. Continuó:
    .- Ahora usted me va a escuchar porque no me causa miedo ni le tengo ningún respeto a lo que representa. Porque me han engañado, están engañando a todos, no sólo no entran en el cielo sino que no dejan entrar a los demás. Utilizan a Jesús y a María para sus intereses de poder, se contradicen constantemente por palabra, obra u omisión y luego se dan golpes de pecho – Charles respiró profundamente, con su actitud coartó  cualquier intervención del cardenal y prosiguió – En la antigüedad el concepto virginal de María no conllevaba ninguna adoración especial. Se la amaba y respetaba como lo que era, la madre de Jesús o de Dios, es igual. En la Edad Media es cuando se produce el crecimiento espectacular de la devoción mariana, y esto fue propiciado por la propia Iglesia, apartaron a Jesús de los hombres, ese Jesús cercano y asequible, lo divinizasteis demasiado para luchar contra el arrianismo. En oriente como Pantokrator o gobernador universal, omnipotente y en occidente como juez supremo y universal. 


    << De ser una esperanza Jesús empezó a dar miedo, era como una amenaza. ¿Dónde estaba la doctrina de amor?. Jesús revolucionó el concepto de muerte y lo transformó en vida, pero el hombre tenía y tiene miedo a la muerte y al juicio final y es entonces cuando se utiliza a María para mediar, para pedir a Dios misericordia por los hombres, que según la Iglesia, son culpables hasta por haber nacido, ya que nacen con pecado. Miedo es lo que fomentan. El poder de la Iglesia es consecuencia de un chantaje emocional cimentado en dos mil años de alejamiento de la verdad. Jesús vino a darnos la realidad de que Dios es un Padre amoroso y los que habéis monopolizado su palabra a lo largo de los siglos lo habéis convertido en un juez implacable.
    << Horus, Mithra y Krishna, estos tres dioses nacieron de madre virgen, dos de ellos celebran su nacimiento el 25 de diciembre,  los tres mueren y resucitan. ¿Porqué?, ¿Era necesaria tanta mentira?.
    .- ¡Está usted rozando la excomunión!
    El cardenal estaba congestionado y Charles se levantó y empezó a desabrocharse la sotana.
    .- No hay problema, mi estimado cardenal, sólo hay que aplicar el Derecho Canónico. Soy consciente de que la exégesis que promulgo remueve los cimientos del Vaticano pero sólo hay que aplicar el canon 1323 del código de 1917 (6) para dejar todo lo que digo en nada ¿se da cuenta?. Cánones, leyes, represión de las ideas; dominio en suma.
    << Volviendo a María, hasta 1950 no se declara dogma la asunción de la virgen a los cielos ¿cuántos años han sido necesarios? Y eso se lo debemos a un Papa, cómplice por omisión del genocidio nazi. Es alentador el ver que la Iglesia  está con los oprimidos.
    .- La labor de la Iglesia, de apoyo a los más pobres es indiscutible, el mundo entero recibe la caridad cristiana.   
    .- Sí, es patente que se aplica la caridad, la caridad farisea, no he visto a la Iglesia dar el óvolo de la viuda. Pero es igual, ya no me interesa seguir hablando, tenga - puso la sotana sobre la mesa- como dijo san Francisco ¿para qué quiero ser sacerdote si Jesús no lo fue?.
    << Mi Jesús no es el de los palacios episcopales, ni el de los templos suntuosos, mi Jesús andaba por las calles, por los campos, sobre el mar, mi Jesús comía y bebía, no ayunaba, consolaba  a los afligidos, hablaba con las prostitutas, daba amor y jugaba con los niños. Y mi María es la que cada día tenía que pensar qué hacer de comer para su prole, la que lavaba y tendía la ropa, la que se preocupaba del futuro de sus hijos, la que lloró al pie de la cruz sin coronas ni oropeles, como una madre llora a su hijo.
Ese es mi Jesús y esa mi María, dos compañeros de viaje con los que puedo hablar, discutir y hasta enfadarme, pero a los que por encima de todo amo porque son como yo, como cualquiera; porque me han enseñado que no estoy solo, que tengo un Padre y que siempre, siempre estará conmigo.
    << Que pase una buena noche, eminencia.
    Charles se dirigió a la puerta y Capello le interceptó el paso:
    .- Un momento. Usted... sus votos... nos debe silencio sobre lo que sabe.
    .- ¿Los pergaminos?.
    .- A eso me refiero.
    .- No se preocupe, eminencia. Aunque yo calle hablarán las piedras.  

 



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